miércoles, 13 de octubre de 2010

¡333 Palabras!


33, número cabalístico. Hoy 13 de octubre de 2010, finalizó con éxito el rescate de los 33 mineros que quedaron atrapados, ─¡vivos!─ bajo tierra, en la mina San José, en Copiapó, Chile.
Ha sido una jornada muy emotiva, 24 horas llenas de solidaridad y de ejemplos maravillosos de cómo, dejando de lado intereses personales, y sin escatimar costos, se puede unir a un Pueblo y a hacerlo sentir orgulloso de su esencia.
32 chilenos y 1 boliviano, lucharon codo a codo contra las vicisitudes y la adversidad, durante 70 días. Incluso, se les llegó a dar por muertos. Pero no estaban para morirse; ninguno quería morir. Se aferraron a la vida, y en compensación, la vida termina aferrándose a ellos. Y nos envía un mensaje diáfano a todos: “Fe, tengamos Fe, lo demás viene por añadidura”.
Con un viaje de 622 metros, montados en la capsula “Fénix II”, termina la odisea de estas heroicas personas. ¿Quién sabe que pasaba por la cabeza de cada uno de ellos durante esa travesía a la superficie? Emergieron, cada uno a su manera, vistiendo lentes oscuros: es cuestión de días para que vuelvan a bañar sus pupilas, con la ansiada luz solar.
Millones de personas han sido testigo del rescate de cada uno de ellos, de sus lágrimas y de las lágrimas de sus familiares. Las expresiones gestuales de cada minero han traspasado fronteras, y se han hecho entender en todo el mundo. Hoy no existieron “barreras lingüísticas”, porque las imágenes fueron contundentes.
Desde Venezuela, nos unimos al coro por este canto a la vida. Desde Venezuela, gritamos junto a ellos: ¡Viva Chile, mierda!
Hoy, la historia chilena ha dado fin a este cuento, con un “final feliz”. La Apoteosis dirían los griegos, por el dejo de divinidad que ha causado este rescate en todo el mundo.
Chile ha dejado ver, que en Suramérica también hay orden, constancia y sacrificio. Chile ha dejado ver al mundo, que Suramérica también existe.
“Gracias Dios” ¡Viva la vida!

Fuente de la foto y más fotos: http://www.boston.com/bigpicture/2010/10/rescued_from_a_chilean_mine.html

viernes, 8 de octubre de 2010

Lluvia de nostalgia

Llueve otra vez
¡Está lloviendo!
Y la lluvia nocturna
Espanta mi sueño
Para disimular mi insomnio
Intento ver caer la lluvia
Pero me es imposible hacerlo
Cae muy rápido
Se me desvanece en el infinito
Entonces me viene a la mente
Aquel Poema de Neruda
Me gusta cuando callas...
Irreverente, le cambio la letra
Mientras me invade tu silueta
Me gusta cuando duermes...
Ahora llueve en mi interior
Y me ahogo en la nostalgia
Suspiro para mantenerme vivo
Exhalo para morir otra vez
Afuera, ya paró de llover
No parecía la misma lluvia de otras veces
Mientras llovía te ví
Parecías la misma de siempre
Quizá era la misma lluvia de siempre
Tu, quizá eras otra, diferente
Mi nostalgia, se fue con la lluvia
Una noche de estas, volverán...

