lunes, 1 de noviembre de 2010

Es tan poco...

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Nunca antes se había visto tan perfecta frente a ese espejo como aquella madrugada. Lucía radiante viéndose en el mismo reflejo que tantas otras veces le hizo llorar de obstinación, cuando resaltaban ante sus ojos críticos detalles que dejaban al descubierto lo que para ella eran graves imperfecciones faciales. Era demasiado exigente consigo misma y, vivía obsesionada con algunos defectos que sólo ella notaba, después de exhaustivos análisis: “Que si le había salido una nueva peca, o que tenía las orejas muy hacia afuera, o el tabique nasal desviado, o tantas otras rarezas que variaban de acuerdo a su estado de ánimo”.
Claudia era pesimista por naturaleza ─a pesar de que nunca le habían faltado galanes dispuestos a enamorarla─. Se consideraba poco agraciada al compararse a sí misma con las chicas más guapas y coquetas de la clase, cuando en realidad poseía una belleza natural que aunque no deslumbraba a primera vista, hacía juego con su forma de ser: callada y con cierto aire de intelectual.
***
Mario, desde el primer momento manifestó admiración hacía ella y eso le había devuelto la esperanza, y el buen ánimo a su vida, que entre tanto estudio y preocupaciones, la hacían sentir infeliz.
Se habían conocido casualmente en el autobús un día que les tocó compartir asientos contiguos. Ambos vivían en la misma ciudad, a unos 250 kilómetros de donde estudiaban. Ella de 21 años, cursaba ya el 8.º semestre de la carrera. Él apenas iba por el 2.º. Ella, de clase social media, vivía cerca de la Universidad, en un apartamento alquilado. Él, vivía en una residencia barata, hacinado junto a un montón de estudiantes que hacían soportables sus penurias, parrandeando y burlándose de la vida.
***
Esa madrugada: Claudia sonrió, y su sonrisa no hizo más que ruborizarla y hacerla sentir aún mejor. Se hizo a sí misma un gesto de aprobación. Había pasado la noche despierta y ni siquiera se le notaban esas minúsculas bolsitas debajo de los ojos, que tantas otras veces quiso hacer desaparecer a fuerza de cremas. ¡Se sentía divina, llena de emoción! Quería congelar ese momento, hacerlo eterno. Estaba acelerada y con ganas de hacer tantas cosas a la vez, que al final se sorprendió bailando sola, en la pequeña sala de baño de su cuarto.
─Mierda ─se dijo en voz alta─. Mario pensará que me morí.
Abrió la puerta a medias y sacó medio cuerpo para avisarle que ya iba, pero lo que vio le hizo callar. Su agudo instinto le dijo de inmediato que algo no iba bien. La alegría embriagante que sentía se esfumó, se apagó como le pasa habitualmente a los fanáticos del fútbol cuando su equipo recibe un gol en el minuto final del partido.
***
Ella quería hacer de esa noche algo perfecto, y hasta el momento todo marchaba según lo imaginado. Se había dedicado por completo a ello durante la semana anterior, porque era enemiga de la improvisación: “el vino, las copas, pizza, fresas, chocolates, los regalos y la música de fondo escogida en estricto orden para la ocasión”.
No quería que la primera experiencia sexual de Mario fuera traumática, ni parecida a la de ella.
Claudia siempre pareció mayor en lo físico y en la manera de comportarse, respecto a las chicas de su edad. Y esos aires de madurez ─de los cuales estuvo consciente todo el tiempo─ terminaron costándole caro. La vida le restregó de un tirón la vulnerabilidad e inocencia, que ella a menudo atribuía a sus amigas y de la cual se sentía inmune. Cuando sus compañeras de clases ─en el último año de la secundaria─, celebraban en grupo los besitos que se daban con los chicos de su entorno, ella en secreto jugaba con fuego, dándole vuelo a las intenciones del profesor de Educación Física.
