José Mujica (Presidente de Uruguay):
Ustedes saben mejor que nadie que en el conocimiento y la cultura no sólo hay esfuerzo sino también placer.
Dicen que la gente que trota por la rambla, llega un punto en el que entra en una especie de éxtasis donde ya no existe el cansancio y sólo le queda el placer.
Creo que con el conocimiento y la cultura pasa lo mismo. Llega un punto donde estudiar, o investigar, o aprender, ya no es un esfuerzo y es puro disfrute.
¡Qué bueno sería que estos manjares estuviera
a disposición de mucha gente!
Qué bueno sería, si en la canasta de la calidad de la vida que el Uruguay puede ofrecer a su gente, hubiera una buena cantidad de consumos intelectuales.
No porque sea elegante sino porque es placentero.
Porque se disfruta, con la misma intensidad con la que se puede disfrutar un plato de tallarines.
¡No hay una lista obligatoria de las cosas que nos hacen felices!
Algunos pueden pensar que el mundo ideal es un lugar repleto de shopping centers.
En ese mundo la gente es feliz porque todos pueden salir llenos de bolsas de ropa nueva y de cajas de electrodomésticos.
No tengo nada contra esa visión, sólo digo que no es la única posible.
Digo que también podemos pensar en un país donde la gente elige arreglar las cosas en lugar de tirarlas, elige un auto chico en lugar de un auto grande, elige abrigarse en lugar de subir la calefacción.
Despilfarrar no es lo que hacen las sociedades más maduras. Vayan a Holanda y vean las ciudades repletas de bicicletas. Allí se van a dar cuenta de que el consumismo no es la elección de la verdadera aristocracia de la humanidad. Es la elección de los noveleros y los frívolos.
Los holandeses andan en bicicleta, las usan para ir a trabajar pero también para ir a los conciertos o a los parques.
Porque han llegado a un nivel en el que su felicidad cotidiana se alimenta tanto de consumos materiales como intelectuales.
Así que amigos, vayan y contagien el placer por el conocimiento.
En paralelo, mi modesta contribución va a ser tratar de que los uruguayos anden de bicicleteada en bicicleteada.
LA EDUCACION ES EL CAMINO
Y amigos, el puente entre este hoy y ese mañana que queremos tiene un nombre y se llama educación.
Y mire que es un puente largo y difícil de cruzar.
Porque una cosa es la retórica de la educación y otra cosa es que nos decidamos a hacer los sacrificios que implica lanzar un gran esfuerzo educativo y sostenerlo en el tiempo.
Las inversiones en educación son de rendimiento lento, no le lucen a ningún gobierno, movilizan resistencias y obligan a postergar otras demandas.
Pero hay que hacerlo.
Se lo debemos a nuestros hijos y nietos.
Y hay que hacerlo ahora, cuando todavía está fresco el milagro tecnológico de Internet y se abren oportunidades nunca vistas de acceso al conocimiento.
Yo me crié con la radio, vi nacer la televisión, después la televisión en colores, después las transmisiones por satélite.
Después resultó que en mi televisor aparecían cuarenta canales, incluidos los que trasmitían en directo desde Estados Unidos, España e Italia.
Después los celulares y después la computadora, que al principio sólo servía para procesar números.
Cada una de esas veces, me quedé con la boca abierta.
Pero ahora con Internet se me agotó la capacidad de sorpresa.
Me siento como aquellos humanos que vieron una rueda por primera vez.
O como los que vieron el fuego por primera vez.
Uno siente que le tocó en suerte vivir un hito en la historia.
Se están abriendo las puertas de todas las bibliotecas y de todos los museos; van a estar a disposición, todas las revistas científicas y todos los libros del mundo.
Y probablemente todas las películas y todas las músicas del mundo.
Es abrumador.
Por eso necesitamos que todos los uruguayos y sobre todo los uruguayitos sepan nadar en ese torrente.
Hay que subirse a esa corriente y navegar en ella como pez en el agua.
Lo conseguiremos si está sólida esa matriz intelectual de la que hablábamos antes.
Si nuestros chiquilines saben razonar en orden y saben hacerse las preguntas que valen la pena.
Es como una carrera en dos pistas, allá arriba en el mundo el océano de información, acá abajo preparándonos para la navegación trasatlántica.
Escuelas de tiempo completo, facultades en el interior, enseñanza terciaria masificada.
Y probablemente, inglés desde el preescolar en la enseñanza pública.
Porque el inglés no es el idioma que hablan los yanquis, es el idioma con el que los chinos se entienden con el mundo.
No podemos estar afuera. No podemos dejar afuera a nuestros chiquilines.
Esas son las herramientas que nos habilitan a interactuar con la explosión universal del conocimiento.
Este mundo nuevo no nos simplifica la vida, nos la complica..
Nos obliga a ir más lejos y más hondo en la educación.
No hay tarea más grande delante de nosotros.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
lunes, 25 de julio de 2011
Cuando falta el amor sobra el entendimiento...
Y no miento con esta frase, cuando falta el amor sobra el entendimiento.
El amor es inversamente proporcional al entendimiento, y vaya que no miento.
Ella mientras me amaba me justificaba, sin reclamarme.
Después, cuando me reclamaba, era porque ya no me amaba o estaba dejando de amarme.
Se refería a mi como uno más de todos los hombres, idéntico a los demás.
No se fijaba que yo era diferente, ella solo veía lo que tenía entre la sien y la frente.
¿Acaso una bacinilla que jamás ha sido usada, nueva sin estrenar, se puede considerar menos pulcra para tomar agua que un vaso ya usado y sin lavar?
Pero la bacinilla es bacinilla y nadie la va siquiera a mirar. Nació condenada por los estereotipos y bacinilla inmunda será hasta la eternidad.
Así me veía ella a mí, dejándose llevar por las apariencias y por sus evaluaciones de mi ascendencia familiar.
Y basto que le dijera que todo lo nuestro era una ilusión para que se marchara sin mirar más nunca atrás.
No me dejo siquiera terminar la frase: que para mí era una ilusión, un pensamiento no materializado; una palabra aprendida pero jamás dicha; sexo de ir y venir, sin acabar...
El amor es inversamente proporcional al entendimiento, y vaya que no miento.
Ella mientras me amaba me justificaba, sin reclamarme.
Después, cuando me reclamaba, era porque ya no me amaba o estaba dejando de amarme.
Se refería a mi como uno más de todos los hombres, idéntico a los demás.
No se fijaba que yo era diferente, ella solo veía lo que tenía entre la sien y la frente.
¿Acaso una bacinilla que jamás ha sido usada, nueva sin estrenar, se puede considerar menos pulcra para tomar agua que un vaso ya usado y sin lavar?
Pero la bacinilla es bacinilla y nadie la va siquiera a mirar. Nació condenada por los estereotipos y bacinilla inmunda será hasta la eternidad.
Así me veía ella a mí, dejándose llevar por las apariencias y por sus evaluaciones de mi ascendencia familiar.
Y basto que le dijera que todo lo nuestro era una ilusión para que se marchara sin mirar más nunca atrás.
No me dejo siquiera terminar la frase: que para mí era una ilusión, un pensamiento no materializado; una palabra aprendida pero jamás dicha; sexo de ir y venir, sin acabar...
lunes, 4 de abril de 2011
In medias res
Igual que todas las recientes noches anteriores, mecánicamente, cada uno se acostó en un extremo de la cama dándole la espalda al otro, negándose el beso de buenas noches. La misma discusión sin llegar a ningún acuerdo no hacía más que resaltar las características menos agradables de cada uno. Se hablaron en un elevado tono de voz y, ya ni siquiera defendían con argumentos su posición. El asunto se había convertido en una mera confrontación de egos; como quienes pulsean, se miraban a la cara con rabia y ninguno estaba dispuesto a ceder.
