martes, 22 de mayo de 2018

Mal Bicho


Cuando vi aquel video donde el malbicho sacaba la empanada (no aprecié en detalle si fue de una gaveta o de un recipiente lleno de empanadas), en una transmisión de las tan aborrecibles “cadena nacional”, y la mordía con más gula que hambre; tuve sentimientos encontrados. Por un lado, porque me encantan las empanadas, y por otro por ver como ese mediocre malbicho no repara en dejar en ridículo a Venezuela cada vez que puede. Desde ese día no dejó de asociarlo con esa escena. Lo imagino celebrando cada atrocidad que comete mordiendo una empanada. La ruta del avión presidencial es la ruta de la empanada. Su figura parece una empanada operada y sus fieles seguidores una empanada sin relleno.

El malbicho está feliz porque se siente ungido. Baila como quien quiere ser el personaje principal de la fiesta. El trucutú y su mazo, parecen envidiar que esté ha resultado ser más malbicho que él. Ambos huelen a azufre, para quienes tenemos un poquito de imaginación.

La sensación es la de que el país está todavía tratando de asimilar lo que pasó. Pocos creen que ocho millones votaron el pasado domingo. Yo no voté, aclaró; aunque si firmé en el 2002 y todavía sigo esperando…

Ver que hay quienes (uno sabe) están sufriendo lo mismo que la mayoría, celebrar en las calles o en las redes sociales este triunfo de la ignominia, nos deja claro que puede más el resentimiento que las ganas de vivir en paz. Así prediquen amor y felicidad, sus complejos le delatan. Diferente es el caso de quienes fueron a votar en contra de su voluntad, cada quien con sus razones y hoy sienten —una vez más— que se les acaba el mundo. Peor escenario el de aquellos venezolanos de bien a quienes estas elecciones les agarró cruzando una frontera en precarias condiciones.  A ellos, todo el apoyo.

Ojalá pudiera escribir con la fluidez de quien convence con una sola sonrisa. Decirles que no puede haber progreso entre tanto abuso. Que no puede haber cambio sin riesgo. Sin fricciones ni mensajes entre líneas. No tengo ese don. Las comas, los conectores, las manías me sabotean el mensaje.
La culpa no es de la empanada, eso siempre lo he tenido claro: ¡MALBICHO!



viernes, 25 de agosto de 2017

Se volvió loco


El día que conocí la locura era un día aparentemente normal hasta que sucedió lo que jamás nadie imaginó.

El viejo aeropuerto de Coro, era un pequeño edificio de áreas abiertas, donde la brisa soplaba con tanta fuerza que los pasajeros camino a embarcar  tenían que tomar precauciones para evitar que su equipaje de mano o accesorios salieran volando por los aires, mientras el avión aún estaba en tierra, pasivo, esperando que Polanco, el encargado de la torre de control le diera autorización para despegar. A los lados del edificio no había más que unos tubos que hacían las veces de barandas, desde donde se observaba la pista plenamente, sin más obstrucción que el camión 350 que cargaba el equipaje o la escalera movible que usaban para el embarque y que a veces dejaban a medio camino los encargados de las operaciones en el lugar.

Nosotros, los muchachos que vivíamos cerca del aeropuerto, solíamos ir a buscar algo que hacer en aquellas tardes, durante las vacaciones escolares. Eran muchas las maneras y mayor el entusiasmo: nos rotábamos las tareas según los ánimos: un par se ponían a vender el vespertino “El mundo” que lo traían de Caracas en el vuelo del mediodía, otros ofrecían a los pasajeros ayudarles con el equipaje, venderles dulce de leche, limpiarle los zapatos y hasta hacerle la cola si el aeropuerto estaba congestionado. El aeropuerto era nuestra mina de oro, porque eran muchos los pasajeros exquisitos que nos daban propinas por la menor nimiedad, aunque nunca faltaban los pasajeros quejumbrosos y miserables que se quejaban formalmente y enturbiaban el ambiente con su carácter, haciendo que Polanco nos echara a la policía para que nos mantuviera a raya.

Una tarde pasó un heladero con su carrito medio lleno de barquillas, tinitas y paletas. Entonces, el ambiente se estremeció con el aterrizaje del avión que venía de Caracas. El heladero no pudo ocultar su sorpresa, trató de adivinar de donde venía ese estruendo, y dejando el carrito de helados abandonado se fue a una de las barandas a ver como el avión, al final de la pista daba el giro para venir a estacionarse frente al edificio. Su excitación era tal, que se olvidó de todo lo que le rodeaba y estuvo allí parado, ausente, todo el tiempo que tomó el desembarque y embarque del aparato. Una hora después, cuando el avión desapareció entre las nubes se dio la vuelta y comenzó a caminar quien sabe hacia dónde.