¡Hasta que llegó el día! El profesor haciendo uso de sus experimentadas manos y palabras galantes, halló a una Claudia indefensa o cansada de tanto resistirse; y logró convencerla de que le acompañara a un lugar más privado. En el motel, estaba prohibida la entrada a menores de edad, pero él hizo valer su condición de cliente frecuente, para lograr entrar con una Claudia a simple vista muy nerviosa, sin inconvenientes.
En menos de dos horas, salían del motel. Él acusaba prisa y Claudia ya desflorada y sin goce, lloraba por dentro de rabia y frustración. Sin el menor atisbo de delicadeza, no se ofreció a llevar a Claudia hasta su casa, como lo había hecho algunas otras veces. Valiéndose de excusas que ella no ripostaba, la dejó en la parada del autobús que a ella le venía bien.
Los pocos minutos que Claudia tuvo que aguardar en la estación se le hicieron insoportables. Ansiaba llegar a su cuarto, desesperada por estar sola y por llorar. Al llegar a casa encontró a su mamá en la cocina, y evitó su mirada a toda costa. Sentía que caminaba con las piernas más abiertas de lo normal, y que si su perspicaz madre la viera enseguida iba a notar que había perdido la virginidad.
Llena de vergüenza, llegó directo a bañarse y a revisarse minuciosamente. Se reprochaba a si misma por ser tan inocente y por haberse dejado engañar. Juró no volver a dirigirle la palabra al profesor.
***
Mario estaba sentado en el centro de la cama, ya se había puesto el jean pero aun tenía el torso descubierto, en posición de quien va a mitad de camino mientras hace una abdominal, con los brazos entrecruzados, sosteniendo las piernas semi-arqueadas.
Eran las cinco de la mañana y ambos lucían muy despiertos. De fondo el Concierto de Aranjuez sonaba por enésima vez. El libro de poesías de Benedetti ─uno de los tantos regalos que Claudia le había dado esa noche por su cumpleaños número 19 y que leyeron cuerpo a cuerpo, como preámbulo a la cópula sexual─ estaba abierto en el poema: “Es tan poco…”
Ella corrió a su encuentro, queriendo recuperar el control de la situación.
─Luces muy sensual en esa posición ─le dijo en voz baja, mientras se le sentaba a su lado─. Pareces una escultura griega, acabada de…
─De desvirgar… ─terminó él la frase.
─Sería algo muy original ─sonrió ella, invitando a Mario con un gesto, a sonreír también─. “El Follón de Aquiles”.
─En un rato me iré de viaje a casa a compartir lo que queda del cumpleaños con mi familia.
─¡Qué bien! No sabía que tenías pensado viajar este fin ─comentó, sorpendida─. ¿Si quieres te acompaño? así conozco a tus padres.
─¡No! Quiero ir solo.
─¿Acaso no te gustó lo que hicimos esta noche? ¡Discúlpame si hice o dije algo que te hizo sentir mal…!
─No se trata de eso, yo sabía lo que iba a pasar esta noche. Y no me arrepiento de nada. Has sido un amor… ─dijo al momento que se ponía de pie y se terminaba de vestir.
Ella se levantó de un brinco y reaccionó, hincándose de rodillas ante él.
─¡Permíteme que te acompañe, siquiera en el viaje! Cuando lleguemos allá, me voy a mi casa y prometo no verte hasta mañana cuando nos toque regresar.
─¡Levántate por favor! No hagas de esto una situación penosa. Quiero viajar solo, necesito pensar.
Ella comenzó a llorar y a reprocharle:
─Tenían razón mis amigas, eres un niño. Yo no hago más que consentirte y mira como me pagas… ¿Sabes? Hay muchos en la Universidad, caballeros en todo el sentido de la palabra, que quisieran estar conmigo. ¡Y tú no valoras eso! Yo no tengo necesidad de humillarme de esta manera ante ti.
Mario salió del cuarto a toda prisa, evitando escuchar los reclamos. Debajo del brazo el libro de poemas y el ipod que Claudia le regaló, para que escuchara música durante los viajes o cuando fuera a trotar.
Claudia volvió al baño y aguantó las ganas de aventar contra la pared el perfume, que era el último regalo por dar.
Cuando se vio al espejo, ahí estaban todos los defectos, haciéndola sentir mal otra vez…

FIN

miércoles, 13 de octubre de 2010

¡333 Palabras!