Últimamente, ella no dormía bien y se levantaba con dolores de cabeza, pero esta vez cayó profundo. Soñaba que estaba en un vivero natural, al pie de una majestuosa montaña donde todo era verde y apacible; y ella era las más bella flor del lugar, hecha a la perfección ─prolijamente moldeada a semejanza de otras─, con las mejores virtudes de cada cual. Tenía la sensualidad y elegancia del jazmín; la altivez de la rosa amarilla que levantaba celos en las demás; la indiferencia de la hortensia que le permitía ignorar a quienes hablaban mal de ella; la fragancia cautivadora del geranio y la sutileza al tacto del singonio… Dados sus aires de superioridad, veía a las demás flores imperfectas, desgraciadas, llenas de espinas que delataban su rencor. Llegó incluso a sentir lástima por ellas, pero eso no afectaba en los más mínimo sus emociones. Ella era perfecta, esa era una razón más que suficiente para estar feliz.
A su lado, él también soñaba con una flor. Con una flor femenina que siendo voluptuosa y frívola, estimulaba la lujuria en todas las flores masculinas del entorno. Y esa flor era precisamente su pareja, una flor tan mutada que no se parecía en nada a la que una vez desposó. Y cuando la tocaba, sentía que no la tocaba a ella, sino a algo inerte, carente de sensibilidad. Sin sentimientos, solo vanidad. Y de qué le valía a él todo el amor genuino que sentía por ella, si no lo iba a valorar. A ella se le iba la vida cuidando su perfecta, pero delicada apariencia. Se había convertido en esclava de su presunción; no podía exponerse al sol ni al rocio, porque le hacía mal.
Él, hastiado por la situación, buscó la manera de hacerla recapacitar.
─¿Acaso a esto se le puede llamar vivir? ─le interrogó.
Ella ni se inmutaba, permanecía inmóvil, como si estuviera en otro lugar. Él, siguió con el monólogo sin reparar en su ausentismo.
─De qué te vale tu depurada belleza, si a fin de cuentas eres una tosca imitación de otras que en algún momento alcanzaron la belleza a plenitud; no te das cuenta de que has sido alienada, y lo que presumes no es digno de estimación. Quién te dijo que congelar ese instante sublime para siempre te haría más hermosa de lo que alguna vez fuiste. Seguramente te lo dijo quien te creó, quien te moldeó según sus imposiciones. Lamento decirte que no es así, que se valora lo bello en función de muchas cosas, no es tan sencillo como parece; es mucho más complejo que una simple transformación.
Ella seguía indiferente, segura de su perfección. Verla tan inmutable después de todo lo que le había dicho, aumentó su ofuscación. Insistió, tratando de ser más incisivo:
─¿Acaso no sabes que la perfección es relativa? Pareces perfecta a primera vista, pero a fin de cuenta, todos te tratan como un objeto de decoración. Podrías vivir sin envejecer cien, quinientos, mil años, pero jamás volverás a sentir amor. Así que, de qué te vale vivir tanto tiempo, si siempre estarás confinada a lo superfluo; a lo sumo te acariciarían dependiendo de la ocasión.
Ella seguía distante. Entonces, él cayó en cuenta de que la modesta violeta que alguna vez fue su esposa, ahora era una simple flor artificial; que lo frívolo carece de los cinco sentidos y por ello, jamás lograría llamar su atención. Se despertó de un tirón, le dio tanta rabia ver a su esposa dormir tan profundamente cuando él apenas podía contener la respiración.
─¡Aún falta mucho para el amanecer! ─se dijo a si mismo, entonces decidió ir a la cocina a tomar agua y a recapitular sobre la decisión que tomaría si su esposa seguía empeñada en hacerse la operación.
Pero, él desconocía que ella también soñaba, y mucho menos se iba a imaginar que ella también soñaba que era una flor. Que era la flor más bella que jamás había existido, que hasta la montaña se rendía a su belleza sin igual. Y en el sueño de ella llegó el verano, y a causa del inclemente sol, ella al igual que las otras flores comenzó a palidecer y a perder su resplandor; luego vino el otoño, muchas quedaron desnudas y ella sin embargo, mantenía su porte aunque con menos candor. También había perdido su perfume; después se hizo presente el invierno trayendo consigo lo peor porque a pesar de que su condición artificial la hacía inmune a los parásitos y a la humedad, el agua desnudó por completo sus finos acabados. Ahora se le veían los desagradables detalles que minuciosamente habían sido escondidos, y todo el silicón que habían usado durante su manufactura. Por último, volvió la primavera y las demás flores, imperfectas, espinosas, florecieron según sus características y ella, que un año antes se jactaba de tanta belleza, fue echada a la basura y reemplazada por una nueva invención…
Asustada por ese aciago final, se despertó agradeciéndole a Dios de que solo era un sueño; por un momento tuvo la sensación de que todo sucedía en realidad. Notó que su esposo no estaba en la cama y aún sobresaltada se apresuró a buscarlo. Le volvió el alma al cuerpo cuando lo encontró medio dormido en un sillón. Se sentó en su regazo ─estaba, al igual que una margarita, llena de dudas─ y, entre bostezos le dijo que pensaría mejor lo de la operación…
Últimamente, ella no dormía bien y se levantaba con dolores de cabeza, pero esta vez cayó profundo. Soñaba que estaba en un vivero natural, al pie de una majestuosa montaña donde todo era verde y apacible; y ella era las más bella flor del lugar, hecha a la perfección ─prolijamente moldeada a semejanza de otras─, con las mejores virtudes de cada cual. Tenía la sensualidad y elegancia del jazmín; la altivez de la rosa amarilla que levantaba celos en las demás; la indiferencia de la hortensia que le permitía ignorar a quienes hablaban mal de ella; la fragancia cautivadora del geranio y la sutileza al tacto del singonio… Dados sus aires de superioridad, veía a las demás flores imperfectas, desgraciadas, llenas de espinas que delataban su rencor. Llegó incluso a sentir lástima por ellas, pero eso no afectaba en los más mínimo sus emociones. Ella era perfecta, esa era una razón más que suficiente para estar feliz.
A su lado, él también soñaba con una flor. Con una flor femenina que siendo voluptuosa y frívola, estimulaba la lujuria en todas las flores masculinas del entorno. Y esa flor era precisamente su pareja, una flor tan mutada que no se parecía en nada a la que una vez desposó. Y cuando la tocaba, sentía que no la tocaba a ella, sino a algo inerte, carente de sensibilidad. Sin sentimientos, solo vanidad. Y de qué le valía a él todo el amor genuino que sentía por ella, si no lo iba a valorar. A ella se le iba la vida cuidando su perfecta, pero delicada apariencia. Se había convertido en esclava de su presunción; no podía exponerse al sol ni al rocio, porque le hacía mal.
Él, hastiado por la situación, buscó la manera de hacerla recapacitar.
─¿Acaso a esto se le puede llamar vivir? ─le interrogó.
Ella ni se inmutaba, permanecía inmóvil, como si estuviera en otro lugar. Él, siguió con el monólogo sin reparar en su ausentismo.
─De qué te vale tu depurada belleza, si a fin de cuentas eres una tosca imitación de otras que en algún momento alcanzaron la belleza a plenitud; no te das cuenta de que has sido alienada, y lo que presumes no es digno de estimación. Quién te dijo que congelar ese instante sublime para siempre te haría más hermosa de lo que alguna vez fuiste. Seguramente te lo dijo quien te creó, quien te moldeó según sus imposiciones. Lamento decirte que no es así, que se valora lo bello en función de muchas cosas, no es tan sencillo como parece; es mucho más complejo que una simple transformación.
Ella seguía indiferente, segura de su perfección. Verla tan inmutable después de todo lo que le había dicho, aumentó su ofuscación. Insistió, tratando de ser más incisivo:
─¿Acaso no sabes que la perfección es relativa? Pareces perfecta a primera vista, pero a fin de cuenta, todos te tratan como un objeto de decoración. Podrías vivir sin envejecer cien, quinientos, mil años, pero jamás volverás a sentir amor. Así que, de qué te vale vivir tanto tiempo, si siempre estarás confinada a lo superfluo; a lo sumo te acariciarían dependiendo de la ocasión.
