viernes, 17 de septiembre de 2010

TITO


Cada vez que voy de visita a la tierra donde crecí, a la casa de mis padres, resurgen recuerdos que yacen en lo más recóndito de mí ser. Tal vez por ello, el comentario que mi hermana mayor sacó a colación me puso a reflexionar acerca de cuándo fue la última vez que tuve contacto con Tito.
Ella tiene una facilidad natural para cambiar el curso de una conversación sin que uno lo note. Ese día hablábamos de cine, y pasamos de los exóticos paisajes de la película “Avatar” al relato de una de las conductas recién adquirida por su hija Alejandra, de tan sólo seis años de edad.
Dejándome llevar ─en retrospectiva─ por la velocidad del pensamiento, en un abrir y cerrar de ojos me encontré reproduciendo en mi imaginación esa última experiencia vivida junto a Tito. El recuerdo estaba guardado en alguna parte de mi memoria, diáfano, a pesar del tiempo transcurrido, y contrario a lo que yo creía.
Ocho años habían transcurrido desde aquella vez. Una serie de eventos desafortunados y una visita extemporánea de la muerte me forzaron a separarme “por mi bien”, de quien hasta entonces había sido mi más fiel compañero y confidente.
Era un martes decembrino que se dejaba llevar por la fresca brisa caribeña que suele soplar en esa época. Agobiado por mi situación, invité a un primo y a su esposa a la playa, y ella a la vez invitó a una amiga, para que fuéramos, los cuatro, emparejados. Yo sólo buscaba distracción, romper la rutina, levantar mi autoestima; los días festivos navideños ya estaban cerca y, quería recuperar el ánimo.
En ese entonces, el último fracaso amoroso me estaba afectando más de lo previsto. En consenso, ella y yo habíamos decidido romper con la relación, aún cuando la atracción física en ambos estaba vigente. A mí, me gustaba desde su tierno y siempre humectado tobillo hasta su forma de estornudar; ella por su parte, no se cansaba de halagarme con caricias y con su siempre manifiesto apetito sexual. Pero su manera de ver el mundo me causaba profunda decepción, sin embargo, siendo yo tan joven, trataba de no darle mucha importancia a su excesiva frivolidad y en lo tanto que le importaban las apariencias. Tito sí despreciaba en demasía esa manera de ser. Y fue él quien me convenció ─con sus atormentados argumentos─, de que terminara con ese noviazgo.
Ese martes, una vez llegamos a la playa, sin perder tiempo y animado por Tito, me abalancé con él, sobre las frías y agitadas olas. Sin cuidar detalles, desafiábamos juntos a cada espumosa ola que se nos atravesaba. El agua salada tuvo un efecto estimulante, lo que nos permitió llegar rápidamente a cierta profundidad, hasta que caí en cuenta de que tenía una de las piernas acalambrada. Intenté flotar y a intentar avanzar de a poco, braceando, hasta donde pudiera tocar suelo.
Interminables minutos transcurrieron, y no notaba avance. El esfuerzo ya comenzaba a pasarme factura y el mar agitado no me daba tregua. Comencé a levantar los brazos y a hacer señales, pero en la orilla estaban pendiente de todo, menos de mí (en diciembre la playa no es tan concurrida como en otros meses, lo que hacía cuesta arriba mi apremiante situación).
Tito flotaba junto a mí y me invitaba a seguir luchando contra el implacable mar. Me daba ánimos: era lo único que podía hacer. Nervioso, forzaba mi cuerpo al máximo. Sentía que el tiempo se me agotaba, que tenía que echar resto. Ya no podía mantener todo el tiempo la cabeza a flote, en contra de mi voluntad me sumergía y tragaba agua. En mi desespero volvía a salir, cada vez más ansioso por respirar.
Tito comenzó a decirme incoherencias. Que si moría todos iban a decir que me ahogué deliberadamente a causa del desamor; que no podía permitirles ese lujo. Y me gritaba cosas como esas, lo que me empujaba a dar un esfuerzo sobrenatural.
Casi me sentía vencido, y allí estaba Tito, ahogándose conmigo; siguiendo ya sin fuerzas con la misma cantaleta.