lunes, 4 de octubre de 2010

Lágrimas de perdón

Cuando la señora, de rígida presencia, inmutable a la vista de los curiosos, hizo presencia en la sala donde velaban a Richard, todo el mundo entró en conmoción. Y comenzaron a apretujarse unos con otros, para presenciar la escena que nadie se quería perder.
Sólo la madre del difunto pudo mantener firme la mirada a tan polémica visita, lista para reaccionar. Ambas vestían un luto anticuado. Ninguna de las dos reparaba en disimular con maquillaje las huellas de tanto sufrimiento.
En el barrio, cuando alguien muere, lo velan en su casa, en la sala, en una calurosa e incómoda sala, porque a las salas nunca las hacen para poner un muerto; entonces cuando traen la urna y toda su parafernalia, se ocupa casi todo el espacio, y a veces parece que hasta el muerto suda. Y se llegan a confundir las lágrimas con el sudor, y muchas veces no se sabe si alguien está llorando o sudando. Las velas encendidas y las mujeres vestidas de luto murmullando infinidad de veces un rosario que ni se entiende, lo hacen ver todo más sofocante.
Richard, en vida era un fortachón con fama de verdugo. Se ganaba la vida prestando dinero de manera informal a exageradas tasas de retorno. Lo único que pedía a cambio como garantía, era la palabra del deudor.
Richard murió de la manera menos pensada, a los treinta y seis años de edad. Había salido como cada domingo a la gallera. Ese día, aparentemente la suerte estaba de su lado, contaban en el velorio quienes compartieron con él: ¡ganó, a cuanto gallo le apostó!
Lleno de euforia, brindó por su suerte y bebió a más no poder. Se fue a casa al ocultarse el sol, muerto de hambre como siempre. Al no conseguir cena preparada, salió en la bicicleta al quiosco más cercano, a unas tres cuadras de su casa. Nadie supo decir con certeza cuantos “perro caliente” se comió (llegaron a decir que más de diez).
Su viaje de vuelta a casa nunca se completó. La horquilla de la bicicleta se fracturó, y su voluminoso cuerpo de más de ciento veinte kilos de peso, lo abalanzó hacia adelante, súbitamente. Su reacción fue nula; impactó la frente contra el pavimento y allí quedó, ahogándose en su propio vomito. Cuando llegaron a auxiliarle, ya era tarde.
−Vengo a ver al muerto −dijo la señora, sin formalidad.
−Viene a echarnos en cara que su promesa se hizo realidad −respondió la madre del difunto−. Mejor márchese y deje las cosas del tamaño que están.
−Yo solo quiero ver al muerto, déjeme hacerlo y me marcho en santa paz.
−¡Pues, hágalo y se marcha ya!
Seis meses antes, un hijo de esa señora, apareció muerto en un matorral. Nadie pagó por ello, aunque era un secreto a voces que Richard era el autor de ese asesinato. Al parecer, el hijo de la señora era muy apostador y había adquirido una deuda con Richard, la cual no pudo pagar y terminó costándole la vida.
Contaban en el velorio de Richard, que una amiga esotérica de la señora hizo que destaparan la urna de su hijo, justo antes de enterrarle, y que puso una moneda debajo de la lengua del cadáver. Luego rezó en dialecto desconocido y le dijo a la señora: “es cuestión de tiempo, para que el responsable de esta muerte pague por ello”.
Ahora, estaba la señora en el velorio de Richard, queriendo ver con sus propios ojos al supuesto asesino de su hijo.
La señora, al ver el rostro de Richard, hinchado y sin vida, no pudo contener su asombro.
−Yo pensaba que con la muerte de este muchacho, mi hijo iba a dejar de andar en pena, atormentándome, y que por fin iba a descansar en paz −dijo, volteándose.
−Pues, piensa usted mal −refutó la mamá de Richard−. Yo hace tiempo entendí que a los muertos no se les hace justicia en esta vida a menos que se les vaya a resucitar.
−Tarde me doy cuenta de ello −dijo la señora, mostrándose arrepentida−. Apenas anoche lo comprendí. Cuando me enteré de la muerte de su hijo y sentí una sensación de alivio. Pero en toda la noche, los espíritus de su hijo y el mío, no me dejaron dormir.
−¿Cómo sabe usted, que era el espíritu de mi hijo?
−Lo acabo de comprobar. Nunca había visto su rostro, ni siquiera en foto. ¡A eso he venido!
−Me parece que usted solo ve lo que quiere ver −murmuró entre sollozos la mamá de Richard−. Yo deseo que mi hijo y el suyo, descansen en paz. Dios se encargará de lo demás.
−Si los deseos de cada quien se hicieran realidad, el mundo estaría peor de lo que está…
Se le atragantaron las palabras. Simplemente, ya no pudo hablar más, ni resistir el llanto que llevaba aguantando desde hacía seis meses, y se entregó sin resistencias a sus sentimientos.
¡Ambas rompieron a llorar!
No fue necesario que se dijeran nada más. Las lágrimas que brotaron significaban más, que decir mil veces la palabra perdón…
FIN

viernes, 1 de octubre de 2010

A ti mujer

Te quiero, porque no me has dejado otra opción que amarte.
Te amo por lo que eres, y te amo por lo que me haces hacer.
Te pienso, porque al hacerlo me siento dichoso aun en mis pesares.
Te escribo, porque así fluyen mis sentimientos puritanos hacia ti.
Te llamo, porque me reclamas mis ausencias prolongadas.
Te miro, porque mientras duermes yo sueño despierto contigo.
Te extraño, aun cuando no te conozca y seas un misterio para mí.
Te imagino, cuando figuro que me lees y que suspiras por mí.
Te anhelo, cuando se me hace intocable tu silueta en mi nariz.
Te pido disculpas, por todo lo que dejé de darte.
Te pido paciencia, porque sé que vendrán mejores tiempos.
Te pido prisa, porque el amor se vive día a día.
Te pido que recuerdes todo lo que te doy, porque aun siendo insensato te estoy amando.
Te pido que me desees, porque yo no me avergüenzo de lo mucho que te deseo a ti.
¡Te amo, porque no me has dejado otra opción que Amarte!