Ella seguía distante. Entonces, él cayó en cuenta de que la modesta violeta que alguna vez fue su esposa, ahora era una simple flor artificial; que lo frívolo carece de los cinco sentidos y por ello, jamás lograría llamar su atención. Se despertó de un tirón, le dio tanta rabia ver a su esposa dormir tan profundamente cuando él apenas podía contener la respiración.
─¡Aún falta mucho para el amanecer! ─se dijo a si mismo, entonces decidió ir a la cocina a tomar agua y a recapitular sobre la decisión que tomaría si su esposa seguía empeñada en hacerse la operación.
Pero, él desconocía que ella también soñaba, y mucho menos se iba a imaginar que ella también soñaba que era una flor. Que era la flor más bella que jamás había existido, que hasta la montaña se rendía a su belleza sin igual. Y en el sueño de ella llegó el verano, y a causa del inclemente sol, ella al igual que las otras flores comenzó a palidecer y a perder su resplandor; luego vino el otoño, muchas quedaron desnudas y ella sin embargo, mantenía su porte aunque con menos candor. También había perdido su perfume; después se hizo presente el invierno trayendo consigo lo peor porque a pesar de que su condición artificial la hacía inmune a los parásitos y a la humedad, el agua desnudó por completo sus finos acabados. Ahora se le veían los desagradables detalles que minuciosamente habían sido escondidos, y todo el silicón que habían usado durante su manufactura. Por último, volvió la primavera y las demás flores, imperfectas, espinosas, florecieron según sus características y ella, que un año antes se jactaba de tanta belleza, fue echada a la basura y reemplazada por una nueva invención…
Asustada por ese aciago final, se despertó agradeciéndole a Dios de que solo era un sueño; por un momento tuvo la sensación de que todo sucedía en realidad. Notó que su esposo no estaba en la cama y aún sobresaltada se apresuró a buscarlo. Le volvió el alma al cuerpo cuando lo encontró medio dormido en un sillón. Se sentó en su regazo ─estaba, al igual que una margarita, llena de dudas─ y, entre bostezos le dijo que pensaría mejor lo de la operación…
miércoles, 2 de marzo de 2011
La involución
¿Será que me saco esto de una vez por todas y vomito todo este rollo existencial? ¿Será que si lo hago podré dormir en paz? Sylvia busca papel y lápiz, y sin que le tiemble el pulso comienza a redactar…
Desde su concepción, Sylvia fue muy consentida. Su llegada significó la salvación de un matrimonio que por las diferencias, estaba a punto de colapsar (él era demasiado nervioso y pragmático; ella flemática y perfeccionista). Así lo sentía él, así lo sentía ella. ¡Un mensaje de Dios! Ahora, ambos, tendrían algo propio que les motivaría a continuar mitigando el peso de la vida conyugal, y le daría sentido a muchos sacrificios que antes no tenían razón de ser, o simplemente no valían la pena: “El sexo no vale tanto”, —pensaba él; “es que hasta el sexo se ha vuelto mera formalidad”, —pensaba ella.
Sylvia fue un regalo de la vida: su inocencia, su carisma, su parecido físico a la madre y su manera de ser -copiada al calco del padre-, fue el aditivo necesario y perfecto para revivir la pasión y el amor, que se habían devaluado paulatinamente por la fricción y los egos de cada quien. De niña, tenía el cabello ondulado color ceniza, ojos grandes, azules y vivos que opacaban cualquier otro rasgo, una sonrisa a medio terminar que parecía más fingida que natural, pies planos que conllevaron al uso de zapatos ortopédicos y, un lunar en forma de mapa en la espalda baja, que eran el único −pero contundente− indicio físico de que era hija de su papá.
***
Ahora, Sylvia está cansada de tanto luchar contra un enemigo imperecedero: “el sentimiento de culpa”. A estas alturas, ya no tiene caso fracasar. Sólo alguien le importa, y con ella se va a justificar.
Veinte años atrás, una mañana, su padre retrocedía el carro, mientras salía del garaje para ir a trabajar. De repente, siente que impacta con algo y de manera simultánea escucha el grito de ella, que estaba parada frente a la puerta de la casa. Al Percibir el dolor en el rostro de su esposa, frena con prisa invadido por los nervios. Salió del carro, aturdido por los gritos de ella: “Silvia, Silvia… La niña…” Las piernas le temblaban; desesperado, dirigió la mirada hacia atrás y vió que la niña yacía en el piso, y que había un zapato ortopédico muy cerca de la rueda; lo pateó con rabia (él sabe que los músculos se relajan al momento de morir) e instintivamente sacó su arma de reglamento y se dejó llevar por el demonio, el que siempre está a la espera de una oportunidad.
***
Sylvia ha pasado toda su vida intentado recapitular mentalmente lo sucedido aquella mañana, contrariando a los psicólogos que le recomendaban olvidar. Tiene vacíos, pero se aferra con todas su ganas a mantener visible en su cabeza la silueta de su papá. A menudo sueña con el estridente sonido de la percusión, que ese día, súbitamente le hizo reaccionar. Para madre e hija, desde aquella mañana la vida jamás volvió a su normalidad. Su mamá nunca se volvió a enamorar y ella dejó de ser la misma, a pesar de que con tan sólo cinco años, era imposible que comprendiera cabalmente lo sucedido. Lo primero que hicieron fue mudarse. Intentaron vender la casa, pero nadie la quiso comprar. Nada infunde más morbo que un suicidio y más cuando este llega a oídos de toda la vecindad.
***
Sylvia quiere desahogarse, quiere exorcizar sus demonios, por tal razón escribe la carta. En ella deja claro que está consciente de su decisión. Desde que murió su madre, cinco años atrás, en el funeral, comienza a considerarlo.
A medida que fue creciendo, una escena en especial, recurría con frecuencia: ella y su padre, camino al pre-escolar y sus diálogos: “papi, por qué chocan contra el cristal”, —le preguntaba cada vez que una o varias mariposas se estampaban contra el parabrisas del carro. La respuesta de su padre variaba, dependiendo del estado de ánimo: “Para mostrarnos su belleza, Silvia”, “Porque no se fijan por donde van”; o algunas más complejas como: “Porque temen volver a ser orugas”, “Porque son unas kamikazes”. A cada respuesta de él, surgía otra pregunta de ella, lo que hacia la historia de nunca acabar. A medida que iba ampliando sus conocimientos, más indagaba acerca del tema. Cuando investigó que “Sylvia” era el nombre de una conocida especie de mariposa, hecha un manojo de nervios le preguntó a su mamá que de dónde había escogido ese nombre: “ese fue tu papá, quién desde que supo que ibas a ser una niña, quiso llamarte así, y no recuerdo el porqué…”. En otra oportunidad, Sylvia dejó a todos impresionados en la clase de Historia Universal cuando con simpleza aclaró que el término “kamikaze” no tenía nada que ver con “suicida” en Japón. Tampoco consideraba kamikaze ni suicida a su papá, porque sabía que él había actuado de manera instintiva y sin premeditación. Ni siquiera su esposa, que lo conocía más que nadie, esperaba esa reacción.