33, número cabalístico. Hoy 13 de octubre de 2010, finalizó con éxito el rescate de los 33 mineros que quedaron atrapados, ─¡vivos!─ bajo tierra, en la mina San José, en Copiapó, Chile.
Ha sido una jornada muy emotiva, 24 horas llenas de solidaridad y de ejemplos maravillosos de cómo, dejando de lado intereses personales, y sin escatimar costos, se puede unir a un Pueblo y a hacerlo sentir orgulloso de su esencia.
32 chilenos y 1 boliviano, lucharon codo a codo contra las vicisitudes y la adversidad, durante 70 días. Incluso, se les llegó a dar por muertos. Pero no estaban para morirse; ninguno quería morir. Se aferraron a la vida, y en compensación, la vida termina aferrándose a ellos. Y nos envía un mensaje diáfano a todos: “Fe, tengamos Fe, lo demás viene por añadidura”.
Con un viaje de 622 metros, montados en la capsula “Fénix II”, termina la odisea de estas heroicas personas. ¿Quién sabe que pasaba por la cabeza de cada uno de ellos durante esa travesía a la superficie? Emergieron, cada uno a su manera, vistiendo lentes oscuros: es cuestión de días para que vuelvan a bañar sus pupilas, con la ansiada luz solar.
Millones de personas han sido testigo del rescate de cada uno de ellos, de sus lágrimas y de las lágrimas de sus familiares. Las expresiones gestuales de cada minero han traspasado fronteras, y se han hecho entender en todo el mundo. Hoy no existieron “barreras lingüísticas”, porque las imágenes fueron contundentes.
Desde Venezuela, nos unimos al coro por este canto a la vida. Desde Venezuela, gritamos junto a ellos: ¡Viva Chile, mierda!
Hoy, la historia chilena ha dado fin a este cuento, con un “final feliz”. La Apoteosis dirían los griegos, por el dejo de divinidad que ha causado este rescate en todo el mundo.
Chile ha dejado ver, que en Suramérica también hay orden, constancia y sacrificio. Chile ha dejado ver al mundo, que Suramérica también existe.
“Gracias Dios” ¡Viva la vida!

Fuente de la foto y más fotos: http://www.boston.com/bigpicture/2010/10/rescued_from_a_chilean_mine.html

viernes, 8 de octubre de 2010

Lluvia de nostalgia

Llueve otra vez
¡Está lloviendo!
Y la lluvia nocturna
Espanta mi sueño
Para disimular mi insomnio
Intento ver caer la lluvia
Pero me es imposible hacerlo
Cae muy rápido
Se me desvanece en el infinito
Entonces me viene a la mente
Aquel Poema de Neruda
Me gusta cuando callas...
Irreverente, le cambio la letra
Mientras me invade tu silueta
Me gusta cuando duermes...
Ahora llueve en mi interior
Y me ahogo en la nostalgia
Suspiro para mantenerme vivo
Exhalo para morir otra vez
Afuera, ya paró de llover
No parecía la misma lluvia de otras veces
Mientras llovía te ví
Parecías la misma de siempre
Quizá era la misma lluvia de siempre
Tu, quizá eras otra, diferente
Mi nostalgia, se fue con la lluvia
Una noche de estas, volverán...