viernes, 17 de septiembre de 2010

TITO


Cada vez que voy de visita a la tierra donde crecí, a la casa de mis padres, resurgen recuerdos que yacen en lo más recóndito de mí ser. Tal vez por ello, el comentario que mi hermana mayor sacó a colación me puso a reflexionar acerca de cuándo fue la última vez que tuve contacto con Tito.
Ella tiene una facilidad natural para cambiar el curso de una conversación sin que uno lo note. Ese día hablábamos de cine, y pasamos de los exóticos paisajes de la película “Avatar” al relato de una de las conductas recién adquirida por su hija Alejandra, de tan sólo seis años de edad.
Dejándome llevar ─en retrospectiva─ por la velocidad del pensamiento, en un abrir y cerrar de ojos me encontré reproduciendo en mi imaginación esa última experiencia vivida junto a Tito. El recuerdo estaba guardado en alguna parte de mi memoria, diáfano, a pesar del tiempo transcurrido, y contrario a lo que yo creía.
Ocho años habían transcurrido desde aquella vez. Una serie de eventos desafortunados y una visita extemporánea de la muerte me forzaron a separarme “por mi bien”, de quien hasta entonces había sido mi más fiel compañero y confidente.
Era un martes decembrino que se dejaba llevar por la fresca brisa caribeña que suele soplar en esa época. Agobiado por mi situación, invité a un primo y a su esposa a la playa, y ella a la vez invitó a una amiga, para que fuéramos, los cuatro, emparejados. Yo sólo buscaba distracción, romper la rutina, levantar mi autoestima; los días festivos navideños ya estaban cerca y, quería recuperar el ánimo.
En ese entonces, el último fracaso amoroso me estaba afectando más de lo previsto. En consenso, ella y yo habíamos decidido romper con la relación, aún cuando la atracción física en ambos estaba vigente. A mí, me gustaba desde su tierno y siempre humectado tobillo hasta su forma de estornudar; ella por su parte, no se cansaba de halagarme con caricias y con su siempre manifiesto apetito sexual. Pero su manera de ver el mundo me causaba profunda decepción, sin embargo, siendo yo tan joven, trataba de no darle mucha importancia a su excesiva frivolidad y en lo tanto que le importaban las apariencias. Tito sí despreciaba en demasía esa manera de ser. Y fue él quien me convenció ─con sus atormentados argumentos─, de que terminara con ese noviazgo.
Ese martes, una vez llegamos a la playa, sin perder tiempo y animado por Tito, me abalancé con él, sobre las frías y agitadas olas. Sin cuidar detalles, desafiábamos juntos a cada espumosa ola que se nos atravesaba. El agua salada tuvo un efecto estimulante, lo que nos permitió llegar rápidamente a cierta profundidad, hasta que caí en cuenta de que tenía una de las piernas acalambrada. Intenté flotar y a intentar avanzar de a poco, braceando, hasta donde pudiera tocar suelo.
Interminables minutos transcurrieron, y no notaba avance. El esfuerzo ya comenzaba a pasarme factura y el mar agitado no me daba tregua. Comencé a levantar los brazos y a hacer señales, pero en la orilla estaban pendiente de todo, menos de mí (en diciembre la playa no es tan concurrida como en otros meses, lo que hacía cuesta arriba mi apremiante situación).
Tito flotaba junto a mí y me invitaba a seguir luchando contra el implacable mar. Me daba ánimos: era lo único que podía hacer. Nervioso, forzaba mi cuerpo al máximo. Sentía que el tiempo se me agotaba, que tenía que echar resto. Ya no podía mantener todo el tiempo la cabeza a flote, en contra de mi voluntad me sumergía y tragaba agua. En mi desespero volvía a salir, cada vez más ansioso por respirar.
Tito comenzó a decirme incoherencias. Que si moría todos iban a decir que me ahogué deliberadamente a causa del desamor; que no podía permitirles ese lujo. Y me gritaba cosas como esas, lo que me empujaba a dar un esfuerzo sobrenatural.
Casi me sentía vencido, y allí estaba Tito, ahogándose conmigo; siguiendo ya sin fuerzas con la misma cantaleta.
Por instinto seguía estirando hacia abajo la pierna, hasta que milagrosamente logré hacer contacto con la arena, mientras mantenía erguida la cabeza sobre el nivel de agua, hartándome de aire; tosiendo agua, insípida, y cálida.
Respiré aliviado. Y Tito, quien se escuchaba cada vez más lejos, me decía: ¡lo logramos!
Poco me duró la conciencia, no me quedaban fuerzas para mantenerme en píe, y sin resistencia, me dejé desfallecer.
Cuando abrí los ojos otra vez, estaba en el centro de asistencia médica. Me colocaron una inyección que me hizo vomitar toda el agua que había tragado, me oxigenaron y no sé qué tantas otras cosas más.
Cuando pregunté cómo había llegado hasta allí me contaron que una pareja que estaba nadando cerca de mí se dio cuenta de lo que me sucedía. Llegaron justo a tiempo para salvarme
Al llegar a casa, dormí por las siguientes catorce horas. Durante tres días no pude levantar los brazos, ni mover las piernas sin dolor...
─¿Estás allí? ─preguntó mi hermana, dándose cuenta de mi distracción─. ¿Me estás parando?
─¡Sí! Sí... disculpa, ¿Me decías?
─Te decía que el amigo imaginario de Alejandra se llama Kiwi.
─¡Ah! ¿si?
─Pero el colmo fue cuando le dije a David, que su hermanita menor tenía un amigo imaginario, ¿Sabes qué me dijo tu sobrino?: “mami, eso es normal, yo tengo dos, se llaman Tom y Max...”