***
A sus veinticinco años, Sylvia se ha descuidado, mantiene la misma cara de niña, aunque tiene unas pecas que le dan otro matiz; los ojos azulados ya no brillan como antes. No hace dietas, sin embargo está muy flaca y, no le preocupa en lo más mínimo su apariencia. Se resiste a toda costa a relacionarse porque no quiere sobrecargar a otra persona con su carga emocional. A veces siente necesidad de compañía, pero hay otros fantasmas que a menudo la invitan a claudicar. Los sentimientos de culpa y de desgracia le tienden emboscadas y no la dejan en paz. En la redacción cuenta con lujo de detalles todo lo que sabe desde el día de la muerte de su papá. Habla de sus sueños, de sus pesadillas, de las conversaciones que de vez en cuando tenía con su mamá. No quiere dejar cabos sueltos y se concentra en recordar. La vida no es tan cruel (a fin de cuentas), siempre nos muestra una puerta de emergencia que invita a escapar. Hace una pausa para preparar el brebaje; el día está soleado y un tropel de recién transformadas mariposas vuela del lado de afuera del ventanal. Toma un sorbo de la bebida y se sienta a esperar por los síntomas que, según leyó, de un momento a otro se van a manifestar. Está nerviosa y divaga. Comienza a ver orugas, ve la imagen nítida de su papá, se ve a ella misma corriendo con un zapato en la mano sin fijarse en el carro que comienza a andar; se ve reflejada en los ojos de él, y detrás ve corriendo a su mamá… La imagen se va nublando, escucha voces, la voz de su papá que le grita… Se arrastra como si una oruga; cada vez se siente más débil, minúscula, ya no sabe si sueña o simplemente comenzó el viaje a la eternidad…
FIN
Desde su concepción, Sylvia fue muy consentida. Su llegada significó la salvación de un matrimonio que por las diferencias, estaba a punto de colapsar (él era demasiado nervioso y pragmático; ella flemática y perfeccionista). Así lo sentía él, así lo sentía ella. ¡Un mensaje de Dios! Ahora, ambos, tendrían algo propio que les motivaría a continuar mitigando el peso de la vida conyugal, y le daría sentido a muchos sacrificios que antes no tenían razón de ser, o simplemente no valían la pena: “El sexo no vale tanto”, —pensaba él; “es que hasta el sexo se ha vuelto mera formalidad”, —pensaba ella.
Sylvia fue un regalo de la vida: su inocencia, su carisma, su parecido físico a la madre y su manera de ser -copiada al calco del padre-, fue el aditivo necesario y perfecto para revivir la pasión y el amor, que se habían devaluado paulatinamente por la fricción y los egos de cada quien. De niña, tenía el cabello ondulado color ceniza, ojos grandes, azules y vivos que opacaban cualquier otro rasgo, una sonrisa a medio terminar que parecía más fingida que natural, pies planos que conllevaron al uso de zapatos ortopédicos y, un lunar en forma de mapa en la espalda baja, que eran el único −pero contundente− indicio físico de que era hija de su papá.
***
Ahora, Sylvia está cansada de tanto luchar contra un enemigo imperecedero: “el sentimiento de culpa”. A estas alturas, ya no tiene caso fracasar. Sólo alguien le importa, y con ella se va a justificar.
Veinte años atrás, una mañana, su padre retrocedía el carro, mientras salía del garaje para ir a trabajar. De repente, siente que impacta con algo y de manera simultánea escucha el grito de ella, que estaba parada frente a la puerta de la casa. Al Percibir el dolor en el rostro de su esposa, frena con prisa invadido por los nervios. Salió del carro, aturdido por los gritos de ella: “Silvia, Silvia… La niña…” Las piernas le temblaban; desesperado, dirigió la mirada hacia atrás y vió que la niña yacía en el piso, y que había un zapato ortopédico muy cerca de la rueda; lo pateó con rabia (él sabe que los músculos se relajan al momento de morir) e instintivamente sacó su arma de reglamento y se dejó llevar por el demonio, el que siempre está a la espera de una oportunidad.
***
Sylvia ha pasado toda su vida intentado recapitular mentalmente lo sucedido aquella mañana, contrariando a los psicólogos que le recomendaban olvidar. Tiene vacíos, pero se aferra con todas su ganas a mantener visible en su cabeza la silueta de su papá. A menudo sueña con el estridente sonido de la percusión, que ese día, súbitamente le hizo reaccionar. Para madre e hija, desde aquella mañana la vida jamás volvió a su normalidad. Su mamá nunca se volvió a enamorar y ella dejó de ser la misma, a pesar de que con tan sólo cinco años, era imposible que comprendiera cabalmente lo sucedido. Lo primero que hicieron fue mudarse. Intentaron vender la casa, pero nadie la quiso comprar. Nada infunde más morbo que un suicidio y más cuando este llega a oídos de toda la vecindad.
***
Sylvia quiere desahogarse, quiere exorcizar sus demonios, por tal razón escribe la carta. En ella deja claro que está consciente de su decisión. Desde que murió su madre, cinco años atrás, en el funeral, comienza a considerarlo.
A medida que fue creciendo, una escena en especial, recurría con frecuencia: ella y su padre, camino al pre-escolar y sus diálogos: “papi, por qué chocan contra el cristal”, —le preguntaba cada vez que una o varias mariposas se estampaban contra el parabrisas del carro. La respuesta de su padre variaba, dependiendo del estado de ánimo: “Para mostrarnos su belleza, Silvia”, “Porque no se fijan por donde van”; o algunas más complejas como: “Porque temen volver a ser orugas”, “Porque son unas kamikazes”. A cada respuesta de él, surgía otra pregunta de ella, lo que hacia la historia de nunca acabar. A medida que iba ampliando sus conocimientos, más indagaba acerca del tema. Cuando investigó que “Sylvia” era el nombre de una conocida especie de mariposa, hecha un manojo de nervios le preguntó a su mamá que de dónde había escogido ese nombre: “ese fue tu papá, quién desde que supo que ibas a ser una niña, quiso llamarte así, y no recuerdo el porqué…”. En otra oportunidad, Sylvia dejó a todos impresionados en la clase de Historia Universal cuando con simpleza aclaró que el término “kamikaze” no tenía nada que ver con “suicida” en Japón. Tampoco consideraba kamikaze ni suicida a su papá, porque sabía que él había actuado de manera instintiva y sin premeditación. Ni siquiera su esposa, que lo conocía más que nadie, esperaba esa reacción.
***
A sus veinticinco años, Sylvia se ha descuidado, mantiene la misma cara de niña, aunque tiene unas pecas que le dan otro matiz; los ojos azulados ya no brillan como antes. No hace dietas, sin embargo está muy flaca y, no le preocupa en lo más mínimo su apariencia. Se resiste a toda costa a relacionarse porque no quiere sobrecargar a otra persona con su carga emocional. A veces siente necesidad de compañía, pero hay otros fantasmas que a menudo la invitan a claudicar. Los sentimientos de culpa y de desgracia le tienden emboscadas y no la dejan en paz. En la redacción cuenta con lujo de detalles todo lo que sabe desde el día de la muerte de su papá. Habla de sus sueños, de sus pesadillas, de las conversaciones que de vez en cuando tenía con su mamá. No quiere dejar cabos sueltos y se concentra en recordar. La vida no es tan cruel (a fin de cuentas), siempre nos muestra una puerta de emergencia que invita a escapar. Hace una pausa para preparar el brebaje; el día está soleado y un tropel de recién transformadas mariposas vuela del lado de afuera del ventanal. Toma un sorbo de la bebida y se sienta a esperar por los síntomas que, según leyó, de un momento a otro se van a manifestar. Está nerviosa y divaga. Comienza a ver orugas, ve la imagen nítida de su papá, se ve a ella misma corriendo con un zapato en la mano sin fijarse en el carro que comienza a andar; se ve reflejada en los ojos de él, y detrás ve corriendo a su mamá… La imagen se va nublando, escucha voces, la voz de su papá que le grita… Se arrastra como si una oruga; cada vez se siente más débil, minúscula, ya no sabe si sueña o simplemente comenzó el viaje a la eternidad…
FIN
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Esperanzas
Es sábado al mediodía, el sol resplandeciente se refleja en el asfalto y en las calles no se ve un alma. Detrás de la fachada de una de las casas de la calle libertad, una imperturbable paz reina en la residencia de cuartos de alquiler. Las paredes ocultan el desenlace que se vive en una de las habitaciones. Quienes la protagonizan han vivido allí los últimos dos años. Conocen el barrio de pies a cabeza. Desde que ella decidió ir a vivir junto a él, arrendaron en ese lugar. Han hecho amistades basadas en la solidaridad con los vecinos y también se la llevan bien con la dueña, porque jamás se han atrasado con la mensualidad.