Los policías que también comieron helados sin pagarlo, tuvieron que comunicarse con alguien para que viniera a buscar el carrito vacío. Cuando el supervisor preguntó por el heladero, todos automáticamente respondieron: “se volvió loco cuando vio el avión”.


Desde ese día no he dejado de pensar en aquel heladero. Envidiando sentir algo parecido a lo que él sintió, sin importar las consecuencias ni daños a terceros.

sábado, 29 de julio de 2017

Incertidumbre



Yo soy fuerte. Siempre que estoy en una situación extrema huyo hacia adelante.

Y huyo de una forma valiente, sin mirar atrás, así que yo jamás me convertiría en sal.

Tampoco lamento lo perdido, sin embargo a veces el hambre me hace tropezar.

Pasar hambre —como tal— no es tan duro. Lo que más pega no es el hambre sino la incertidumbre, esa sensación de no saber cuándo volverás a comer.

Luego alguien te dice que morirte de hambre no duele mucho comparado con la insoportable angustia que te causaría acostar a tu hijo sin darle de comer.

El hambre tuya se te quita porque solo piensas en el hambre que está pasando tu bebé. Así que además del hambre, ni siquiera puedes dormir. Y el insomnio no es tanto por no tener que darle, sino por la incertidumbre de no saber cuándo tendrás pan para darle de comer.

Y esa situación te hace doblegar. Llegas al punto en que no sabes si gateas por debilidad o simplemente porque te acostumbraron a no mirar a los ojos, a no desafiar. Aunque tus fuerzas estén allí, intactas, en reserva; hay algo que no te permite reaccionar.

Hasta que llega el día en que reaccionas, en que estás tan asustado que huyes hacia adelante, sin mirar atrás. Algo en tu interior te grita que es tiempo de actuar.


Entonces­­ te rebelas. Para darte ánimos te dices a ti mismo: ¡yo soy fuerte! Y aprendes a esquivar las perversas miradas de quienes hace tiempo se convirtieron en sal.

jueves, 22 de junio de 2017

Resistencia


No hay manera de escapar de esto, por muy lejos que te encuentres, por muchas películas del holocausto o documentales de dictaduras que hayas visto, por mucho libro o poesía desgarradora que recites; por mucha anécdota que tu abuelo te haya contado.

Esta masacre me ha puesto a seguir mártires en las redes sociales. A buscar si tenían una cuenta en Instagram o twitter para saber más de ellos, de su pasado, de cuánto pesaban, del por qué luchaban. Y al rato me doy cuenta de que no soy el único, de que hay un montón de gente haciendo lo mismo. Y ahí nos encontramos, deseándoles la gloria de Dios, aun sobre su cadáver tibio, cuando la ternura de sus ideales no ha terminado de desvanecerse y la inocencia de sus sueños es lo único a lo que aferrarse.

Las más sensibles le lloran como si le hubiesen parido, aunque en vida no le conocían. Los más rebeldes sienten que la única manera de hacerles justicia es yendo al frente de la próxima protesta, a sabiendas de que uno de ellos puede ser el próximo; con la certeza de que el nombre de uno de ellos será el que llene de luto las redes sociales al día siguiente. Porque esta represión es tan macabra que asesina a nuestros chamos de uno en uno, para que no te encariñes con ninguno, para que tú zozobra se haga contagiosa y tu mente asimile que siempre puede ser peor. ¡Ni las mascotas están a salvo!
Tampoco falta el miserable que anda en lo mismo aunque con diferente propósito. Hurgando en el perfil de la víctima, pero con la intención de venir a justificar su muerte, a tratar de ensuciar su memoria (como si eso fuera posible), a burlarse de quienes lo lamentan, a querer convertir esta tragedia en una comedia de mal gusto.


No fue así como nos enseñaron que las historias terminaban, con los precoces héroes bajo tierra mientras sus madres aquí arriba, desgarradas, llorándoles.

Fuente foto: https://resistenciav58.wordpress.com

martes, 2 de mayo de 2017

Venezuelans head back to streets



Como venezolano, lo menos que me pasa por la cabeza es sentirme orgulloso de mi venezolanidad.

No somos el mejor país del mundo como me lo vendían hace tiempo.