viernes, 10 de septiembre de 2010

Soñando también se vive


No sabía con exactitud si el característico “ti-lín” emitido por el timbre casero, pertenecía a la realidad o al sueño que forzosamente trataba de prolongar. Fue una noche calurosa, y entre el sopor y las incongruencias de la escena que soñaba, me sorprendió desprevenido la mañana dominical. Al caer en cuenta que en realidad si tocaban a la puerta, me tomó unos eternos segundos terminar de abrir los ojos y levantarme. Fue una lucha cuerpo a cuerpo no se con quien, solo sé que ese algo invisible me halaba hacia el abismo de la hamaca. Desesperado, apenas alcancé a gritar:
– ¡Voy! –para que quien tocara, esperara en el postigo un rato más.
Dejando de lado las imágenes del sueño, salí corriendo a la puerta a atender el llamado. En la sala casi me tropiezo con mi mamá, que tejía sin parar, mientras en simultáneo y sin esfuerzo aparente leía la voz de quien con voz muda gritaba en la pantalla del televisor.
–Buenos días –me dijeron–. Somos los Testigos de Jehová.
–Buenos días, ya se quienes son –les respondí, aun dudando de mi tono de voz, pero por la sonrisa formal que ambos dibujaron, noté que me habían entendido perfectamente.
Desde pequeños, todos en el barrio sabíamos quienes eran los Testigos de Jehová: el paraguas, el maletín de mano y la corbata les delataban. Además, ningún vendedor de aquellos forasteros que tanto se paseaban por el barrio de puerta en puerta cuidaba tanto detalle en las apariencias, mucho menos en el hablar. Por lo general eran vendedores de baratijas que ofrecían hasta el cielo a las amas de casa, con el atractivo de pagar en cómodas pero interminables cuotas. Así iban todas llenándose de cachivaches, muchos de los cuales jamás llegaron a usar.
Ellos me preguntaron por mi madre usando el nombre de pila de ella, lo que me dio a entender que la visitaban a menudo. Les dije que estaba en lo suyo, pero que bien yo podía escuchar la prédica, así que les invité a pasar al amplio zaguán. Sorprendidos, quisieron saber más de mí; en tantas visitas a la casa nunca me habían visto. Luego, complacidos por algunos detalles, entraron en materia y me dieron un folleto y me hablaron de la vida eterna y de tantas otras cosas bíblicas más.
En eso estábamos cuando se acercó mi mamá a la conversación. De inmediato pude percibir que la presencia de ese par de predicadores en la casa no era accidental, hablaban un lenguaje especial. Y saludaron a mi madre con tanta familiaridad que por momentos me sentí extraño. Mi mamá no reparo en detalles para hablarles de mí, y ellos se mostraron atentos, a pesar de que esa información ya la sabían.
Al rato se fueron y detrás de ellos, se fue el domingo. Se fue como cada domingo, sin prisa pero sin pausa. El día domingo es especialista en hacerse lento, pero escurridizo. Entre periódicos y siestas no programadas, transcurre el último día de la semana. Sin darnos cuenta, ya rápido se hacen las seis. El que trabaja, suspira, deseando prolongar el domingo un rato más, el que no trabaja se estremece, temiéndole a la soledad cuando el lunes todos salgan a laborar. El que trabaja no quiere que llegue el lunes, pero al desempleado, la indiferencia de lunes hacia su persona, le duele mucho más.
Se hizo de noche, a dormir otra vez. A seguir soñando con el premio de la lotería, a continuar el eterno sueño que quedó truncado por el súbito amanecer anterior. Y sueño que me lo gano, y que ayudo a tanta gente que tengo pendiente por ayudar. Y se me va la noche haciendo planes, y corrigiéndolos sobre la marcha una vez más. Y hago promesas a Dios, y las cumplo y las cumplo en mi imaginación. La mitad para los pobres y para obras de caridad, y la otra mitad a invertirla para que el premio alcance hasta la infinidad.
Pero la noche de ese domingo el sueño no fue normal. En uno de los bolsillos del pantalón corto de dormir, como de costumbre tenía el boleto de lotería que se jugaba ese día; en el otro bolsillo, el folleto que me hablaba de la vida eterna.
Soñé que tenía que elegir entre los dos premios, y no hallaba que hacer. No estaba preparado para tomar esa decisión. Había tanta gente necesitada de ayuda en la tierra, que me sentía egoísta si escogía por el pasaje a la eternidad. Pero tenía que decidirme por una de las opciones y eso me causaba contrariedad. Así que me armé de valor y le pedí a quien vino en nombre de Dios, que antes de tomar la decisión me permitiera conocer el paraíso y para mi sorpresa, gustoso aceptó.