La casa que hace las veces de residencia es de dos plantas. La entrada al segundo piso es independiente de la planta baja. Ellos están en la parte superior junto a otros tres cuartos de alquiler, con los que comparten la cocina y el lavadero. Es una posada humilde, aseada y aparentemente segura; habitada en su mayoría por trabajadores de la economía informal. Él tiene un título en Educación Superior, pero no ha podido ejercer su profesión; trabaja como motorizado en Domino´s Pizza repartiendo a domicilio. Ella trabaja para una tienda infantil donde se gana la vida inflando globos y empacando juguetes con papel de regalo.
En ese cuarto de alquiler, en el centro de la cama matrimonial, una beba de cinco meses juega con sus manos y repite sin cesar: “aaa…”, ajena a la tensión que se respira en la habitación. Sentada en el borde de la cama, la mamá de la niña mira de un lado a otro sin blanco fijo, evitando a toda costa encontrarse con su mirada. El papá en cambio, termina de arreglar todo lo que se tiene que llevar.
Ella con voz calmada le dice que se dé prisa: tiene que almorzar, ducharse, bañar a la niña, darle pecho y llevarla a donde la cuidan, antes de entrar al turno vespertino.
El asiente: “creo que ya terminé…”, mientras echa un último vistazo aparentando cerciorarse de que no olvida nada personal; en realidad quiere escuchar a la niña un rato más. Está consciente de que cuando salga por esa puerta, quizá no vuelva a pisar ese cuarto otra vez. La conoce bien y sabe lo decidida que es; aún si se llegará a arrepentir no dará marcha atrás. Y la niña es muy parecida a ella a pesar de la corta edad, su misma cara, su mismo carácter, la misma agudeza mental que le hace elogiarla cada vez que alguien le preguna por la bebé. Se da cuenta de lo maravilloso que es ser papá, y se avergüenza de lo que antes criticaba, cuando escuchaba a alguien desvivirse en elogios para con sus hijos y decía en son de chanza: “dentro de dos décadas seremos un país de superdotados, porque todos los niños de ahora son táaan inteligentes...”
La relación viene en deterioro paulatino. Ya a estas alturas no se gritan ni se ofenden. Superaron esa etapa para entrar a una más cruda. Ahora no se tocan, se ignoran, se evitan. Antes solían paliar sus diferencias amándose, el sexo era el ancla que les mantenía unidos. Ahora es diferente, ella ha notado cambios en su cuerpo desde que dio a luz. Tomando como excusa la abstención sexual post parto y el amamantamiento de la niña, no cede a las cada vez menos frecuentes insinuaciones de él.
Ella con la mano derecha comienza a acariciar a la niña, que frustrada por no poder sentarse por sí misma ha comenzado a llorar. Se cansó de pujar, de mover la cabeza como tortuguita, de pelar los ojos como si con ello fuera a levitar.
Él escucha el llanto e instintivamente tiene ganas de llorar. Se siente traicionado por sus sentimientos: “no es momento de mostrar debilidad”, se lo juró antes de comenzar a empacar. Comienza a sentir que algo le sube por el aparato digestivo en reversa, y hace lo posible por retenerlo en su garganta. Se da prisa para no quedar expuesto ante ella. Quiere abrazar a la niña, callarla como siempre lo ha hecho, balanceándola en sus brazos sin parar. Quiere prometerle todo lo que jamás le podrá dar…
Se recompone y toma las valijas, un bolso de marca y un par de bolsas improvisadas. No intenta decir palabras por temor a no poderlas pronunciar, opta por despedirse con gestos. La niña sigue llorando, también su mamá se ha puesto a sollozar, pero él no lo nota, porque está pendiente de sí mismo, de no tropezar.
Al salir empuja la puerta con la pierna como puede, sin detenerse. La puerta queda entreabierta, y el sigue a paso firme. A lo lejos escucha el llanto de la niña y se escucha como si sollozara alguien más. Supone que es él, que ahora ha dejado escapar un par de lágrimas. No siente calor ni hambre, ni siquiera siente cada paso que da.
Abre la puerta que da a la calle con un juego de llaves que nunca desechará, ni cuando se le apaguen las últimas esperanzas de que ella le pida regresar. Sabe que eso no sucederá, pero el ser humano primero muere antes que dejar de soñar. El llavero es una figura cromada en espiral incompleta; ella tiene la otra mitad. Comienza a caminar hacia donde está la parada del autobús. Va ensimismado. De repente escucha un grito detrás, amenazante, que le exige le entregue todo. Tarde se da cuenta de que lo vienen a robar; se resiste.
En la habitación, ella se estremece y medio se arregla para bajar. Toma en sus brazos a la niña que no para de llorar. ¡Va a buscarlo! En un santiamén se dio cuenta que la separación es más fuerte que los problemas que quiere evitar.
Cuando abre la puerta que da a la calle pasa una ruidosa moto frente a la casa. La sigue con la mirada y se percata de que uno de los motorizados lleva su bolso. Nerviosa gira la vista en dirección contraria y en principio no ve nada. Vuelve la vista hacia donde se aleja la moto, que ya está en un punto distante y difuso en el espejismo. Vuelve a girar la mirada y echa a correr, con la niña en brazos.
Lo encuentra en cuclillas, con ambas manos puestas en el abdomen, ejerciéndose presión. No encuentra que hacer con la niña y comienza a gritar.
Salen los vecinos, la calma se vuelve desesperación. Lo montan en un carro y se lo llevan a toda prisa. Sigue perdiendo sangre, la herida parece profunda. La gente en la vecindad se queda especulando y comentando acerca de lo sucedido. La dueña de la residencia es una de las que más lamenta la situación: “¡ojalá se salve! Es un buen muchacho y ella que lo quiere mucho, si se muere el muchacho capaz que ella se muere también…”
A él lo acomodan en el asiento trasero del auto, va semi-acostado, con la cabeza apoyada sobre la pierna de ella, por instinto sigue presionando sobre la herida. Ella va rezando a trompicones. La niña se queda dormida en el trayecto al hospital. Llegan directamente a urgencias donde lo comienzan a atender, pero al percatarse de la gravedad de inmediato lo pasan al pabellón quirúrgico.
Al rato sale uno de los doctores del sitio restringido. Ella con la niña en brazos le pregunta por su condición: “Es delicada, la herida rozó algún órgano vital, pero tenemos esperanzas…”
Fin
La casa que hace las veces de residencia es de dos plantas. La entrada al segundo piso es independiente de la planta baja. Ellos están en la parte superior junto a otros tres cuartos de alquiler, con los que comparten la cocina y el lavadero. Es una posada humilde, aseada y aparentemente segura; habitada en su mayoría por trabajadores de la economía informal. Él tiene un título en Educación Superior, pero no ha podido ejercer su profesión; trabaja como motorizado en Domino´s Pizza repartiendo a domicilio. Ella trabaja para una tienda infantil donde se gana la vida inflando globos y empacando juguetes con papel de regalo.
En ese cuarto de alquiler, en el centro de la cama matrimonial, una beba de cinco meses juega con sus manos y repite sin cesar: “aaa…”, ajena a la tensión que se respira en la habitación. Sentada en el borde de la cama, la mamá de la niña mira de un lado a otro sin blanco fijo, evitando a toda costa encontrarse con su mirada. El papá en cambio, termina de arreglar todo lo que se tiene que llevar.
Ella con voz calmada le dice que se dé prisa: tiene que almorzar, ducharse, bañar a la niña, darle pecho y llevarla a donde la cuidan, antes de entrar al turno vespertino.