Por instinto seguía estirando hacia abajo la pierna, hasta que milagrosamente logré hacer contacto con la arena, mientras mantenía erguida la cabeza sobre el nivel de agua, hartándome de aire; tosiendo agua, insípida, y cálida.
Respiré aliviado. Y Tito, quien se escuchaba cada vez más lejos, me decía: ¡lo logramos!
Poco me duró la conciencia, no me quedaban fuerzas para mantenerme en píe, y sin resistencia, me dejé desfallecer.
Cuando abrí los ojos otra vez, estaba en el centro de asistencia médica. Me colocaron una inyección que me hizo vomitar toda el agua que había tragado, me oxigenaron y no sé qué tantas otras cosas más.
Cuando pregunté cómo había llegado hasta allí me contaron que una pareja que estaba nadando cerca de mí se dio cuenta de lo que me sucedía. Llegaron justo a tiempo para salvarme
Al llegar a casa, dormí por las siguientes catorce horas. Durante tres días no pude levantar los brazos, ni mover las piernas sin dolor...
─¿Estás allí? ─preguntó mi hermana, dándose cuenta de mi distracción─. ¿Me estás parando?
─¡Sí! Sí... disculpa, ¿Me decías?
─Te decía que el amigo imaginario de Alejandra se llama Kiwi.
─¡Ah! ¿si?
─Pero el colmo fue cuando le dije a David, que su hermanita menor tenía un amigo imaginario, ¿Sabes qué me dijo tu sobrino?: “mami, eso es normal, yo tengo dos, se llaman Tom y Max...”

viernes, 10 de septiembre de 2010

Soñando también se vive


No sabía con exactitud si el característico “ti-lín” emitido por el timbre casero, pertenecía a la realidad o al sueño que forzosamente trataba de prolongar. Fue una noche calurosa, y entre el sopor y las incongruencias de la escena que soñaba, me sorprendió desprevenido la mañana dominical. Al caer en cuenta que en realidad si tocaban a la puerta, me tomó unos eternos segundos terminar de abrir los ojos y levantarme. Fue una lucha cuerpo a cuerpo no se con quien, solo sé que ese algo invisible me halaba hacia el abismo de la hamaca. Desesperado, apenas alcancé a gritar:
– ¡Voy! –para que quien tocara, esperara en el postigo un rato más.
Dejando de lado las imágenes del sueño, salí corriendo a la puerta a atender el llamado. En la sala casi me tropiezo con mi mamá, que tejía sin parar, mientras en simultáneo y sin esfuerzo aparente leía la voz de quien con voz muda gritaba en la pantalla del televisor.
–Buenos días –me dijeron–. Somos los Testigos de Jehová.
–Buenos días, ya se quienes son –les respondí, aun dudando de mi tono de voz, pero por la sonrisa formal que ambos dibujaron, noté que me habían entendido perfectamente.
Desde pequeños, todos en el barrio sabíamos quienes eran los Testigos de Jehová: el paraguas, el maletín de mano y la corbata les delataban. Además, ningún vendedor de aquellos forasteros que tanto se paseaban por el barrio de puerta en puerta cuidaba tanto detalle en las apariencias, mucho menos en el hablar. Por lo general eran vendedores de baratijas que ofrecían hasta el cielo a las amas de casa, con el atractivo de pagar en cómodas pero interminables cuotas. Así iban todas llenándose de cachivaches, muchos de los cuales jamás llegaron a usar.
Ellos me preguntaron por mi madre usando el nombre de pila de ella, lo que me dio a entender que la visitaban a menudo. Les dije que estaba en lo suyo, pero que bien yo podía escuchar la prédica, así que les invité a pasar al amplio zaguán. Sorprendidos, quisieron saber más de mí; en tantas visitas a la casa nunca me habían visto. Luego, complacidos por algunos detalles, entraron en materia y me dieron un folleto y me hablaron de la vida eterna y de tantas otras cosas bíblicas más.
En eso estábamos cuando se acercó mi mamá a la conversación. De inmediato pude percibir que la presencia de ese par de predicadores en la casa no era accidental, hablaban un lenguaje especial. Y saludaron a mi madre con tanta familiaridad que por momentos me sentí extraño. Mi mamá no reparo en detalles para hablarles de mí, y ellos se mostraron atentos, a pesar de que esa información ya la sabían.