Y me llevo a dar un paseo por el edén, donde nada era como lo había imaginado o como lo explicaban una y otra vez los teólogos. Parecía que estaba viviendo un sueño dentro de mi sueño. La gente en el paraíso no era de carne y hueso, aunque su silueta se asemejaba exactamente a la figura carnal que tenían en la tierra antes de morir. Los que murieron canosos y llenos de arrugas, eran canosos y con las arrugas en el mismo lugar, los que murieron jóvenes también lo eran, y los que se fueron bebes, allí estaban todos. Había niños por doquier, en abundancia, desde recién nacidos hasta de añitos de vida. Y no sé cómo, ante tanta gente, millones de cuerpos cuya característica más resaltante era la ingravidez, no me costó trabajo encontrar a mis conocidos; a familiares y amigos que por una u otra razón, habían dejado de existir. Y cuando me vieron, ellos también me reconocieron al instante, y me abrazaron (o al menos eso parecía), y me dieron la bienvenida y mostraron regocijo.
Allí estaba compartiendo con ellos, hasta que alguien me dijo que era el momento de partir, que había visto suficiente y ya tenía fundamentos para decidir.
–Ahora, ¿Ellos van a preguntar por mí? –le pregunté, preocupado, al mismo tiempo que me trasladaba vertiginosamente de un lugar a otro, dejándome guiar.
–No es como te enseñaron, ellos no tienen memoria de quienes no tienen a su lado, por eso no extrañan a sus seres queridos que no han muerto o que también murieron pero no merecieron la bendición del Señor –me respondió esa irreconocible voz.
–Eso no es vivir –le dije.
–Acaso tu mismo no recuerdas a algún familiar o conocido, ¿sólo cuando lo tienes en frente?
–Si –afirmé.
–Entonces ¿Qué te parece extraño? –me dijo lacónicamente.
–¿Y cómo se alimentan? –seguí interrogándole.
–El alimento para el alma lo tienen en abundancia. Ya en la tierra ustedes saben de cual alimento hablo, es cuestión de reflexionar. Además, como notaste, aquí no se necesita ningún órgano corporal, por eso no hay enfermedad ni imperfecciones –concluyó.
Tenía razón, así que me quedé confundido y sin respuesta. En ese momento me sorprendió el amanecer.
Desperté temprano como siempre. Metí la mano en los bolsillos y lo confirmé: allí estaban ambos papelitos. Me quedé un rato recapitulando el sueño que acababa de tener, con los ojos bien abiertos, seguro de tener todas mis neuronas funcionando. Trataba de recordar mi elección.
Siempre justifiqué los pocos centavos que gasté en los esporádicos boletos de lotería, con el simple hecho de que aunque nunca ganaba nada, al menos soñaba mucho con tan poco invertido, así que bien valía la pena ese pequeño gasto en entretenimiento. Y ese soñar me distraía y era fermento para mi imaginación y sobre todo para escaparme por momentos de tantos conflictos mentales. Incluso, en más de una ocasión no llegué a revisar el boleto para ver si había resultado ganador, y me los encontraba desteñido en la lavadora, olvidado en el bolsillo de un jean; o en una gaveta, ya caduco. Lo que no tenía fecha de caducidad era el plan macro que pensaba materializar, una vez cobrara el ticket.
Ese lunes, como cada mañana, tomé la taza de café que mi mamá siempre tenía lista, y le dije: –“Anoche soñé con tía” –haciendo énfasis en el movimiento correcto de los labios, ante cada palabra pronunciada.
–Yo no he dejado de soñar con ella desde que se fue, ni dormida ni despierta –me replicó.
Ya mi hermana me había contado que a mi mamá varias veces la había traicionado el subconsciente y se había sorprendido llevándole la taza de café a su tía preferida, como lo había hecho en mucho tiempo, hasta que se percataba de la realidad y regresaba a casa con el café intacto, entre sollozos y recuerdos…
–Creo que tía está bien, donde quiera que esté –añadí.
Ella no me respondió esta vez, a tiempo me percaté que una lágrima se deslizaba por su cutis facial, como salida del alma.
La siguiente semana revise el billete de lotería, entre sobresaltos y parsimonia. “Boleto no ganador”, respondió de inmediato la máquina, sin anestesia, porque ese aparato no conoce de expectativas.
Menos mal que aún tenía el otro billete, el que me ofrecía el viaje a la eternidad. Lo doble cuidadosamente y lo guarde con celos en el koala. Ahora, a esas alturas, ya creía estar seguro de cual había sido mi elección aquella noche...