El asiente: “creo que ya terminé…”, mientras echa un último vistazo aparentando cerciorarse de que no olvida nada personal; en realidad quiere escuchar a la niña un rato más. Está consciente de que cuando salga por esa puerta, quizá no vuelva a pisar ese cuarto otra vez. La conoce bien y sabe lo decidida que es; aún si se llegará a arrepentir no dará marcha atrás. Y la niña es muy parecida a ella a pesar de la corta edad, su misma cara, su mismo carácter, la misma agudeza mental que le hace elogiarla cada vez que alguien le preguna por la bebé. Se da cuenta de lo maravilloso que es ser papá, y se avergüenza de lo que antes criticaba, cuando escuchaba a alguien desvivirse en elogios para con sus hijos y decía en son de chanza: “dentro de dos décadas seremos un país de superdotados, porque todos los niños de ahora son táaan inteligentes...”
La relación viene en deterioro paulatino. Ya a estas alturas no se gritan ni se ofenden. Superaron esa etapa para entrar a una más cruda. Ahora no se tocan, se ignoran, se evitan. Antes solían paliar sus diferencias amándose, el sexo era el ancla que les mantenía unidos. Ahora es diferente, ella ha notado cambios en su cuerpo desde que dio a luz. Tomando como excusa la abstención sexual post parto y el amamantamiento de la niña, no cede a las cada vez menos frecuentes insinuaciones de él.
Ella con la mano derecha comienza a acariciar a la niña, que frustrada por no poder sentarse por sí misma ha comenzado a llorar. Se cansó de pujar, de mover la cabeza como tortuguita, de pelar los ojos como si con ello fuera a levitar.
Él escucha el llanto e instintivamente tiene ganas de llorar. Se siente traicionado por sus sentimientos: “no es momento de mostrar debilidad”, se lo juró antes de comenzar a empacar. Comienza a sentir que algo le sube por el aparato digestivo en reversa, y hace lo posible por retenerlo en su garganta. Se da prisa para no quedar expuesto ante ella. Quiere abrazar a la niña, callarla como siempre lo ha hecho, balanceándola en sus brazos sin parar. Quiere prometerle todo lo que jamás le podrá dar…
Se recompone y toma las valijas, un bolso de marca y un par de bolsas improvisadas. No intenta decir palabras por temor a no poderlas pronunciar, opta por despedirse con gestos. La niña sigue llorando, también su mamá se ha puesto a sollozar, pero él no lo nota, porque está pendiente de sí mismo, de no tropezar.
Al salir empuja la puerta con la pierna como puede, sin detenerse. La puerta queda entreabierta, y el sigue a paso firme. A lo lejos escucha el llanto de la niña y se escucha como si sollozara alguien más. Supone que es él, que ahora ha dejado escapar un par de lágrimas. No siente calor ni hambre, ni siquiera siente cada paso que da.
Abre la puerta que da a la calle con un juego de llaves que nunca desechará, ni cuando se le apaguen las últimas esperanzas de que ella le pida regresar. Sabe que eso no sucederá, pero el ser humano primero muere antes que dejar de soñar. El llavero es una figura cromada en espiral incompleta; ella tiene la otra mitad. Comienza a caminar hacia donde está la parada del autobús. Va ensimismado. De repente escucha un grito detrás, amenazante, que le exige le entregue todo. Tarde se da cuenta de que lo vienen a robar; se resiste.
En la habitación, ella se estremece y medio se arregla para bajar. Toma en sus brazos a la niña que no para de llorar. ¡Va a buscarlo! En un santiamén se dio cuenta que la separación es más fuerte que los problemas que quiere evitar.
Cuando abre la puerta que da a la calle pasa una ruidosa moto frente a la casa. La sigue con la mirada y se percata de que uno de los motorizados lleva su bolso. Nerviosa gira la vista en dirección contraria y en principio no ve nada. Vuelve la vista hacia donde se aleja la moto, que ya está en un punto distante y difuso en el espejismo. Vuelve a girar la mirada y echa a correr, con la niña en brazos.
Lo encuentra en cuclillas, con ambas manos puestas en el abdomen, ejerciéndose presión. No encuentra que hacer con la niña y comienza a gritar.
Salen los vecinos, la calma se vuelve desesperación. Lo montan en un carro y se lo llevan a toda prisa. Sigue perdiendo sangre, la herida parece profunda. La gente en la vecindad se queda especulando y comentando acerca de lo sucedido. La dueña de la residencia es una de las que más lamenta la situación: “¡ojalá se salve! Es un buen muchacho y ella que lo quiere mucho, si se muere el muchacho capaz que ella se muere también…”
A él lo acomodan en el asiento trasero del auto, va semi-acostado, con la cabeza apoyada sobre la pierna de ella, por instinto sigue presionando sobre la herida. Ella va rezando a trompicones. La niña se queda dormida en el trayecto al hospital. Llegan directamente a urgencias donde lo comienzan a atender, pero al percatarse de la gravedad de inmediato lo pasan al pabellón quirúrgico.
Al rato sale uno de los doctores del sitio restringido. Ella con la niña en brazos le pregunta por su condición: “Es delicada, la herida rozó algún órgano vital, pero tenemos esperanzas…”
Fin
lunes, 1 de noviembre de 2010
Es tan poco...
***
Nunca antes se había visto tan perfecta frente a ese espejo como aquella madrugada. Lucía radiante viéndose en el mismo reflejo que tantas otras veces le hizo llorar de obstinación, cuando resaltaban ante sus ojos críticos detalles que dejaban al descubierto lo que para ella eran graves imperfecciones faciales. Era demasiado exigente consigo misma y, vivía obsesionada con algunos defectos que sólo ella notaba, después de exhaustivos análisis: “Que si le había salido una nueva peca, o que tenía las orejas muy hacia afuera, o el tabique nasal desviado, o tantas otras rarezas que variaban de acuerdo a su estado de ánimo”.
Claudia era pesimista por naturaleza ─a pesar de que nunca le habían faltado galanes dispuestos a enamorarla─. Se consideraba poco agraciada al compararse a sí misma con las chicas más guapas y coquetas de la clase, cuando en realidad poseía una belleza natural que aunque no deslumbraba a primera vista, hacía juego con su forma de ser: callada y con cierto aire de intelectual.
***
Mario, desde el primer momento manifestó admiración hacía ella y eso le había devuelto la esperanza, y el buen ánimo a su vida, que entre tanto estudio y preocupaciones, la hacían sentir infeliz.
Se habían conocido casualmente en el autobús un día que les tocó compartir asientos contiguos. Ambos vivían en la misma ciudad, a unos 250 kilómetros de donde estudiaban. Ella de 21 años, cursaba ya el 8.º semestre de la carrera. Él apenas iba por el 2.º. Ella, de clase social media, vivía cerca de la Universidad, en un apartamento alquilado. Él, vivía en una residencia barata, hacinado junto a un montón de estudiantes que hacían soportables sus penurias, parrandeando y burlándose de la vida.
***
Esa madrugada: Claudia sonrió, y su sonrisa no hizo más que ruborizarla y hacerla sentir aún mejor. Se hizo a sí misma un gesto de aprobación. Había pasado la noche despierta y ni siquiera se le notaban esas minúsculas bolsitas debajo de los ojos, que tantas otras veces quiso hacer desaparecer a fuerza de cremas. ¡Se sentía divina, llena de emoción! Quería congelar ese momento, hacerlo eterno. Estaba acelerada y con ganas de hacer tantas cosas a la vez, que al final se sorprendió bailando sola, en la pequeña sala de baño de su cuarto.
─Mierda ─se dijo en voz alta─. Mario pensará que me morí.
Abrió la puerta a medias y sacó medio cuerpo para avisarle que ya iba, pero lo que vio le hizo callar. Su agudo instinto le dijo de inmediato que algo no iba bien. La alegría embriagante que sentía se esfumó, se apagó como le pasa habitualmente a los fanáticos del fútbol cuando su equipo recibe un gol en el minuto final del partido.