lunes, 4 de octubre de 2010

Lágrimas de perdón

Cuando la señora, de rígida presencia, inmutable a la vista de los curiosos, hizo presencia en la sala donde velaban a Richard, todo el mundo entró en conmoción. Y comenzaron a apretujarse unos con otros, para presenciar la escena que nadie se quería perder.
Sólo la madre del difunto pudo mantener firme la mirada a tan polémica visita, lista para reaccionar. Ambas vestían un luto anticuado. Ninguna de las dos reparaba en disimular con maquillaje las huellas de tanto sufrimiento.
En el barrio, cuando alguien muere, lo velan en su casa, en la sala, en una calurosa e incómoda sala, porque a las salas nunca las hacen para poner un muerto; entonces cuando traen la urna y toda su parafernalia, se ocupa casi todo el espacio, y a veces parece que hasta el muerto suda. Y se llegan a confundir las lágrimas con el sudor, y muchas veces no se sabe si alguien está llorando o sudando. Las velas encendidas y las mujeres vestidas de luto murmullando infinidad de veces un rosario que ni se entiende, lo hacen ver todo más sofocante.
Richard, en vida era un fortachón con fama de verdugo. Se ganaba la vida prestando dinero de manera informal a exageradas tasas de retorno. Lo único que pedía a cambio como garantía, era la palabra del deudor.
Richard murió de la manera menos pensada, a los treinta y seis años de edad. Había salido como cada domingo a la gallera. Ese día, aparentemente la suerte estaba de su lado, contaban en el velorio quienes compartieron con él: ¡ganó, a cuanto gallo le apostó!
Lleno de euforia, brindó por su suerte y bebió a más no poder. Se fue a casa al ocultarse el sol, muerto de hambre como siempre. Al no conseguir cena preparada, salió en la bicicleta al quiosco más cercano, a unas tres cuadras de su casa. Nadie supo decir con certeza cuantos “perro caliente” se comió (llegaron a decir que más de diez).
Su viaje de vuelta a casa nunca se completó. La horquilla de la bicicleta se fracturó, y su voluminoso cuerpo de más de ciento veinte kilos de peso, lo abalanzó hacia adelante, súbitamente. Su reacción fue nula; impactó la frente contra el pavimento y allí quedó, ahogándose en su propio vomito. Cuando llegaron a auxiliarle, ya era tarde.
−Vengo a ver al muerto −dijo la señora, sin formalidad.
−Viene a echarnos en cara que su promesa se hizo realidad −respondió la madre del difunto−. Mejor márchese y deje las cosas del tamaño que están.
−Yo solo quiero ver al muerto, déjeme hacerlo y me marcho en santa paz.
−¡Pues, hágalo y se marcha ya!
Seis meses antes, un hijo de esa señora, apareció muerto en un matorral. Nadie pagó por ello, aunque era un secreto a voces que Richard era el autor de ese asesinato. Al parecer, el hijo de la señora era muy apostador y había adquirido una deuda con Richard, la cual no pudo pagar y terminó costándole la vida.
Contaban en el velorio de Richard, que una amiga esotérica de la señora hizo que destaparan la urna de su hijo, justo antes de enterrarle, y que puso una moneda debajo de la lengua del cadáver. Luego rezó en dialecto desconocido y le dijo a la señora: “es cuestión de tiempo, para que el responsable de esta muerte pague por ello”.
Ahora, estaba la señora en el velorio de Richard, queriendo ver con sus propios ojos al supuesto asesino de su hijo.
La señora, al ver el rostro de Richard, hinchado y sin vida, no pudo contener su asombro.
−Yo pensaba que con la muerte de este muchacho, mi hijo iba a dejar de andar en pena, atormentándome, y que por fin iba a descansar en paz −dijo, volteándose.
−Pues, piensa usted mal −refutó la mamá de Richard−. Yo hace tiempo entendí que a los muertos no se les hace justicia en esta vida a menos que se les vaya a resucitar.
−Tarde me doy cuenta de ello −dijo la señora, mostrándose arrepentida−. Apenas anoche lo comprendí. Cuando me enteré de la muerte de su hijo y sentí una sensación de alivio. Pero en toda la noche, los espíritus de su hijo y el mío, no me dejaron dormir.
−¿Cómo sabe usted, que era el espíritu de mi hijo?
−Lo acabo de comprobar. Nunca había visto su rostro, ni siquiera en foto. ¡A eso he venido!
−Me parece que usted solo ve lo que quiere ver −murmuró entre sollozos la mamá de Richard−. Yo deseo que mi hijo y el suyo, descansen en paz. Dios se encargará de lo demás.
−Si los deseos de cada quien se hicieran realidad, el mundo estaría peor de lo que está…
Se le atragantaron las palabras. Simplemente, ya no pudo hablar más, ni resistir el llanto que llevaba aguantando desde hacía seis meses, y se entregó sin resistencias a sus sentimientos.
¡Ambas rompieron a llorar!
No fue necesario que se dijeran nada más. Las lágrimas que brotaron significaban más, que decir mil veces la palabra perdón…
FIN