martes, 24 de agosto de 2010

Las pecas de la vecina

I
Como cada domingo, Abnegado sacó la silla azul plegable que en algún momento había comprado para usar en los eventuales viajes a la playa y, la colocó en el sitio que estratégicamente había elegido como el mejor lugar donde consumir su rutina.
Desde allí podía hacer lo que más le interesaba sin levantar sospechas malintencionadas, evitando así, discusiones innecesarias con su gruñona esposa, Magdalena. Él, tenía varias excusas memorizadas para cuando ella le exigiera las razones de tan extraño comportamiento, pero pasaron varias semanas y la conversación ─que el intuía venir en algún momento─ no acababa de ocurrir: "Las mujeres y su mundo"; parafraseaba mentalmente a menudo, creen que lo saben todo y no se dan cuenta que lo que hacen es complicarnos la existencia, por puro joder.
El periódico, las gafas de sol, el bolígrafo para el crucigrama y el reproductor portátil; todo lo necesario para sumirse en su mundo sin ninguna interferencia. Además, estaba convencido de que todos esos accesorios le daban un aire de intelectualidad: “No dejaré que la rutina del matrimonio me consuma como lo ha hecho con todos los vecinos del barrio ─conmigo eso no pasará─”, se repetía en su pensar.
Desde algún tiempo, usaba un atuendo deportivo que hacía contraste con su pasiva actividad. Así comenzaba el ritual por el cual había esperado toda la semana. Las ocho menos cuarto; leía en primer lugar la sección deportiva ya que por ser la favorita le permitía diluir mejor la ansiedad. No se percataba de cuan seguido espiaba hacia el patio contiguo en espera de actividad, hasta que por fin veía de reojo la silueta de la vecina y suspiraba: ¡No sé cómo puede haber gente que odie la rutina!, filosofaba. El factor sorpresa tiene un placer exponencial, pero efímero; la rutina en cambio es quien nos da felicidad. Sin rutina no somos nadie, aunque claro; hay que saberla sobrellevar.
Y esas pecas, ─"¡ay madre mía esas pecas!"─, que todo lo hacen perdonar. Divagando, centra su atención en el crucigrama, cuatro vertical, adjetivo que sirve para caracterizar al sustantivo que acompaña, de siete letras y comienza por la letra “e”: “epíteto”, escribe sin dudar. Pecosa rubia, que ejemplo más hermoso de lo que es un epíteto, si enseñaran en la escuela con metáforas otro sería el cantar. Ves, ahí está Magdalena que confunde las metáforas con la realidad, todo por su afán de pelear. Si mi esposa tuviera pecas, mi vida matrimonial sería diferente.
Ese domingo se encontraba más cansado de lo normal. Había ido a una fiesta familiar el día anterior y de vuelta a casa había discutido largo rato con Magdalena, quien ─según su parecer─ pretendía arruinar sus planes dominicales, tomando a Amanda como medio de manipulación. Aun así, se había levantado temprano. Y allí estaba sentado, entretenido en su imaginación, esperando que la vecina apareciera.
La vecina se había mudado allí hacía poco más de un año y su llegada había causado algún recelo en la población femenina de esa localidad, a causa de la terrible combinación de atractivos atributos físicos con su aparente soltería. Al menos eso dejaba ver, que vivía sola y en cualquier caso resultaba una tentación la cual era mejor evitar. Los días fueron pasando y “la vecina” que era como la llamaban todos, pasaba más bien desapercibida, salvo una que otra ocasión casual. Nadie se atrevía a pronunciar su nombre, aunque era un secreto a voces que todos lo sabían; las damas no lo hacían por cuestión de instinto, como si con ello lograran restarle importancia a su presencia, mientras que los hombres se cuidaban de no decirlo para evitar un mal rato de esos que tanto abundan en la vida conyugal. Muy diferente era cuando ellos socializaban sin las parejas a su lado. En esas conversaciones la vecina siempre salía a relucir, con lujo de detalles y morbosidad, aunque Abnegado siempre se cuidaba de no comentar nada.
Al cabo de un año, las mujeres comenzaron a digerir una versión más ordinaria de la vecina, que aquella primera impresión. En cierto modo bajaron la guardia y en los encuentros sociales que solían tener (bien sea en una fiesta de cumpleaños o en el salón de belleza), no hablaban tanto de ella como cuando recién llegó, aunque cada esposa se mantenía alerta a cualquier resquicio de caballerosidad de parte de sus maridos para con la vecina.
─¡Por algo esa mujer está sola! ─pensaban maliciosamente en voz alta cuando la veían pasar, enviándole un mensaje subliminal a su pareja, de que el sexto sentido estaba alerta y ellas dispuestas a actuar.