***
Ella quería hacer de esa noche algo perfecto, y hasta el momento todo marchaba según lo imaginado. Se había dedicado por completo a ello durante la semana anterior, porque era enemiga de la improvisación: “el vino, las copas, pizza, fresas, chocolates, los regalos y la música de fondo escogida en estricto orden para la ocasión”.
No quería que la primera experiencia sexual de Mario fuera traumática, ni parecida a la de ella.
Claudia siempre pareció mayor en lo físico y en la manera de comportarse, respecto a las chicas de su edad. Y esos aires de madurez ─de los cuales estuvo consciente todo el tiempo─ terminaron costándole caro. La vida le restregó de un tirón la vulnerabilidad e inocencia, que ella a menudo atribuía a sus amigas y de la cual se sentía inmune. Cuando sus compañeras de clases ─en el último año de la secundaria─, celebraban en grupo los besitos que se daban con los chicos de su entorno, ella en secreto jugaba con fuego, dándole vuelo a las intenciones del profesor de Educación Física.
¡Hasta que llegó el día! El profesor haciendo uso de sus experimentadas manos y palabras galantes, halló a una Claudia indefensa o cansada de tanto resistirse; y logró convencerla de que le acompañara a un lugar más privado. En el motel, estaba prohibida la entrada a menores de edad, pero él hizo valer su condición de cliente frecuente, para lograr entrar con una Claudia a simple vista muy nerviosa, sin inconvenientes.
En menos de dos horas, salían del motel. Él acusaba prisa y Claudia ya desflorada y sin goce, lloraba por dentro de rabia y frustración. Sin el menor atisbo de delicadeza, no se ofreció a llevar a Claudia hasta su casa, como lo había hecho algunas otras veces. Valiéndose de excusas que ella no ripostaba, la dejó en la parada del autobús que a ella le venía bien.
Los pocos minutos que Claudia tuvo que aguardar en la estación se le hicieron insoportables. Ansiaba llegar a su cuarto, desesperada por estar sola y por llorar. Al llegar a casa encontró a su mamá en la cocina, y evitó su mirada a toda costa. Sentía que caminaba con las piernas más abiertas de lo normal, y que si su perspicaz madre la viera enseguida iba a notar que había perdido la virginidad.
Llena de vergüenza, llegó directo a bañarse y a revisarse minuciosamente. Se reprochaba a si misma por ser tan inocente y por haberse dejado engañar. Juró no volver a dirigirle la palabra al profesor.
***
Mario estaba sentado en el centro de la cama, ya se había puesto el jean pero aun tenía el torso descubierto, en posición de quien va a mitad de camino mientras hace una abdominal, con los brazos entrecruzados, sosteniendo las piernas semi-arqueadas.
Eran las cinco de la mañana y ambos lucían muy despiertos. De fondo el Concierto de Aranjuez sonaba por enésima vez. El libro de poesías de Benedetti ─uno de los tantos regalos que Claudia le había dado esa noche por su cumpleaños número 19 y que leyeron cuerpo a cuerpo, como preámbulo a la cópula sexual─ estaba abierto en el poema: “Es tan poco…”
Ella corrió a su encuentro, queriendo recuperar el control de la situación.
─Luces muy sensual en esa posición ─le dijo en voz baja, mientras se le sentaba a su lado─. Pareces una escultura griega, acabada de…
─De desvirgar… ─terminó él la frase.
─Sería algo muy original ─sonrió ella, invitando a Mario con un gesto, a sonreír también─. “El Follón de Aquiles”.
─En un rato me iré de viaje a casa a compartir lo que queda del cumpleaños con mi familia.
─¡Qué bien! No sabía que tenías pensado viajar este fin ─comentó, sorpendida─. ¿Si quieres te acompaño? así conozco a tus padres.
─¡No! Quiero ir solo.
─¿Acaso no te gustó lo que hicimos esta noche? ¡Discúlpame si hice o dije algo que te hizo sentir mal…!
─No se trata de eso, yo sabía lo que iba a pasar esta noche. Y no me arrepiento de nada. Has sido un amor… ─dijo al momento que se ponía de pie y se terminaba de vestir.
Ella se levantó de un brinco y reaccionó, hincándose de rodillas ante él.
─¡Permíteme que te acompañe, siquiera en el viaje! Cuando lleguemos allá, me voy a mi casa y prometo no verte hasta mañana cuando nos toque regresar.
─¡Levántate por favor! No hagas de esto una situación penosa. Quiero viajar solo, necesito pensar.
Ella comenzó a llorar y a reprocharle:
─Tenían razón mis amigas, eres un niño. Yo no hago más que consentirte y mira como me pagas… ¿Sabes? Hay muchos en la Universidad, caballeros en todo el sentido de la palabra, que quisieran estar conmigo. ¡Y tú no valoras eso! Yo no tengo necesidad de humillarme de esta manera ante ti.
Mario salió del cuarto a toda prisa, evitando escuchar los reclamos. Debajo del brazo el libro de poemas y el ipod que Claudia le regaló, para que escuchara música durante los viajes o cuando fuera a trotar.
Claudia volvió al baño y aguantó las ganas de aventar contra la pared el perfume, que era el último regalo por dar.
Cuando se vio al espejo, ahí estaban todos los defectos, haciéndola sentir mal otra vez…
FIN
Nunca antes se había visto tan perfecta frente a ese espejo como aquella madrugada. Lucía radiante viéndose en el mismo reflejo que tantas otras veces le hizo llorar de obstinación, cuando resaltaban ante sus ojos críticos detalles que dejaban al descubierto lo que para ella eran graves imperfecciones faciales. Era demasiado exigente consigo misma y, vivía obsesionada con algunos defectos que sólo ella notaba, después de exhaustivos análisis: “Que si le había salido una nueva peca, o que tenía las orejas muy hacia afuera, o el tabique nasal desviado, o tantas otras rarezas que variaban de acuerdo a su estado de ánimo”.
Claudia era pesimista por naturaleza ─a pesar de que nunca le habían faltado galanes dispuestos a enamorarla─. Se consideraba poco agraciada al compararse a sí misma con las chicas más guapas y coquetas de la clase, cuando en realidad poseía una belleza natural que aunque no deslumbraba a primera vista, hacía juego con su forma de ser: callada y con cierto aire de intelectual.
***
Mario, desde el primer momento manifestó admiración hacía ella y eso le había devuelto la esperanza, y el buen ánimo a su vida, que entre tanto estudio y preocupaciones, la hacían sentir infeliz.
Se habían conocido casualmente en el autobús un día que les tocó compartir asientos contiguos. Ambos vivían en la misma ciudad, a unos 250 kilómetros de donde estudiaban. Ella de 21 años, cursaba ya el 8.º semestre de la carrera. Él apenas iba por el 2.º. Ella, de clase social media, vivía cerca de la Universidad, en un apartamento alquilado. Él, vivía en una residencia barata, hacinado junto a un montón de estudiantes que hacían soportables sus penurias, parrandeando y burlándose de la vida.
***
Esa madrugada: Claudia sonrió, y su sonrisa no hizo más que ruborizarla y hacerla sentir aún mejor. Se hizo a sí misma un gesto de aprobación. Había pasado la noche despierta y ni siquiera se le notaban esas minúsculas bolsitas debajo de los ojos, que tantas otras veces quiso hacer desaparecer a fuerza de cremas. ¡Se sentía divina, llena de emoción! Quería congelar ese momento, hacerlo eterno. Estaba acelerada y con ganas de hacer tantas cosas a la vez, que al final se sorprendió bailando sola, en la pequeña sala de baño de su cuarto.
─Mierda ─se dijo en voz alta─. Mario pensará que me morí.