viernes, 1 de octubre de 2010

A ti mujer

Te quiero, porque no me has dejado otra opción que amarte.
Te amo por lo que eres, y te amo por lo que me haces hacer.
Te pienso, porque al hacerlo me siento dichoso aun en mis pesares.
Te escribo, porque así fluyen mis sentimientos puritanos hacia ti.
Te llamo, porque me reclamas mis ausencias prolongadas.
Te miro, porque mientras duermes yo sueño despierto contigo.
Te extraño, aun cuando no te conozca y seas un misterio para mí.
Te imagino, cuando figuro que me lees y que suspiras por mí.
Te anhelo, cuando se me hace intocable tu silueta en mi nariz.
Te pido disculpas, por todo lo que dejé de darte.
Te pido paciencia, porque sé que vendrán mejores tiempos.
Te pido prisa, porque el amor se vive día a día.
Te pido que recuerdes todo lo que te doy, porque aun siendo insensato te estoy amando.
Te pido que me desees, porque yo no me avergüenzo de lo mucho que te deseo a ti.
¡Te amo, porque no me has dejado otra opción que Amarte!

viernes, 17 de septiembre de 2010

TITO


Cada vez que voy de visita a la tierra donde crecí, a la casa de mis padres, resurgen recuerdos que yacen en lo más recóndito de mí ser. Tal vez por ello, el comentario que mi hermana mayor sacó a colación me puso a reflexionar acerca de cuándo fue la última vez que tuve contacto con Tito.
Ella tiene una facilidad natural para cambiar el curso de una conversación sin que uno lo note. Ese día hablábamos de cine, y pasamos de los exóticos paisajes de la película “Avatar” al relato de una de las conductas recién adquirida por su hija Alejandra, de tan sólo seis años de edad.
Dejándome llevar ─en retrospectiva─ por la velocidad del pensamiento, en un abrir y cerrar de ojos me encontré reproduciendo en mi imaginación esa última experiencia vivida junto a Tito. El recuerdo estaba guardado en alguna parte de mi memoria, diáfano, a pesar del tiempo transcurrido, y contrario a lo que yo creía.
Ocho años habían transcurrido desde aquella vez. Una serie de eventos desafortunados y una visita extemporánea de la muerte me forzaron a separarme “por mi bien”, de quien hasta entonces había sido mi más fiel compañero y confidente.
Era un martes decembrino que se dejaba llevar por la fresca brisa caribeña que suele soplar en esa época. Agobiado por mi situación, invité a un primo y a su esposa a la playa, y ella a la vez invitó a una amiga, para que fuéramos, los cuatro, emparejados. Yo sólo buscaba distracción, romper la rutina, levantar mi autoestima; los días festivos navideños ya estaban cerca y, quería recuperar el ánimo.
En ese entonces, el último fracaso amoroso me estaba afectando más de lo previsto. En consenso, ella y yo habíamos decidido romper con la relación, aún cuando la atracción física en ambos estaba vigente. A mí, me gustaba desde su tierno y siempre humectado tobillo hasta su forma de estornudar; ella por su parte, no se cansaba de halagarme con caricias y con su siempre manifiesto apetito sexual. Pero su manera de ver el mundo me causaba profunda decepción, sin embargo, siendo yo tan joven, trataba de no darle mucha importancia a su excesiva frivolidad y en lo tanto que le importaban las apariencias. Tito sí despreciaba en demasía esa manera de ser. Y fue él quien me convenció ─con sus atormentados argumentos─, de que terminara con ese noviazgo.
