miércoles, 17 de noviembre de 2010

Esperanzas

Es sábado al mediodía, el sol resplandeciente se refleja en el asfalto y en las calles no se ve un alma. Detrás de la fachada de una de las casas de la calle libertad, una imperturbable paz reina en la residencia de cuartos de alquiler. Las paredes ocultan el desenlace que se vive en una de las habitaciones. Quienes la protagonizan han vivido allí los últimos dos años. Conocen el barrio de pies a cabeza. Desde que ella decidió ir a vivir junto a él, arrendaron en ese lugar. Han hecho amistades basadas en la solidaridad con los vecinos y también se la llevan bien con la dueña, porque jamás se han atrasado con la mensualidad.
La casa que hace las veces de residencia es de dos plantas. La entrada al segundo piso es independiente de la planta baja. Ellos están en la parte superior junto a otros tres cuartos de alquiler, con los que comparten la cocina y el lavadero. Es una posada humilde, aseada y aparentemente segura; habitada en su mayoría por trabajadores de la economía informal. Él tiene un título en Educación Superior, pero no ha podido ejercer su profesión; trabaja como motorizado en Domino´s Pizza repartiendo a domicilio. Ella trabaja para una tienda infantil donde se gana la vida inflando globos y empacando juguetes con papel de regalo.
En ese cuarto de alquiler, en el centro de la cama matrimonial, una beba de cinco meses juega con sus manos y repite sin cesar: “aaa…”, ajena a la tensión que se respira en la habitación. Sentada en el borde de la cama, la mamá de la niña mira de un lado a otro sin blanco fijo, evitando a toda costa encontrarse con su mirada. El papá en cambio, termina de arreglar todo lo que se tiene que llevar.
Ella con voz calmada le dice que se dé prisa: tiene que almorzar, ducharse, bañar a la niña, darle pecho y llevarla a donde la cuidan, antes de entrar al turno vespertino.
El asiente: “creo que ya terminé…”, mientras echa un último vistazo aparentando cerciorarse de que no olvida nada personal; en realidad quiere escuchar a la niña un rato más. Está consciente de que cuando salga por esa puerta, quizá no vuelva a pisar ese cuarto otra vez. La conoce bien y sabe lo decidida que es; aún si se llegará a arrepentir no dará marcha atrás. Y la niña es muy parecida a ella a pesar de la corta edad, su misma cara, su mismo carácter, la misma agudeza mental que le hace elogiarla cada vez que alguien le preguna por la bebé. Se da cuenta de lo maravilloso que es ser papá, y se avergüenza de lo que antes criticaba, cuando escuchaba a alguien desvivirse en elogios para con sus hijos y decía en son de chanza: “dentro de dos décadas seremos un país de superdotados, porque todos los niños de ahora son táaan inteligentes...”
La relación viene en deterioro paulatino. Ya a estas alturas no se gritan ni se ofenden. Superaron esa etapa para entrar a una más cruda. Ahora no se tocan, se ignoran, se evitan. Antes solían paliar sus diferencias amándose, el sexo era el ancla que les mantenía unidos. Ahora es diferente, ella ha notado cambios en su cuerpo desde que dio a luz. Tomando como excusa la abstención sexual post parto y el amamantamiento de la niña, no cede a las cada vez menos frecuentes insinuaciones de él.
Ella con la mano derecha comienza a acariciar a la niña, que frustrada por no poder sentarse por sí misma ha comenzado a llorar. Se cansó de pujar, de mover la cabeza como tortuguita, de pelar los ojos como si con ello fuera a levitar.