Magdalena, en cambio, recordaba claramente el día que la vecina llegó. ¿Cómo olvidarlo? Era un día de semana. Abnegado estaba en el trabajo, y Amanda ─su hija de cuatro años para ese entonces─ en el pre-escolar. ¡Qué suerte la mía!, alcanzó a murmurar mientras espiaba detrás de las cortinas del ventanal, sintiéndose súbitamente estremecida; como si en lugar de estar viendo la escena banal que ocurría en las afueras, estuviera más bien presagiando algún aciago futuro, a través del cristal.
─¡Lo que me faltaba! ─se dijo en voz alta, intentando desahogarse.
─Nosotros, sufriendo los embates de la crisis que afecta a los matrimonios cuando cumplen el primer lustro y ahora, una solterona de vecina. Ojalá que a Abnegado no le dé por espiarla ─se consoló, hablando para sus afueras y gesticulando, al momento que volvía a su rutina buscando alguna distracción en los deberes domésticos.
Agobiada, pensó en llamar a su mamá para contarle la situación. Más que consejos, buscaba alguien que le sirviera de confidente. Alcanzó a tomar el teléfono, pero una vez más se encontró envuelta en una auto-discusión, así que volvió a colocar el auricular en su lugar, sin fuerzas para resistir. No quería preocuparla ni mortificarle la vida con sus problemas personales.
─Abnegado tiene razón, estoy una vez más, ahogándome en un vaso de agua, debo dejar fluir mi ansiedad ─se dijo, buscando paz. Pero el sexto sentido, como le llaman, seguía atormentándole.
─Quisiera dejar de pensar, pero es imposible, es como pretender vivir sin respirar, por más que duela no hay manera de no seguir haciéndolo ─confundida, dejó que un par de lágrimas hicieran su recorrido hasta el final, hasta la comisura del labio superior.
Magdalena, muy a su pesar, había sido una diligente observadora de los cambios experimentados por Abnegado desde que este había caído en cuenta de la presencia de la nueva vecina. No es que Magdalena era masoquista, sino que es característico en los humanos hurgar en asuntos que pueden llegar a herirle, porque terminan cediendo ante la curiosidad; dejando de lado el sentido común que recomienda todo lo contrario.
Sus problemas matrimoniales habían migrado a una etapa superior, desde la llegada de la vecina. Un año atrás, le reprochaba su falta de compromiso con los asuntos domésticos y la falta de atención para con ella. Pero al menos, el domingo, le pertenecía a ellas. Abnegado cumplía (muchas veces a regañadientes) con llevarlas a la playa o de paseo a sitios preferidos por la niña.
Ahora era diferente, era peor. El ambiente en casa era más pesado. Abnegado se valía de cualquier excusa para quedarse en casa los domingos y, todo le irritaba. Amanda era la principal afectada. Ella que creció siendo hija única y consentida, sentía como su padre le racionaba las cuotas de cariño y atención. Ya no se ponían a colorear juntos, ni le leía cuentos inventados por el mismo, para ella. Ya ni siquiera le alcanzaba la paciencia, para responder la infinidad de preguntas que Amanda hacía. La frase más común era: ─Ve y pregúntale a tu mamá, yo estoy muy ocupado.
A Magdalena se le hacía un nudo en la garganta cada vez que Amanda le preguntaba el por qué ya no iban a la playa como antes; por qué ya no iban al parque a pasear en el tándem, o a la plaza a darle de comer a las palomas. Armándose de valor, inventaba cualquier historia que sirviera para aplacar la falta de cariño en su hija. Ahora era ella quien vivía inventando cuentos, para entretener a Amanda. Le dolía el espíritu por tanta desolación, le dolía fracasar en su matrimonio; le dolía no hacer feliz a su esposo, ni a su hija. Estaba cansada de tanto discutir en vano con Abnegado y oraba cada mañana y cada noche, y le imploraba a Dios su compasión para con ellos. Se le iban así los días simulando ser feliz ante su familia, ante sus vecinos e incluso ante su marido, para evitar amargarle la vida.
II
Esa mañana dominical avanzaba al ritmo del sol, inexorable. Abnegado, desde su silla plegable levantó la mirada y se quedó perplejo y sin reacción. La vecina venía con pasos firmes en dirección hacia donde él estaba. Sintió que se sonrojaba y que tal vez la vecina había descubierto sus intenciones. Instintivamente quiso levantarse de la silla, pero no pudo hacerlo, así que optó por hacerse el desentendido. La silueta de la vecina se movía en cámara lenta y apenas podía detallarla. Se apresuró a escribir cualquier cosa sobre el periódico cuando notó que lo que tenía entre sus manos parecía más bien una Biblia de bolsillo, semejante a la que tenía en el cuarto de baño. Sin embargo, esta especie de Biblia era diferente; sus páginas no eran de papel, sino de arenilla y, cada vez que intentaba escribir algo, la punta del lápiz infructuosamente terminaba hundiéndose sin dejar rastros.