Abrió la puerta a medias y sacó medio cuerpo para avisarle que ya iba, pero lo que vio le hizo callar. Su agudo instinto le dijo de inmediato que algo no iba bien. La alegría embriagante que sentía se esfumó, se apagó como le pasa habitualmente a los fanáticos del fútbol cuando su equipo recibe un gol en el minuto final del partido.
***
Ella quería hacer de esa noche algo perfecto, y hasta el momento todo marchaba según lo imaginado. Se había dedicado por completo a ello durante la semana anterior, porque era enemiga de la improvisación: “el vino, las copas, pizza, fresas, chocolates, los regalos y la música de fondo escogida en estricto orden para la ocasión”.
No quería que la primera experiencia sexual de Mario fuera traumática, ni parecida a la de ella.
Claudia siempre pareció mayor en lo físico y en la manera de comportarse, respecto a las chicas de su edad. Y esos aires de madurez ─de los cuales estuvo consciente todo el tiempo─ terminaron costándole caro. La vida le restregó de un tirón la vulnerabilidad e inocencia, que ella a menudo atribuía a sus amigas y de la cual se sentía inmune. Cuando sus compañeras de clases ─en el último año de la secundaria─, celebraban en grupo los besitos que se daban con los chicos de su entorno, ella en secreto jugaba con fuego, dándole vuelo a las intenciones del profesor de Educación Física.
¡Hasta que llegó el día! El profesor haciendo uso de sus experimentadas manos y palabras galantes, halló a una Claudia indefensa o cansada de tanto resistirse; y logró convencerla de que le acompañara a un lugar más privado. En el motel, estaba prohibida la entrada a menores de edad, pero él hizo valer su condición de cliente frecuente, para lograr entrar con una Claudia a simple vista muy nerviosa, sin inconvenientes.
En menos de dos horas, salían del motel. Él acusaba prisa y Claudia ya desflorada y sin goce, lloraba por dentro de rabia y frustración. Sin el menor atisbo de delicadeza, no se ofreció a llevar a Claudia hasta su casa, como lo había hecho algunas otras veces. Valiéndose de excusas que ella no ripostaba, la dejó en la parada del autobús que a ella le venía bien.
Los pocos minutos que Claudia tuvo que aguardar en la estación se le hicieron insoportables. Ansiaba llegar a su cuarto, desesperada por estar sola y por llorar. Al llegar a casa encontró a su mamá en la cocina, y evitó su mirada a toda costa. Sentía que caminaba con las piernas más abiertas de lo normal, y que si su perspicaz madre la viera enseguida iba a notar que había perdido la virginidad.
Llena de vergüenza, llegó directo a bañarse y a revisarse minuciosamente. Se reprochaba a si misma por ser tan inocente y por haberse dejado engañar. Juró no volver a dirigirle la palabra al profesor.
***
Mario estaba sentado en el centro de la cama, ya se había puesto el jean pero aun tenía el torso descubierto, en posición de quien va a mitad de camino mientras hace una abdominal, con los brazos entrecruzados, sosteniendo las piernas semi-arqueadas.
Eran las cinco de la mañana y ambos lucían muy despiertos. De fondo el Concierto de Aranjuez sonaba por enésima vez. El libro de poesías de Benedetti ─uno de los tantos regalos que Claudia le había dado esa noche por su cumpleaños número 19 y que leyeron cuerpo a cuerpo, como preámbulo a la cópula sexual─ estaba abierto en el poema: “Es tan poco…”
Ella corrió a su encuentro, queriendo recuperar el control de la situación.
─Luces muy sensual en esa posición ─le dijo en voz baja, mientras se le sentaba a su lado─. Pareces una escultura griega, acabada de…
─De desvirgar… ─terminó él la frase.
─Sería algo muy original ─sonrió ella, invitando a Mario con un gesto, a sonreír también─. “El Follón de Aquiles”.
─En un rato me iré de viaje a casa a compartir lo que queda del cumpleaños con mi familia.
─¡Qué bien! No sabía que tenías pensado viajar este fin ─comentó, sorpendida─. ¿Si quieres te acompaño? así conozco a tus padres.
─¡No! Quiero ir solo.
─¿Acaso no te gustó lo que hicimos esta noche? ¡Discúlpame si hice o dije algo que te hizo sentir mal…!
─No se trata de eso, yo sabía lo que iba a pasar esta noche. Y no me arrepiento de nada. Has sido un amor… ─dijo al momento que se ponía de pie y se terminaba de vestir.
Ella se levantó de un brinco y reaccionó, hincándose de rodillas ante él.
─¡Permíteme que te acompañe, siquiera en el viaje! Cuando lleguemos allá, me voy a mi casa y prometo no verte hasta mañana cuando nos toque regresar.
─¡Levántate por favor! No hagas de esto una situación penosa. Quiero viajar solo, necesito pensar.
Ella comenzó a llorar y a reprocharle:
─Tenían razón mis amigas, eres un niño. Yo no hago más que consentirte y mira como me pagas… ¿Sabes? Hay muchos en la Universidad, caballeros en todo el sentido de la palabra, que quisieran estar conmigo. ¡Y tú no valoras eso! Yo no tengo necesidad de humillarme de esta manera ante ti.
Mario salió del cuarto a toda prisa, evitando escuchar los reclamos. Debajo del brazo el libro de poemas y el ipod que Claudia le regaló, para que escuchara música durante los viajes o cuando fuera a trotar.
Claudia volvió al baño y aguantó las ganas de aventar contra la pared el perfume, que era el último regalo por dar.
Cuando se vio al espejo, ahí estaban todos los defectos, haciéndola sentir mal otra vez…
FIN
miércoles, 13 de octubre de 2010
¡333 Palabras!

33, número cabalístico. Hoy 13 de octubre de 2010, finalizó con éxito el rescate de los 33 mineros que quedaron atrapados, ─¡vivos!─ bajo tierra, en la mina San José, en Copiapó, Chile.
Ha sido una jornada muy emotiva, 24 horas llenas de solidaridad y de ejemplos maravillosos de cómo, dejando de lado intereses personales, y sin escatimar costos, se puede unir a un Pueblo y a hacerlo sentir orgulloso de su esencia.
32 chilenos y 1 boliviano, lucharon codo a codo contra las vicisitudes y la adversidad, durante 70 días. Incluso, se les llegó a dar por muertos. Pero no estaban para morirse; ninguno quería morir. Se aferraron a la vida, y en compensación, la vida termina aferrándose a ellos. Y nos envía un mensaje diáfano a todos: “Fe, tengamos Fe, lo demás viene por añadidura”.
Con un viaje de 622 metros, montados en la capsula “Fénix II”, termina la odisea de estas heroicas personas. ¿Quién sabe que pasaba por la cabeza de cada uno de ellos durante esa travesía a la superficie? Emergieron, cada uno a su manera, vistiendo lentes oscuros: es cuestión de días para que vuelvan a bañar sus pupilas, con la ansiada luz solar.
Millones de personas han sido testigo del rescate de cada uno de ellos, de sus lágrimas y de las lágrimas de sus familiares. Las expresiones gestuales de cada minero han traspasado fronteras, y se han hecho entender en todo el mundo. Hoy no existieron “barreras lingüísticas”, porque las imágenes fueron contundentes.
Desde Venezuela, nos unimos al coro por este canto a la vida. Desde Venezuela, gritamos junto a ellos: ¡Viva Chile, mierda!
Hoy, la historia chilena ha dado fin a este cuento, con un “final feliz”. La Apoteosis dirían los griegos, por el dejo de divinidad que ha causado este rescate en todo el mundo.
Chile ha dejado ver, que en Suramérica también hay orden, constancia y sacrificio. Chile ha dejado ver al mundo, que Suramérica también existe.
“Gracias Dios” ¡Viva la vida!
Fuente de la foto y más fotos: http://www.boston.com/bigpicture/2010/10/rescued_from_a_chilean_mine.html
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