Ese martes, una vez llegamos a la playa, sin perder tiempo y animado por Tito, me abalancé con él, sobre las frías y agitadas olas. Sin cuidar detalles, desafiábamos juntos a cada espumosa ola que se nos atravesaba. El agua salada tuvo un efecto estimulante, lo que nos permitió llegar rápidamente a cierta profundidad, hasta que caí en cuenta de que tenía una de las piernas acalambrada. Intenté flotar y a intentar avanzar de a poco, braceando, hasta donde pudiera tocar suelo.
Interminables minutos transcurrieron, y no notaba avance. El esfuerzo ya comenzaba a pasarme factura y el mar agitado no me daba tregua. Comencé a levantar los brazos y a hacer señales, pero en la orilla estaban pendiente de todo, menos de mí (en diciembre la playa no es tan concurrida como en otros meses, lo que hacía cuesta arriba mi apremiante situación).
Tito flotaba junto a mí y me invitaba a seguir luchando contra el implacable mar. Me daba ánimos: era lo único que podía hacer. Nervioso, forzaba mi cuerpo al máximo. Sentía que el tiempo se me agotaba, que tenía que echar resto. Ya no podía mantener todo el tiempo la cabeza a flote, en contra de mi voluntad me sumergía y tragaba agua. En mi desespero volvía a salir, cada vez más ansioso por respirar.
Tito comenzó a decirme incoherencias. Que si moría todos iban a decir que me ahogué deliberadamente a causa del desamor; que no podía permitirles ese lujo. Y me gritaba cosas como esas, lo que me empujaba a dar un esfuerzo sobrenatural.
Casi me sentía vencido, y allí estaba Tito, ahogándose conmigo; siguiendo ya sin fuerzas con la misma cantaleta.
Por instinto seguía estirando hacia abajo la pierna, hasta que milagrosamente logré hacer contacto con la arena, mientras mantenía erguida la cabeza sobre el nivel de agua, hartándome de aire; tosiendo agua, insípida, y cálida.
Respiré aliviado. Y Tito, quien se escuchaba cada vez más lejos, me decía: ¡lo logramos!
Poco me duró la conciencia, no me quedaban fuerzas para mantenerme en píe, y sin resistencia, me dejé desfallecer.
Cuando abrí los ojos otra vez, estaba en el centro de asistencia médica. Me colocaron una inyección que me hizo vomitar toda el agua que había tragado, me oxigenaron y no sé qué tantas otras cosas más.
Cuando pregunté cómo había llegado hasta allí me contaron que una pareja que estaba nadando cerca de mí se dio cuenta de lo que me sucedía. Llegaron justo a tiempo para salvarme
Al llegar a casa, dormí por las siguientes catorce horas. Durante tres días no pude levantar los brazos, ni mover las piernas sin dolor...
─¿Estás allí? ─preguntó mi hermana, dándose cuenta de mi distracción─. ¿Me estás parando?
─¡Sí! Sí... disculpa, ¿Me decías?
─Te decía que el amigo imaginario de Alejandra se llama Kiwi.
─¡Ah! ¿si?
─Pero el colmo fue cuando le dije a David, que su hermanita menor tenía un amigo imaginario, ¿Sabes qué me dijo tu sobrino?: “mami, eso es normal, yo tengo dos, se llaman Tom y Max...”