Desesperado y hecho un manojo de nervios levantó la mirada una vez más. Ahora pudo ver otras cosas que no había notado antes. La vecina vestía un traje de baño color carmesí que resaltaba sobre su blancura, y las llamativas pecas tenían un brillo exagerado y de mal gusto, parecían más bien escamas de pescado. Y no podía ver las piernas de la vecina porque se lo obstruía la maleza del jardín. Se sintió apenado por tener un jardín tan descuidado, sin entender cómo no se había percatado antes de ello. Él, que aparentaba ser tan ordenado y pulcro, no lo podía creer. En realidad, no entendía ni creía todo lo que le estaba sucediendo.
El desconcierto fue mayor al ver que la vecina al acercarse al lindero que separaba los dos patios, se escabulló por el piso y comenzó a arrastrarse en zigzag tal cual serpiente, hasta perderse en la maleza. Intentó levantarse de la silla para ponerse a mejor resguardo, pero para su desgracia, las piernas no le respondían. Además, la singular Biblia que sostenía sobre las piernas pesaba demasiado, y aunque él sentía que se le desmoronaba entre los dedos, parecía infinito el caudal de arena que brotaba del interior de sus carátulas.
Acto seguido, sintió como la vecina comenzó a serpentear por sus tobillos en dirección ascendente hacia su regazo. Se sentía nulo de reacción, atrapado por la apremiante situación. Quería sacudírsela con los brazos pero no podía hacerlo, sus brazos inútilmente se movían de un lado a otro sin señal alguna de fricción. No sabía si la incisiva sensación de cosquilleo que sentía entre sus piernas era producto de la arenilla que brotaba de aquel misterioso libro, o la causaba la vecina en su ascensión. Cansado de resistir, optó por quedarse quieto. Todo sucedía muy lentamente. Bajó la mirada hacia sus hombros, al sentir la lengua viperina de la vecina recorrerlos. Y esta, con una voz aguda y diáfana le susurró: ─“me encantan tus pecas, me las quiero comer una a una…”
Abnegado, se dio una última sacudida...
Y allí estaba, bañado de sudor, con el pulso acelerado, afincado sobre la silla azul plegable. Echo una mirada impulsiva a su alrededor y no vio a nadie, tampoco la vecina estaba trabajando en el jardín contiguo. Colocó el lápiz y el crucigrama sobre la silla (notó que la última palabra que había escrito aún no estaba terminada). Salió apresurado hacia la sala de baño más cercana. Se vio en el espejo, y en efecto, allí estaban las pecas sobre sus hombros. Antes no las había notado, no en detalle; sin embargo, en la pesadilla que acababa de tener se le habían revelado casi que a la perfección. Abrió el grifo y con las manos plegadas en posición de totuma tomó suficiente agua y se untó en la cara, tantas veces como fue necesario para salir de su estupor.
Ya había vuelto en sí. Se sentía mejor, aunque infinidad de pensamientos iban y venían. El agua en la cara le vino bien. Escuchó ruidos en el cuarto principal de la casa, y fue a echar una ojeada. Era Amanda que jugaba en la espaciosa cama matrimonial. Ella le vio llegar.
-Papi ¡bendición! ─al momento que corría a besarle.
-Dios te bendiga princesa ─y le besó las mejillas.
Salió a recorrer la casa, en busca de su esposa. Sentía una desesperante necesidad de abrazarla. Allí estaba ella, en la sala de estar. Limpiaba el buró, sobre el cual reposaba una Biblia.
Magdalena estaba ensimismada en sus pensamientos, y no sintió su presencia. Cuando se disponía a colocar nuevamente la Biblia en su lugar, hojeando en busca del Salmo 118, que separaba equidistante cada porción; él, le tomó la mano y le invitó a cerrar el libro.
-Ahora leeremos juntos la biblia más a menudo ─le susurró.
Magdalena no sabía qué pasaba. Simplemente permaneció en silencio. Abnegado siguió hablando, sintiéndose dueño de la situación.
-También retomaremos la agradable costumbre de ir a la playa, al menos una vez al mes. Tienes toda la razón, acerca de lo que me reclamas.
Magdalena se dio media vuelta y sollozando, le abrazó. Fue el llanto más sosegado que tuvo en los últimos doce meses. Abnegado dijo:
-¡Te quiero, porque no me has dejado otra opción que Amarte!
Magdalena no alcanzó a decir nada entendible. Abnegado la apretó sobre sí, mientras que con sus dedos le enredaba el cabello.
-Iré a hacerle algunos arreglos al jardín, no vaya a ser que la maleza nos trague en su vorágine.
-No seas exagerado ─le dijo ella, ya recompuesta.
-No exagero ─respondió aliviado, mientras sonreía irónicamente.
Magdalena que no entendía nada, lo que menos tenía, era ganas de entender…