Él escucha el llanto e instintivamente tiene ganas de llorar. Se siente traicionado por sus sentimientos: “no es momento de mostrar debilidad”, se lo juró antes de comenzar a empacar. Comienza a sentir que algo le sube por el aparato digestivo en reversa, y hace lo posible por retenerlo en su garganta. Se da prisa para no quedar expuesto ante ella. Quiere abrazar a la niña, callarla como siempre lo ha hecho, balanceándola en sus brazos sin parar. Quiere prometerle todo lo que jamás le podrá dar…
Se recompone y toma las valijas, un bolso de marca y un par de bolsas improvisadas. No intenta decir palabras por temor a no poderlas pronunciar, opta por despedirse con gestos. La niña sigue llorando, también su mamá se ha puesto a sollozar, pero él no lo nota, porque está pendiente de sí mismo, de no tropezar.
Al salir empuja la puerta con la pierna como puede, sin detenerse. La puerta queda entreabierta, y el sigue a paso firme. A lo lejos escucha el llanto de la niña y se escucha como si sollozara alguien más. Supone que es él, que ahora ha dejado escapar un par de lágrimas. No siente calor ni hambre, ni siquiera siente cada paso que da.
Abre la puerta que da a la calle con un juego de llaves que nunca desechará, ni cuando se le apaguen las últimas esperanzas de que ella le pida regresar. Sabe que eso no sucederá, pero el ser humano primero muere antes que dejar de soñar. El llavero es una figura cromada en espiral incompleta; ella tiene la otra mitad. Comienza a caminar hacia donde está la parada del autobús. Va ensimismado. De repente escucha un grito detrás, amenazante, que le exige le entregue todo. Tarde se da cuenta de que lo vienen a robar; se resiste.
En la habitación, ella se estremece y medio se arregla para bajar. Toma en sus brazos a la niña que no para de llorar. ¡Va a buscarlo! En un santiamén se dio cuenta que la separación es más fuerte que los problemas que quiere evitar.
Cuando abre la puerta que da a la calle pasa una ruidosa moto frente a la casa. La sigue con la mirada y se percata de que uno de los motorizados lleva su bolso. Nerviosa gira la vista en dirección contraria y en principio no ve nada. Vuelve la vista hacia donde se aleja la moto, que ya está en un punto distante y difuso en el espejismo. Vuelve a girar la mirada y echa a correr, con la niña en brazos.
Lo encuentra en cuclillas, con ambas manos puestas en el abdomen, ejerciéndose presión. No encuentra que hacer con la niña y comienza a gritar.
Salen los vecinos, la calma se vuelve desesperación. Lo montan en un carro y se lo llevan a toda prisa. Sigue perdiendo sangre, la herida parece profunda. La gente en la vecindad se queda especulando y comentando acerca de lo sucedido. La dueña de la residencia es una de las que más lamenta la situación: “¡ojalá se salve! Es un buen muchacho y ella que lo quiere mucho, si se muere el muchacho capaz que ella se muere también…”
A él lo acomodan en el asiento trasero del auto, va semi-acostado, con la cabeza apoyada sobre la pierna de ella, por instinto sigue presionando sobre la herida. Ella va rezando a trompicones. La niña se queda dormida en el trayecto al hospital. Llegan directamente a urgencias donde lo comienzan a atender, pero al percatarse de la gravedad de inmediato lo pasan al pabellón quirúrgico.
Al rato sale uno de los doctores del sitio restringido. Ella con la niña en brazos le pregunta por su condición: “Es delicada, la herida rozó algún órgano vital, pero tenemos esperanzas…”