Al rato se fueron y detrás de ellos, se fue el domingo. Se fue como cada domingo, sin prisa pero sin pausa. El día domingo es especialista en hacerse lento, pero escurridizo. Entre periódicos y siestas no programadas, transcurre el último día de la semana. Sin darnos cuenta, ya rápido se hacen las seis. El que trabaja, suspira, deseando prolongar el domingo un rato más, el que no trabaja se estremece, temiéndole a la soledad cuando el lunes todos salgan a laborar. El que trabaja no quiere que llegue el lunes, pero al desempleado, la indiferencia de lunes hacia su persona, le duele mucho más.
Se hizo de noche, a dormir otra vez. A seguir soñando con el premio de la lotería, a continuar el eterno sueño que quedó truncado por el súbito amanecer anterior. Y sueño que me lo gano, y que ayudo a tanta gente que tengo pendiente por ayudar. Y se me va la noche haciendo planes, y corrigiéndolos sobre la marcha una vez más. Y hago promesas a Dios, y las cumplo y las cumplo en mi imaginación. La mitad para los pobres y para obras de caridad, y la otra mitad a invertirla para que el premio alcance hasta la infinidad.
Pero la noche de ese domingo el sueño no fue normal. En uno de los bolsillos del pantalón corto de dormir, como de costumbre tenía el boleto de lotería que se jugaba ese día; en el otro bolsillo, el folleto que me hablaba de la vida eterna.
Soñé que tenía que elegir entre los dos premios, y no hallaba que hacer. No estaba preparado para tomar esa decisión. Había tanta gente necesitada de ayuda en la tierra, que me sentía egoísta si escogía por el pasaje a la eternidad. Pero tenía que decidirme por una de las opciones y eso me causaba contrariedad. Así que me armé de valor y le pedí a quien vino en nombre de Dios, que antes de tomar la decisión me permitiera conocer el paraíso y para mi sorpresa, gustoso aceptó.
Y me llevo a dar un paseo por el edén, donde nada era como lo había imaginado o como lo explicaban una y otra vez los teólogos. Parecía que estaba viviendo un sueño dentro de mi sueño. La gente en el paraíso no era de carne y hueso, aunque su silueta se asemejaba exactamente a la figura carnal que tenían en la tierra antes de morir. Los que murieron canosos y llenos de arrugas, eran canosos y con las arrugas en el mismo lugar, los que murieron jóvenes también lo eran, y los que se fueron bebes, allí estaban todos. Había niños por doquier, en abundancia, desde recién nacidos hasta de añitos de vida. Y no sé cómo, ante tanta gente, millones de cuerpos cuya característica más resaltante era la ingravidez, no me costó trabajo encontrar a mis conocidos; a familiares y amigos que por una u otra razón, habían dejado de existir. Y cuando me vieron, ellos también me reconocieron al instante, y me abrazaron (o al menos eso parecía), y me dieron la bienvenida y mostraron regocijo.
Allí estaba compartiendo con ellos, hasta que alguien me dijo que era el momento de partir, que había visto suficiente y ya tenía fundamentos para decidir.
–Ahora, ¿Ellos van a preguntar por mí? –le pregunté, preocupado, al mismo tiempo que me trasladaba vertiginosamente de un lugar a otro, dejándome guiar.
–No es como te enseñaron, ellos no tienen memoria de quienes no tienen a su lado, por eso no extrañan a sus seres queridos que no han muerto o que también murieron pero no merecieron la bendición del Señor –me respondió esa irreconocible voz.
–Eso no es vivir –le dije.
–Acaso tu mismo no recuerdas a algún familiar o conocido, ¿sólo cuando lo tienes en frente?
–Si –afirmé.
–Entonces ¿Qué te parece extraño? –me dijo lacónicamente.
–¿Y cómo se alimentan? –seguí interrogándole.
–El alimento para el alma lo tienen en abundancia. Ya en la tierra ustedes saben de cual alimento hablo, es cuestión de reflexionar. Además, como notaste, aquí no se necesita ningún órgano corporal, por eso no hay enfermedad ni imperfecciones –concluyó.