viernes, 10 de septiembre de 2010

Soñando también se vive


No sabía con exactitud si el característico “ti-lín” emitido por el timbre casero, pertenecía a la realidad o al sueño que forzosamente trataba de prolongar. Fue una noche calurosa, y entre el sopor y las incongruencias de la escena que soñaba, me sorprendió desprevenido la mañana dominical. Al caer en cuenta que en realidad si tocaban a la puerta, me tomó unos eternos segundos terminar de abrir los ojos y levantarme. Fue una lucha cuerpo a cuerpo no se con quien, solo sé que ese algo invisible me halaba hacia el abismo de la hamaca. Desesperado, apenas alcancé a gritar:
– ¡Voy! –para que quien tocara, esperara en el postigo un rato más.
Dejando de lado las imágenes del sueño, salí corriendo a la puerta a atender el llamado. En la sala casi me tropiezo con mi mamá, que tejía sin parar, mientras en simultáneo y sin esfuerzo aparente leía la voz de quien con voz muda gritaba en la pantalla del televisor.
–Buenos días –me dijeron–. Somos los Testigos de Jehová.
–Buenos días, ya se quienes son –les respondí, aun dudando de mi tono de voz, pero por la sonrisa formal que ambos dibujaron, noté que me habían entendido perfectamente.
Desde pequeños, todos en el barrio sabíamos quienes eran los Testigos de Jehová: el paraguas, el maletín de mano y la corbata les delataban. Además, ningún vendedor de aquellos forasteros que tanto se paseaban por el barrio de puerta en puerta cuidaba tanto detalle en las apariencias, mucho menos en el hablar. Por lo general eran vendedores de baratijas que ofrecían hasta el cielo a las amas de casa, con el atractivo de pagar en cómodas pero interminables cuotas. Así iban todas llenándose de cachivaches, muchos de los cuales jamás llegaron a usar.
Ellos me preguntaron por mi madre usando el nombre de pila de ella, lo que me dio a entender que la visitaban a menudo. Les dije que estaba en lo suyo, pero que bien yo podía escuchar la prédica, así que les invité a pasar al amplio zaguán. Sorprendidos, quisieron saber más de mí; en tantas visitas a la casa nunca me habían visto. Luego, complacidos por algunos detalles, entraron en materia y me dieron un folleto y me hablaron de la vida eterna y de tantas otras cosas bíblicas más.
En eso estábamos cuando se acercó mi mamá a la conversación. De inmediato pude percibir que la presencia de ese par de predicadores en la casa no era accidental, hablaban un lenguaje especial. Y saludaron a mi madre con tanta familiaridad que por momentos me sentí extraño. Mi mamá no reparo en detalles para hablarles de mí, y ellos se mostraron atentos, a pesar de que esa información ya la sabían.
Al rato se fueron y detrás de ellos, se fue el domingo. Se fue como cada domingo, sin prisa pero sin pausa. El día domingo es especialista en hacerse lento, pero escurridizo. Entre periódicos y siestas no programadas, transcurre el último día de la semana. Sin darnos cuenta, ya rápido se hacen las seis. El que trabaja, suspira, deseando prolongar el domingo un rato más, el que no trabaja se estremece, temiéndole a la soledad cuando el lunes todos salgan a laborar. El que trabaja no quiere que llegue el lunes, pero al desempleado, la indiferencia de lunes hacia su persona, le duele mucho más.
Se hizo de noche, a dormir otra vez. A seguir soñando con el premio de la lotería, a continuar el eterno sueño que quedó truncado por el súbito amanecer anterior. Y sueño que me lo gano, y que ayudo a tanta gente que tengo pendiente por ayudar. Y se me va la noche haciendo planes, y corrigiéndolos sobre la marcha una vez más. Y hago promesas a Dios, y las cumplo y las cumplo en mi imaginación. La mitad para los pobres y para obras de caridad, y la otra mitad a invertirla para que el premio alcance hasta la infinidad.
Pero la noche de ese domingo el sueño no fue normal. En uno de los bolsillos del pantalón corto de dormir, como de costumbre tenía el boleto de lotería que se jugaba ese día; en el otro bolsillo, el folleto que me hablaba de la vida eterna.
Soñé que tenía que elegir entre los dos premios, y no hallaba que hacer. No estaba preparado para tomar esa decisión. Había tanta gente necesitada de ayuda en la tierra, que me sentía egoísta si escogía por el pasaje a la eternidad. Pero tenía que decidirme por una de las opciones y eso me causaba contrariedad. Así que me armé de valor y le pedí a quien vino en nombre de Dios, que antes de tomar la decisión me permitiera conocer el paraíso y para mi sorpresa, gustoso aceptó.