Fin

lunes, 1 de noviembre de 2010

Es tan poco...

***
Nunca antes se había visto tan perfecta frente a ese espejo como aquella madrugada. Lucía radiante viéndose en el mismo reflejo que tantas otras veces le hizo llorar de obstinación, cuando resaltaban ante sus ojos críticos detalles que dejaban al descubierto lo que para ella eran graves imperfecciones faciales. Era demasiado exigente consigo misma y, vivía obsesionada con algunos defectos que sólo ella notaba, después de exhaustivos análisis: “Que si le había salido una nueva peca, o que tenía las orejas muy hacia afuera, o el tabique nasal desviado, o tantas otras rarezas que variaban de acuerdo a su estado de ánimo”.
Claudia era pesimista por naturaleza ─a pesar de que nunca le habían faltado galanes dispuestos a enamorarla─. Se consideraba poco agraciada al compararse a sí misma con las chicas más guapas y coquetas de la clase, cuando en realidad poseía una belleza natural que aunque no deslumbraba a primera vista, hacía juego con su forma de ser: callada y con cierto aire de intelectual.
***
Mario, desde el primer momento manifestó admiración hacía ella y eso le había devuelto la esperanza, y el buen ánimo a su vida, que entre tanto estudio y preocupaciones, la hacían sentir infeliz.
Se habían conocido casualmente en el autobús un día que les tocó compartir asientos contiguos. Ambos vivían en la misma ciudad, a unos 250 kilómetros de donde estudiaban. Ella de 21 años, cursaba ya el 8.º semestre de la carrera. Él apenas iba por el 2.º. Ella, de clase social media, vivía cerca de la Universidad, en un apartamento alquilado. Él, vivía en una residencia barata, hacinado junto a un montón de estudiantes que hacían soportables sus penurias, parrandeando y burlándose de la vida.
***
Esa madrugada: Claudia sonrió, y su sonrisa no hizo más que ruborizarla y hacerla sentir aún mejor. Se hizo a sí misma un gesto de aprobación. Había pasado la noche despierta y ni siquiera se le notaban esas minúsculas bolsitas debajo de los ojos, que tantas otras veces quiso hacer desaparecer a fuerza de cremas. ¡Se sentía divina, llena de emoción! Quería congelar ese momento, hacerlo eterno. Estaba acelerada y con ganas de hacer tantas cosas a la vez, que al final se sorprendió bailando sola, en la pequeña sala de baño de su cuarto.
─Mierda ─se dijo en voz alta─. Mario pensará que me morí.
Abrió la puerta a medias y sacó medio cuerpo para avisarle que ya iba, pero lo que vio le hizo callar. Su agudo instinto le dijo de inmediato que algo no iba bien. La alegría embriagante que sentía se esfumó, se apagó como le pasa habitualmente a los fanáticos del fútbol cuando su equipo recibe un gol en el minuto final del partido.
***
Ella quería hacer de esa noche algo perfecto, y hasta el momento todo marchaba según lo imaginado. Se había dedicado por completo a ello durante la semana anterior, porque era enemiga de la improvisación: “el vino, las copas, pizza, fresas, chocolates, los regalos y la música de fondo escogida en estricto orden para la ocasión”.
No quería que la primera experiencia sexual de Mario fuera traumática, ni parecida a la de ella.
Claudia siempre pareció mayor en lo físico y en la manera de comportarse, respecto a las chicas de su edad. Y esos aires de madurez ─de los cuales estuvo consciente todo el tiempo─ terminaron costándole caro. La vida le restregó de un tirón la vulnerabilidad e inocencia, que ella a menudo atribuía a sus amigas y de la cual se sentía inmune. Cuando sus compañeras de clases ─en el último año de la secundaria─, celebraban en grupo los besitos que se daban con los chicos de su entorno, ella en secreto jugaba con fuego, dándole vuelo a las intenciones del profesor de Educación Física.