Tenía razón, así que me quedé confundido y sin respuesta. En ese momento me sorprendió el amanecer.
Desperté temprano como siempre. Metí la mano en los bolsillos y lo confirmé: allí estaban ambos papelitos. Me quedé un rato recapitulando el sueño que acababa de tener, con los ojos bien abiertos, seguro de tener todas mis neuronas funcionando. Trataba de recordar mi elección.
Siempre justifiqué los pocos centavos que gasté en los esporádicos boletos de lotería, con el simple hecho de que aunque nunca ganaba nada, al menos soñaba mucho con tan poco invertido, así que bien valía la pena ese pequeño gasto en entretenimiento. Y ese soñar me distraía y era fermento para mi imaginación y sobre todo para escaparme por momentos de tantos conflictos mentales. Incluso, en más de una ocasión no llegué a revisar el boleto para ver si había resultado ganador, y me los encontraba desteñido en la lavadora, olvidado en el bolsillo de un jean; o en una gaveta, ya caduco. Lo que no tenía fecha de caducidad era el plan macro que pensaba materializar, una vez cobrara el ticket.
Ese lunes, como cada mañana, tomé la taza de café que mi mamá siempre tenía lista, y le dije: –“Anoche soñé con tía” –haciendo énfasis en el movimiento correcto de los labios, ante cada palabra pronunciada.
–Yo no he dejado de soñar con ella desde que se fue, ni dormida ni despierta –me replicó.
Ya mi hermana me había contado que a mi mamá varias veces la había traicionado el subconsciente y se había sorprendido llevándole la taza de café a su tía preferida, como lo había hecho en mucho tiempo, hasta que se percataba de la realidad y regresaba a casa con el café intacto, entre sollozos y recuerdos…
–Creo que tía está bien, donde quiera que esté –añadí.
Ella no me respondió esta vez, a tiempo me percaté que una lágrima se deslizaba por su cutis facial, como salida del alma.
La siguiente semana revise el billete de lotería, entre sobresaltos y parsimonia. “Boleto no ganador”, respondió de inmediato la máquina, sin anestesia, porque ese aparato no conoce de expectativas.
Menos mal que aún tenía el otro billete, el que me ofrecía el viaje a la eternidad. Lo doble cuidadosamente y lo guarde con celos en el koala. Ahora, a esas alturas, ya creía estar seguro de cual había sido mi elección aquella noche...

martes, 24 de agosto de 2010

Las pecas de la vecina

I
Como cada domingo, Abnegado sacó la silla azul plegable que en algún momento había comprado para usar en los eventuales viajes a la playa y, la colocó en el sitio que estratégicamente había elegido como el mejor lugar donde consumir su rutina.
Desde allí podía hacer lo que más le interesaba sin levantar sospechas malintencionadas, evitando así, discusiones innecesarias con su gruñona esposa, Magdalena. Él, tenía varias excusas memorizadas para cuando ella le exigiera las razones de tan extraño comportamiento, pero pasaron varias semanas y la conversación ─que el intuía venir en algún momento─ no acababa de ocurrir: "Las mujeres y su mundo"; parafraseaba mentalmente a menudo, creen que lo saben todo y no se dan cuenta que lo que hacen es complicarnos la existencia, por puro joder.
El periódico, las gafas de sol, el bolígrafo para el crucigrama y el reproductor portátil; todo lo necesario para sumirse en su mundo sin ninguna interferencia. Además, estaba convencido de que todos esos accesorios le daban un aire de intelectualidad: “No dejaré que la rutina del matrimonio me consuma como lo ha hecho con todos los vecinos del barrio ─conmigo eso no pasará─”, se repetía en su pensar.
Desde algún tiempo, usaba un atuendo deportivo que hacía contraste con su pasiva actividad. Así comenzaba el ritual por el cual había esperado toda la semana. Las ocho menos cuarto; leía en primer lugar la sección deportiva ya que por ser la favorita le permitía diluir mejor la ansiedad. No se percataba de cuan seguido espiaba hacia el patio contiguo en espera de actividad, hasta que por fin veía de reojo la silueta de la vecina y suspiraba: ¡No sé cómo puede haber gente que odie la rutina!, filosofaba. El factor sorpresa tiene un placer exponencial, pero efímero; la rutina en cambio es quien nos da felicidad. Sin rutina no somos nadie, aunque claro; hay que saberla sobrellevar.