Y me llevo a dar un paseo por el edén, donde nada era como lo había imaginado o como lo explicaban una y otra vez los teólogos. Parecía que estaba viviendo un sueño dentro de mi sueño. La gente en el paraíso no era de carne y hueso, aunque su silueta se asemejaba exactamente a la figura carnal que tenían en la tierra antes de morir. Los que murieron canosos y llenos de arrugas, eran canosos y con las arrugas en el mismo lugar, los que murieron jóvenes también lo eran, y los que se fueron bebes, allí estaban todos. Había niños por doquier, en abundancia, desde recién nacidos hasta de añitos de vida. Y no sé cómo, ante tanta gente, millones de cuerpos cuya característica más resaltante era la ingravidez, no me costó trabajo encontrar a mis conocidos; a familiares y amigos que por una u otra razón, habían dejado de existir. Y cuando me vieron, ellos también me reconocieron al instante, y me abrazaron (o al menos eso parecía), y me dieron la bienvenida y mostraron regocijo.
Allí estaba compartiendo con ellos, hasta que alguien me dijo que era el momento de partir, que había visto suficiente y ya tenía fundamentos para decidir.
–Ahora, ¿Ellos van a preguntar por mí? –le pregunté, preocupado, al mismo tiempo que me trasladaba vertiginosamente de un lugar a otro, dejándome guiar.
–No es como te enseñaron, ellos no tienen memoria de quienes no tienen a su lado, por eso no extrañan a sus seres queridos que no han muerto o que también murieron pero no merecieron la bendición del Señor –me respondió esa irreconocible voz.
–Eso no es vivir –le dije.
–Acaso tu mismo no recuerdas a algún familiar o conocido, ¿sólo cuando lo tienes en frente?
–Si –afirmé.
–Entonces ¿Qué te parece extraño? –me dijo lacónicamente.
–¿Y cómo se alimentan? –seguí interrogándole.
–El alimento para el alma lo tienen en abundancia. Ya en la tierra ustedes saben de cual alimento hablo, es cuestión de reflexionar. Además, como notaste, aquí no se necesita ningún órgano corporal, por eso no hay enfermedad ni imperfecciones –concluyó.
Tenía razón, así que me quedé confundido y sin respuesta. En ese momento me sorprendió el amanecer.
Desperté temprano como siempre. Metí la mano en los bolsillos y lo confirmé: allí estaban ambos papelitos. Me quedé un rato recapitulando el sueño que acababa de tener, con los ojos bien abiertos, seguro de tener todas mis neuronas funcionando. Trataba de recordar mi elección.
Siempre justifiqué los pocos centavos que gasté en los esporádicos boletos de lotería, con el simple hecho de que aunque nunca ganaba nada, al menos soñaba mucho con tan poco invertido, así que bien valía la pena ese pequeño gasto en entretenimiento. Y ese soñar me distraía y era fermento para mi imaginación y sobre todo para escaparme por momentos de tantos conflictos mentales. Incluso, en más de una ocasión no llegué a revisar el boleto para ver si había resultado ganador, y me los encontraba desteñido en la lavadora, olvidado en el bolsillo de un jean; o en una gaveta, ya caduco. Lo que no tenía fecha de caducidad era el plan macro que pensaba materializar, una vez cobrara el ticket.
Ese lunes, como cada mañana, tomé la taza de café que mi mamá siempre tenía lista, y le dije: –“Anoche soñé con tía” –haciendo énfasis en el movimiento correcto de los labios, ante cada palabra pronunciada.
–Yo no he dejado de soñar con ella desde que se fue, ni dormida ni despierta –me replicó.
Ya mi hermana me había contado que a mi mamá varias veces la había traicionado el subconsciente y se había sorprendido llevándole la taza de café a su tía preferida, como lo había hecho en mucho tiempo, hasta que se percataba de la realidad y regresaba a casa con el café intacto, entre sollozos y recuerdos…
–Creo que tía está bien, donde quiera que esté –añadí.
Ella no me respondió esta vez, a tiempo me percaté que una lágrima se deslizaba por su cutis facial, como salida del alma.
La siguiente semana revise el billete de lotería, entre sobresaltos y parsimonia. “Boleto no ganador”, respondió de inmediato la máquina, sin anestesia, porque ese aparato no conoce de expectativas.
Menos mal que aún tenía el otro billete, el que me ofrecía el viaje a la eternidad. Lo doble cuidadosamente y lo guarde con celos en el koala. Ahora, a esas alturas, ya creía estar seguro de cual había sido mi elección aquella noche...