¡Hasta que llegó el día! El profesor haciendo uso de sus experimentadas manos y palabras galantes, halló a una Claudia indefensa o cansada de tanto resistirse; y logró convencerla de que le acompañara a un lugar más privado. En el motel, estaba prohibida la entrada a menores de edad, pero él hizo valer su condición de cliente frecuente, para lograr entrar con una Claudia a simple vista muy nerviosa, sin inconvenientes.
En menos de dos horas, salían del motel. Él acusaba prisa y Claudia ya desflorada y sin goce, lloraba por dentro de rabia y frustración. Sin el menor atisbo de delicadeza, no se ofreció a llevar a Claudia hasta su casa, como lo había hecho algunas otras veces. Valiéndose de excusas que ella no ripostaba, la dejó en la parada del autobús que a ella le venía bien.
Los pocos minutos que Claudia tuvo que aguardar en la estación se le hicieron insoportables. Ansiaba llegar a su cuarto, desesperada por estar sola y por llorar. Al llegar a casa encontró a su mamá en la cocina, y evitó su mirada a toda costa. Sentía que caminaba con las piernas más abiertas de lo normal, y que si su perspicaz madre la viera enseguida iba a notar que había perdido la virginidad.
Llena de vergüenza, llegó directo a bañarse y a revisarse minuciosamente. Se reprochaba a si misma por ser tan inocente y por haberse dejado engañar. Juró no volver a dirigirle la palabra al profesor.
***
Mario estaba sentado en el centro de la cama, ya se había puesto el jean pero aun tenía el torso descubierto, en posición de quien va a mitad de camino mientras hace una abdominal, con los brazos entrecruzados, sosteniendo las piernas semi-arqueadas.
Eran las cinco de la mañana y ambos lucían muy despiertos. De fondo el Concierto de Aranjuez sonaba por enésima vez. El libro de poesías de Benedetti ─uno de los tantos regalos que Claudia le había dado esa noche por su cumpleaños número 19 y que leyeron cuerpo a cuerpo, como preámbulo a la cópula sexual─ estaba abierto en el poema: “Es tan poco…”
Ella corrió a su encuentro, queriendo recuperar el control de la situación.
─Luces muy sensual en esa posición ─le dijo en voz baja, mientras se le sentaba a su lado─. Pareces una escultura griega, acabada de…
─De desvirgar… ─terminó él la frase.
─Sería algo muy original ─sonrió ella, invitando a Mario con un gesto, a sonreír también─. “El Follón de Aquiles”.
─En un rato me iré de viaje a casa a compartir lo que queda del cumpleaños con mi familia.
─¡Qué bien! No sabía que tenías pensado viajar este fin ─comentó, sorpendida─. ¿Si quieres te acompaño? así conozco a tus padres.
─¡No! Quiero ir solo.
─¿Acaso no te gustó lo que hicimos esta noche? ¡Discúlpame si hice o dije algo que te hizo sentir mal…!
─No se trata de eso, yo sabía lo que iba a pasar esta noche. Y no me arrepiento de nada. Has sido un amor… ─dijo al momento que se ponía de pie y se terminaba de vestir.
Ella se levantó de un brinco y reaccionó, hincándose de rodillas ante él.
─¡Permíteme que te acompañe, siquiera en el viaje! Cuando lleguemos allá, me voy a mi casa y prometo no verte hasta mañana cuando nos toque regresar.
─¡Levántate por favor! No hagas de esto una situación penosa. Quiero viajar solo, necesito pensar.
Ella comenzó a llorar y a reprocharle:
─Tenían razón mis amigas, eres un niño. Yo no hago más que consentirte y mira como me pagas… ¿Sabes? Hay muchos en la Universidad, caballeros en todo el sentido de la palabra, que quisieran estar conmigo. ¡Y tú no valoras eso! Yo no tengo necesidad de humillarme de esta manera ante ti.
Mario salió del cuarto a toda prisa, evitando escuchar los reclamos. Debajo del brazo el libro de poemas y el ipod que Claudia le regaló, para que escuchara música durante los viajes o cuando fuera a trotar.
Claudia volvió al baño y aguantó las ganas de aventar contra la pared el perfume, que era el último regalo por dar.
Cuando se vio al espejo, ahí estaban todos los defectos, haciéndola sentir mal otra vez…