No somos los mejores ciudadanos, ni los más amables, mucho menos los más solidarios; es más, si te descuidas ese venezolano que tienes al lado te roba; si infringes una ley el policía te martilla, si necesitas agilizar un documento el funcionario te matraca; si cometes un error, el prójimo te señala y si te hacen un favor te lo cobran; si piensas diferente el presidente te degrada y si no vas a marchar el jefe te amenaza, si no tienes la medicina que con urgencia necesitas no faltará un emprendedor en el hospital que te ofrezca un negocio, si no tienes el carnet de la patria no te dan la miserable bolsa clap que compran a sobreprecio con nuestro petróleo; si tienes un cargo no necesitas conocimiento y si tienes un familiar ministro no necesitas ni siquiera trabajar, si no enrejas tu casa como una cárcel no podrás dormir tranquilo ni tener libertad y si algo le pasa a tu carro mientras duermes nadie vio nada aunque todos saben quién fue; si te va bien te llama un pran para sobornarte y si no te bajas bien bajado de la mula te joden bien feo. Tu trabajo no vale lo que pagan en cualquier parte del mundo y la vida vale aún mucho menos. ¡Te matan y sobrarán lamentos!, solo eso.

Pero hay esperanza, esa no me la quita nadie. Venezuela es el país donde nací y es lo que soy, desde que me levanto hasta cuando me emborracho. Las 24 horas del día, los 365 días del año. Soy venezolano y quisiera algún día sentirme orgulloso de eso.

Fuerza y más fuerza a los que cada día salen a la calle a protestar y a literalmente jugarse la vida por un mejor país, el país que ellos más que nadie se merecen. 

sábado, 28 de enero de 2017

Asignatura pendiente


Cada diciembre tenemos una lista pendiente de lo que nos gustaría hacer durante las vacaciones en Venezuela. Es una bucket list que va creciendo según los antojos y planes que van surgiendo a lo largo del año. La lista es muy variada, y va desde lo culinario a lugares por visitar, incluyendo eventos recreativos o espirituales.

Para este año las prioridades eran ciento por ciento regionales: asistir a la procesión de La Divina Pastora, recorrer parte de la cordillera larense, con baño en la cascada del vino incluido y, por sugerencia de un amigo: ir a comernos algo en La Hamburguesería.

Salimos primero de lo más fácil. Elegí la de carne de cordero y como los vegetales y salsas son self service, hice como si estuviera en subway y, la rellené con lechuga, pepinillos, cebolla morada, pimentón, jalapeño y mostaza dulce de aderezo. Mi hamburguesa tenía buen sabor, los vegetales estaban frescos y el ligero sabor a cordero lo agradeció mi paladar. Aunque lo mejor de la cena fue lo que sucedió mientras comíamos. Acostumbrado a estar (en Venezuela) alerta sobre lo que sucede a nuestro alrededor por experiencias propias y ajenas, nos llamó la atención la entrada al lugar de una pareja de jóvenes que lo menos que tenían era apariencia de hamburgueseros, aunque tampoco parecían choros, sino más bien comegatos. Él, flaco y despeinado, con zarcillos, la mirada perdida y algo arremangado al costado contrario a nuestra ubicación. La flaca llevaba una gorra con la víscera hacia atrás, una patineta colgando de su brazo derecho y unas converse corte alto algo ruñías. Una vez adentro ella se presentó y fue entonces cuando bajamos la guardia. Cantaron entre otras, un par de merengues regionales (Los dos gavilanes y El espanto), con tanta naturalidad que ninguno de los presentes se negó a darles un aplauso y algo de propina, en la gorra que esta vez ella usaba como canasta. Y así sin más agradecieron y se fueron. El viendo hacia no sé dónde y ella deslizándose en su patineta como cualquier rusa en pista de patinaje sobre hielo. Me pareció tan surrealista la escena que llegué a la casa tarareando el trabalenguas de la canción y deseando ver otra vez a esa pareja en acción, esta vez en alguna de las tarimas que animan a la procesión cada catorce de enero.