FIN

miércoles, 13 de octubre de 2010

¡333 Palabras!


33, número cabalístico. Hoy 13 de octubre de 2010, finalizó con éxito el rescate de los 33 mineros que quedaron atrapados, ─¡vivos!─ bajo tierra, en la mina San José, en Copiapó, Chile.
Ha sido una jornada muy emotiva, 24 horas llenas de solidaridad y de ejemplos maravillosos de cómo, dejando de lado intereses personales, y sin escatimar costos, se puede unir a un Pueblo y a hacerlo sentir orgulloso de su esencia.
32 chilenos y 1 boliviano, lucharon codo a codo contra las vicisitudes y la adversidad, durante 70 días. Incluso, se les llegó a dar por muertos. Pero no estaban para morirse; ninguno quería morir. Se aferraron a la vida, y en compensación, la vida termina aferrándose a ellos. Y nos envía un mensaje diáfano a todos: “Fe, tengamos Fe, lo demás viene por añadidura”.
Con un viaje de 622 metros, montados en la capsula “Fénix II”, termina la odisea de estas heroicas personas. ¿Quién sabe que pasaba por la cabeza de cada uno de ellos durante esa travesía a la superficie? Emergieron, cada uno a su manera, vistiendo lentes oscuros: es cuestión de días para que vuelvan a bañar sus pupilas, con la ansiada luz solar.
Millones de personas han sido testigo del rescate de cada uno de ellos, de sus lágrimas y de las lágrimas de sus familiares. Las expresiones gestuales de cada minero han traspasado fronteras, y se han hecho entender en todo el mundo. Hoy no existieron “barreras lingüísticas”, porque las imágenes fueron contundentes.
Desde Venezuela, nos unimos al coro por este canto a la vida. Desde Venezuela, gritamos junto a ellos: ¡Viva Chile, mierda!
Hoy, la historia chilena ha dado fin a este cuento, con un “final feliz”. La Apoteosis dirían los griegos, por el dejo de divinidad que ha causado este rescate en todo el mundo.
Chile ha dejado ver, que en Suramérica también hay orden, constancia y sacrificio. Chile ha dejado ver al mundo, que Suramérica también existe.
“Gracias Dios” ¡Viva la vida!

Fuente de la foto y más fotos: http://www.boston.com/bigpicture/2010/10/rescued_from_a_chilean_mine.html

viernes, 8 de octubre de 2010

Lluvia de nostalgia

Llueve otra vez
¡Está lloviendo!
Y la lluvia nocturna
Espanta mi sueño
Para disimular mi insomnio
Intento ver caer la lluvia
Pero me es imposible hacerlo
Cae muy rápido
Se me desvanece en el infinito
Entonces me viene a la mente
Aquel Poema de Neruda
Me gusta cuando callas...
Irreverente, le cambio la letra
Mientras me invade tu silueta
Me gusta cuando duermes...
Ahora llueve en mi interior
Y me ahogo en la nostalgia
Suspiro para mantenerme vivo
Exhalo para morir otra vez
Afuera, ya paró de llover
No parecía la misma lluvia de otras veces
Mientras llovía te ví
Parecías la misma de siempre
Quizá era la misma lluvia de siempre
Tu, quizá eras otra, diferente
Mi nostalgia, se fue con la lluvia
Una noche de estas, volverán...

lunes, 4 de octubre de 2010

Lágrimas de perdón

Cuando la señora, de rígida presencia, inmutable a la vista de los curiosos, hizo presencia en la sala donde velaban a Richard, todo el mundo entró en conmoción. Y comenzaron a apretujarse unos con otros, para presenciar la escena que nadie se quería perder.
Sólo la madre del difunto pudo mantener firme la mirada a tan polémica visita, lista para reaccionar. Ambas vestían un luto anticuado. Ninguna de las dos reparaba en disimular con maquillaje las huellas de tanto sufrimiento.
En el barrio, cuando alguien muere, lo velan en su casa, en la sala, en una calurosa e incómoda sala, porque a las salas nunca las hacen para poner un muerto; entonces cuando traen la urna y toda su parafernalia, se ocupa casi todo el espacio, y a veces parece que hasta el muerto suda. Y se llegan a confundir las lágrimas con el sudor, y muchas veces no se sabe si alguien está llorando o sudando. Las velas encendidas y las mujeres vestidas de luto murmullando infinidad de veces un rosario que ni se entiende, lo hacen ver todo más sofocante.
Richard, en vida era un fortachón con fama de verdugo. Se ganaba la vida prestando dinero de manera informal a exageradas tasas de retorno. Lo único que pedía a cambio como garantía, era la palabra del deudor.
Richard murió de la manera menos pensada, a los treinta y seis años de edad. Había salido como cada domingo a la gallera. Ese día, aparentemente la suerte estaba de su lado, contaban en el velorio quienes compartieron con él: ¡ganó, a cuanto gallo le apostó!
Lleno de euforia, brindó por su suerte y bebió a más no poder. Se fue a casa al ocultarse el sol, muerto de hambre como siempre. Al no conseguir cena preparada, salió en la bicicleta al quiosco más cercano, a unas tres cuadras de su casa. Nadie supo decir con certeza cuantos “perro caliente” se comió (llegaron a decir que más de diez).
Su viaje de vuelta a casa nunca se completó. La horquilla de la bicicleta se fracturó, y su voluminoso cuerpo de más de ciento veinte kilos de peso, lo abalanzó hacia adelante, súbitamente. Su reacción fue nula; impactó la frente contra el pavimento y allí quedó, ahogándose en su propio vomito. Cuando llegaron a auxiliarle, ya era tarde.
−Vengo a ver al muerto −dijo la señora, sin formalidad.
−Viene a echarnos en cara que su promesa se hizo realidad −respondió la madre del difunto−. Mejor márchese y deje las cosas del tamaño que están.
−Yo solo quiero ver al muerto, déjeme hacerlo y me marcho en santa paz.
−¡Pues, hágalo y se marcha ya!
Seis meses antes, un hijo de esa señora, apareció muerto en un matorral. Nadie pagó por ello, aunque era un secreto a voces que Richard era el autor de ese asesinato. Al parecer, el hijo de la señora era muy apostador y había adquirido una deuda con Richard, la cual no pudo pagar y terminó costándole la vida.
Contaban en el velorio de Richard, que una amiga esotérica de la señora hizo que destaparan la urna de su hijo, justo antes de enterrarle, y que puso una moneda debajo de la lengua del cadáver. Luego rezó en dialecto desconocido y le dijo a la señora: “es cuestión de tiempo, para que el responsable de esta muerte pague por ello”.
Ahora, estaba la señora en el velorio de Richard, queriendo ver con sus propios ojos al supuesto asesino de su hijo.
La señora, al ver el rostro de Richard, hinchado y sin vida, no pudo contener su asombro.
−Yo pensaba que con la muerte de este muchacho, mi hijo iba a dejar de andar en pena, atormentándome, y que por fin iba a descansar en paz −dijo, volteándose.
−Pues, piensa usted mal −refutó la mamá de Richard−. Yo hace tiempo entendí que a los muertos no se les hace justicia en esta vida a menos que se les vaya a resucitar.
−Tarde me doy cuenta de ello −dijo la señora, mostrándose arrepentida−. Apenas anoche lo comprendí. Cuando me enteré de la muerte de su hijo y sentí una sensación de alivio. Pero en toda la noche, los espíritus de su hijo y el mío, no me dejaron dormir.
−¿Cómo sabe usted, que era el espíritu de mi hijo?
−Lo acabo de comprobar. Nunca había visto su rostro, ni siquiera en foto. ¡A eso he venido!
−Me parece que usted solo ve lo que quiere ver −murmuró entre sollozos la mamá de Richard−. Yo deseo que mi hijo y el suyo, descansen en paz. Dios se encargará de lo demás.
−Si los deseos de cada quien se hicieran realidad, el mundo estaría peor de lo que está…
Se le atragantaron las palabras. Simplemente, ya no pudo hablar más, ni resistir el llanto que llevaba aguantando desde hacía seis meses, y se entregó sin resistencias a sus sentimientos.
¡Ambas rompieron a llorar!
No fue necesario que se dijeran nada más. Las lágrimas que brotaron significaban más, que decir mil veces la palabra perdón…
FIN