Y entonces llegó la tan esperada fecha. Fuimos por primera vez a la misa y procesión de La Divina Pastora. A las 5 de la mañana nos levantamos con la energía de quién va a correr un maratón. Nos dimos un baño de fe y nos contagiamos de la buena vibra espiritual que había en el ambiente. Pedimos salud y mejores tiempos para el país; regalamos sonrisas y devoción a cambio. Camila caminó como nunca y comió como siempre. El termo de café no rindió mucho, pero había razones de sobra para mantenerse despierto. El clima (tanto natural como emocional) estuvo genial. El podio político que estaba contiguo a la tarima donde se oficiaba la misa causó uno que otro ruido que perturbaba mi paz. Henri Falcón y Lilian estaban empeñados en robarse el "show". No faltaron los que fueron a peregrinar a la virgen y terminaron fue lanzando papelitos para solicitar favores a estos, quienes alimentaron su ego sin vergüenza ni etiqueta. El final de la misa (que anuncia el comienzo de la procesión) fue el momento más emotivo de la mañana, en las afueras de la Iglesia de Santa Rosa. Cantos, plegarias, brazos levantados, gorras y sombreros aleteando con pétalos que caían de algún lugar se mezclaban, dando al lugar una energía estremecedora. Para cualquier persona sensible como este servidor, la experiencia que rayaba en lo místico será inolvidable.

Dejamos para el final la travesía a la Cascada del Vino. Subimos por El Tocuyo, desayunamos en el embalse Los dos cerritos, compramos hielo y agua mineral en Humocaro Bajo, y de ahí nos desviamos a unos paisajes maravillosos. La carretera es de tierra, pero está en muy buena condición. El corolla no pasó trabajo en ningún momento. La cascada nos hizo sentir déjà vu con La Gran Sabana y el agua fría del pozo es comparable a cualquier rio de Boconó. Bajamos por Barbacoas, San Pedro y esos 20 kilómetros (a lo sumo) fueron un lamento. La carretera está en muy mal estado y sin señalizaciones en las intersecciones, que tanta falta hacen en una vía tan desierta.

El balance fue sumamente positivo. Esta vez no tuvimos eventos indeseados y nos volvimos a venir con esa sensación de que Venezuela es un país bendecido que merece más, muchísimo más.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Medio maratón en dos cuartillas

Km 0.- Me apoyo en mi preparación, para convencerme de que terminaré según lo estimado. Los últimos dos meses corrí en promedio semanal 40 kilómetros, así que todo apunta a que debo terminar la media maratón sin colapsar. Sin embargo, la duda está allí. Uno que otro fantasma acecha. Desconfío de mi cuerpo: cosas de principiantes. Controlar la ansiedad manteniendo el ritmo que he entrenado es muy importante porque lo emocional suele jugar malas pasadas.



Km 1.- La salida resulta atropellada. Estoy más preocupado por no tropezarme que por avanzar. Verifico que todo esté en orden. Siento que el corazón va más rápido que las piernas. Quién de estos que ahorita va a mi lado correrá a mi ritmo, me pregunto.



Km 2.- ¡No quiero cometer una novatada! Mi enfoque es: contener el ímpetu. Las piernas están frescas y la adrenalina te invita a acelerar. Correr es un continuo conflicto entre lo físico y lo mental. Hay corredores que me adelantan y otros a los que adelanto. Hay margen para apurar un poco el paso y asentarme en el ritmo de carrera previsto.

Km 3.- El paso queda establecido y el pelotón se ha comenzado a dispersar. Me uno a un pequeño grupo que mantiene un paso de 4.30 min / km. Son de aspecto y acento estadounidense; no paran de conversar y de darle miradas al reloj. Yo no llevo reloj de pulsera, sino que corro con una aplicación (runtastic) en el teléfono (que llevo en mi brazo izquierdo) y que me dice con voz de gps el paso a cada kilómetro.



Km 4.- Recuerdo que cuando comencé a correr, algunas veces a media sesión se me desamarraba una de las trenzas y tenía que parar. ¡Que desagradable! Ahora eso no me preocupo porque uso cordones para correr y además aprendí a hacer un amarre que es al ciento confiable. ¡Gajes del oficio!
Km 5.- Nos acercamos a un cuarto del recorrido y me siento estupendo. Hacer proyecciones a futuro no es un buen augurio. Así que trato de relajar los brazos desde el hombro hasta la punta de los dedos y me dejo llevar.

Km 6.- ¿Será que termino la carrera a este paso? El liceo done cursé bachillerato quedaba a unas seis cuadras de la casa, así que me iba caminando. Camino al Liceo, previo a un examen importante para el cual había estudiado lo suficiente, de repente me invadía esa sensación de tener la mente en blanco y me estremecía. Cuando recibía la prueba y comenzaba a desarrollar la primera pregunta todo se volvía a aclarar. ¡Hoy es un día de esos!

Km 7.- ¡La preparación lo es todo!, en cualquier reto que tengamos que afrontar. Completamos el primer tercio de la ruta y contengo esas ganas de acelerar.

Km 8.- Hace rato dejé de pensar en la distancia completa. Me resulta más relajante tomar como referencia intervalos o fracción. Un cuarto, un tercio, la mitad, dos tercios, tres cuartos…

Km 9.- Cada kilómetro cuenta. Me digo a mi mismo: ¡corre!, que algo queda.

Km 10.-  44 minutos, dándole. ¡Cuerpo y mente en la misma página!

Km 11.- Cada paso cuenta. La técnica me es de gran ayuda porque evito sobreesfuerzos innecesarios. La mecánica la he perfeccionado a conciencia durante los entrenamientos. No solo las piernas, el torso; como la respiración (un, dos, tres: inhala. Un, dos: exhala). El aguante que ahora me sobra lo voy a necesitar en la recta final.

Km 12.- Alguien con una franelilla roja que dice Chile nos adelanta como una centella. Digo “nos” porque incluyo al grupito que va delante de mí, al que yo sigo deliberadamente a pocos pasos de distancia. Es muy temprano para rematar: él sabrá lo que hace. Digo “centella” porque quienes vamos corriendo ya hemos acumulado cierta fatiga y hace que la percepción de cuanto sucede a nuestro alrededor cambie.



Km 13.- Nos acercamos al segundo tercio de la carrera. En ello me enfoco.

Km 14.- ¡Dos tercios! Inhalo una gran bocanada de aire que me sabe a algo más. El cuerpo humano pareciera agradecérmelo. Es agradable sentir como todo tu organismo te recompensa el esfuerzo.

Km 15.- Más de una hora corriendo ininterrumpidamente. Cuando me siento a leer, igual, puedo estar más de una hora leyendo sin parar. No falta quien me pregunte cómo puedo estar más de una hora leyendo o corriendo. Loco me dicen, el extraño, el que está de a huevo. "Freak, yo".

Km 16.- Comienza a sonar “Beast of burden” de los Rolling Stones (I've walked for miles my feet are hurting…) y me viene a la mente Cassius Clay como recurso: “entrena como una bestia de carga y vivirás como un campeón”.

Km 17.- El chileno (asumo su nacionalidad) jadea y aunque trata de mantener el ritmo de quienes le hemos dado alcance, es cuestión de metros para que se quede rezagado y otros, muchos otros, que vienen detrás también le adelanten. Quemó las energías antes de tiempo y su calvario apenas comienza.

Km 18.- Pasamos por una vereda y en la grama del jardín de una de las casas hay alguien sentado viendo pasar a los corredores. Desde que entramos a la zona residencial muchos niños y uno que otro con cámara nos aúpan. Este señor en particular, capta mi atención. Viste una gorra vinotinto con una “V” de Venezuela, de las que usa nuestra selección en el clásico de beisbol. No tendrá idea de que soy venezolano, dado que no llevo ningún accesorio que me identifique. Le doy una mirada sin recibir un gesto siquiera de reciprocidad. Seguramente compartimos muchas costumbres más allá del mapa y su zona en reclamación; las arepas con diablito, el suero saladito; el tequeño con queso chicloso,  la empanada crujiente, la cachapa con mantequilla y una gaita en navidad. Aunque quizá seamos muy diferentes a fin de cuentas. Tal vez él se arropa o usa paraguas cuando llueve, en cambio yo disfruto mojarme. A lo mejor usa protector solar, mientras yo no me avergüenzo del exceso de pecas. Infiero que se puso la gorra de Venezuela porque escuchó que habían venezolanos participando, y yo por omisión más que por otra cosa, en esta ocasión no visto ni la pulsera, ni la gorra, ni la franela, ni el pantalón corto de la vinotinto. Hablamos el mismo idioma y una palabra mía bastaría para conectarnos, pero no dije nada, y ya hace rato que lo dejamos atrás.

Km 19.- ¡Comienzo a rematar!



Km 20.- Este kilómetro lo hice en 4.10 m/km. Tengo energías para apretar aún más el paso. A lo lejos se ve el arco inflable aunque todavía esta ilegible el “finish line”. Erguido, satisfecho, seguro de que nadie me podrá parar. Voy volando, apenas toco el suelo, como impulso para volver a flotar. El paisaje a mi lado se desvanece, los que están parado alrededor del carril de carrera me ven como un mortal, yo en cambio me digo: run Forrest, run. Es cuestión de perspectiva.


Km 21.- ¡Guau! 3.58 m/km. Nunca es tarde para comenzar.