viernes, 1 de octubre de 2010

A ti mujer

Te quiero, porque no me has dejado otra opción que amarte.
Te amo por lo que eres, y te amo por lo que me haces hacer.
Te pienso, porque al hacerlo me siento dichoso aun en mis pesares.
Te escribo, porque así fluyen mis sentimientos puritanos hacia ti.
Te llamo, porque me reclamas mis ausencias prolongadas.
Te miro, porque mientras duermes yo sueño despierto contigo.
Te extraño, aun cuando no te conozca y seas un misterio para mí.
Te imagino, cuando figuro que me lees y que suspiras por mí.
Te anhelo, cuando se me hace intocable tu silueta en mi nariz.
Te pido disculpas, por todo lo que dejé de darte.
Te pido paciencia, porque sé que vendrán mejores tiempos.
Te pido prisa, porque el amor se vive día a día.
Te pido que recuerdes todo lo que te doy, porque aun siendo insensato te estoy amando.
Te pido que me desees, porque yo no me avergüenzo de lo mucho que te deseo a ti.
¡Te amo, porque no me has dejado otra opción que Amarte!

viernes, 17 de septiembre de 2010

TITO


Cada vez que voy de visita a la tierra donde crecí, a la casa de mis padres, resurgen recuerdos que yacen en lo más recóndito de mí ser. Tal vez por ello, el comentario que mi hermana mayor sacó a colación me puso a reflexionar acerca de cuándo fue la última vez que tuve contacto con Tito.
Ella tiene una facilidad natural para cambiar el curso de una conversación sin que uno lo note. Ese día hablábamos de cine, y pasamos de los exóticos paisajes de la película “Avatar” al relato de una de las conductas recién adquirida por su hija Alejandra, de tan sólo seis años de edad.
Dejándome llevar ─en retrospectiva─ por la velocidad del pensamiento, en un abrir y cerrar de ojos me encontré reproduciendo en mi imaginación esa última experiencia vivida junto a Tito. El recuerdo estaba guardado en alguna parte de mi memoria, diáfano, a pesar del tiempo transcurrido, y contrario a lo que yo creía.
Ocho años habían transcurrido desde aquella vez. Una serie de eventos desafortunados y una visita extemporánea de la muerte me forzaron a separarme “por mi bien”, de quien hasta entonces había sido mi más fiel compañero y confidente.
Era un martes decembrino que se dejaba llevar por la fresca brisa caribeña que suele soplar en esa época. Agobiado por mi situación, invité a un primo y a su esposa a la playa, y ella a la vez invitó a una amiga, para que fuéramos, los cuatro, emparejados. Yo sólo buscaba distracción, romper la rutina, levantar mi autoestima; los días festivos navideños ya estaban cerca y, quería recuperar el ánimo.
En ese entonces, el último fracaso amoroso me estaba afectando más de lo previsto. En consenso, ella y yo habíamos decidido romper con la relación, aún cuando la atracción física en ambos estaba vigente. A mí, me gustaba desde su tierno y siempre humectado tobillo hasta su forma de estornudar; ella por su parte, no se cansaba de halagarme con caricias y con su siempre manifiesto apetito sexual. Pero su manera de ver el mundo me causaba profunda decepción, sin embargo, siendo yo tan joven, trataba de no darle mucha importancia a su excesiva frivolidad y en lo tanto que le importaban las apariencias. Tito sí despreciaba en demasía esa manera de ser. Y fue él quien me convenció ─con sus atormentados argumentos─, de que terminara con ese noviazgo.
Ese martes, una vez llegamos a la playa, sin perder tiempo y animado por Tito, me abalancé con él, sobre las frías y agitadas olas. Sin cuidar detalles, desafiábamos juntos a cada espumosa ola que se nos atravesaba. El agua salada tuvo un efecto estimulante, lo que nos permitió llegar rápidamente a cierta profundidad, hasta que caí en cuenta de que tenía una de las piernas acalambrada. Intenté flotar y a intentar avanzar de a poco, braceando, hasta donde pudiera tocar suelo.
Interminables minutos transcurrieron, y no notaba avance. El esfuerzo ya comenzaba a pasarme factura y el mar agitado no me daba tregua. Comencé a levantar los brazos y a hacer señales, pero en la orilla estaban pendiente de todo, menos de mí (en diciembre la playa no es tan concurrida como en otros meses, lo que hacía cuesta arriba mi apremiante situación).
Tito flotaba junto a mí y me invitaba a seguir luchando contra el implacable mar. Me daba ánimos: era lo único que podía hacer. Nervioso, forzaba mi cuerpo al máximo. Sentía que el tiempo se me agotaba, que tenía que echar resto. Ya no podía mantener todo el tiempo la cabeza a flote, en contra de mi voluntad me sumergía y tragaba agua. En mi desespero volvía a salir, cada vez más ansioso por respirar.
Tito comenzó a decirme incoherencias. Que si moría todos iban a decir que me ahogué deliberadamente a causa del desamor; que no podía permitirles ese lujo. Y me gritaba cosas como esas, lo que me empujaba a dar un esfuerzo sobrenatural.
Casi me sentía vencido, y allí estaba Tito, ahogándose conmigo; siguiendo ya sin fuerzas con la misma cantaleta.
Por instinto seguía estirando hacia abajo la pierna, hasta que milagrosamente logré hacer contacto con la arena, mientras mantenía erguida la cabeza sobre el nivel de agua, hartándome de aire; tosiendo agua, insípida, y cálida.
Respiré aliviado. Y Tito, quien se escuchaba cada vez más lejos, me decía: ¡lo logramos!
Poco me duró la conciencia, no me quedaban fuerzas para mantenerme en píe, y sin resistencia, me dejé desfallecer.
Cuando abrí los ojos otra vez, estaba en el centro de asistencia médica. Me colocaron una inyección que me hizo vomitar toda el agua que había tragado, me oxigenaron y no sé qué tantas otras cosas más.
Cuando pregunté cómo había llegado hasta allí me contaron que una pareja que estaba nadando cerca de mí se dio cuenta de lo que me sucedía. Llegaron justo a tiempo para salvarme
Al llegar a casa, dormí por las siguientes catorce horas. Durante tres días no pude levantar los brazos, ni mover las piernas sin dolor...
─¿Estás allí? ─preguntó mi hermana, dándose cuenta de mi distracción─. ¿Me estás parando?
─¡Sí! Sí... disculpa, ¿Me decías?
─Te decía que el amigo imaginario de Alejandra se llama Kiwi.
─¡Ah! ¿si?
─Pero el colmo fue cuando le dije a David, que su hermanita menor tenía un amigo imaginario, ¿Sabes qué me dijo tu sobrino?: “mami, eso es normal, yo tengo dos, se llaman Tom y Max...”