Y esas pecas, ─"¡ay madre mía esas pecas!"─, que todo lo hacen perdonar. Divagando, centra su atención en el crucigrama, cuatro vertical, adjetivo que sirve para caracterizar al sustantivo que acompaña, de siete letras y comienza por la letra “e”: “epíteto”, escribe sin dudar. Pecosa rubia, que ejemplo más hermoso de lo que es un epíteto, si enseñaran en la escuela con metáforas otro sería el cantar. Ves, ahí está Magdalena que confunde las metáforas con la realidad, todo por su afán de pelear. Si mi esposa tuviera pecas, mi vida matrimonial sería diferente.
Ese domingo se encontraba más cansado de lo normal. Había ido a una fiesta familiar el día anterior y de vuelta a casa había discutido largo rato con Magdalena, quien ─según su parecer─ pretendía arruinar sus planes dominicales, tomando a Amanda como medio de manipulación. Aun así, se había levantado temprano. Y allí estaba sentado, entretenido en su imaginación, esperando que la vecina apareciera.
La vecina se había mudado allí hacía poco más de un año y su llegada había causado algún recelo en la población femenina de esa localidad, a causa de la terrible combinación de atractivos atributos físicos con su aparente soltería. Al menos eso dejaba ver, que vivía sola y en cualquier caso resultaba una tentación la cual era mejor evitar. Los días fueron pasando y “la vecina” que era como la llamaban todos, pasaba más bien desapercibida, salvo una que otra ocasión casual. Nadie se atrevía a pronunciar su nombre, aunque era un secreto a voces que todos lo sabían; las damas no lo hacían por cuestión de instinto, como si con ello lograran restarle importancia a su presencia, mientras que los hombres se cuidaban de no decirlo para evitar un mal rato de esos que tanto abundan en la vida conyugal. Muy diferente era cuando ellos socializaban sin las parejas a su lado. En esas conversaciones la vecina siempre salía a relucir, con lujo de detalles y morbosidad, aunque Abnegado siempre se cuidaba de no comentar nada.
Al cabo de un año, las mujeres comenzaron a digerir una versión más ordinaria de la vecina, que aquella primera impresión. En cierto modo bajaron la guardia y en los encuentros sociales que solían tener (bien sea en una fiesta de cumpleaños o en el salón de belleza), no hablaban tanto de ella como cuando recién llegó, aunque cada esposa se mantenía alerta a cualquier resquicio de caballerosidad de parte de sus maridos para con la vecina.
─¡Por algo esa mujer está sola! ─pensaban maliciosamente en voz alta cuando la veían pasar, enviándole un mensaje subliminal a su pareja, de que el sexto sentido estaba alerta y ellas dispuestas a actuar.
Magdalena, en cambio, recordaba claramente el día que la vecina llegó. ¿Cómo olvidarlo? Era un día de semana. Abnegado estaba en el trabajo, y Amanda ─su hija de cuatro años para ese entonces─ en el pre-escolar. ¡Qué suerte la mía!, alcanzó a murmurar mientras espiaba detrás de las cortinas del ventanal, sintiéndose súbitamente estremecida; como si en lugar de estar viendo la escena banal que ocurría en las afueras, estuviera más bien presagiando algún aciago futuro, a través del cristal.
─¡Lo que me faltaba! ─se dijo en voz alta, intentando desahogarse.
─Nosotros, sufriendo los embates de la crisis que afecta a los matrimonios cuando cumplen el primer lustro y ahora, una solterona de vecina. Ojalá que a Abnegado no le dé por espiarla ─se consoló, hablando para sus afueras y gesticulando, al momento que volvía a su rutina buscando alguna distracción en los deberes domésticos.
Agobiada, pensó en llamar a su mamá para contarle la situación. Más que consejos, buscaba alguien que le sirviera de confidente. Alcanzó a tomar el teléfono, pero una vez más se encontró envuelta en una auto-discusión, así que volvió a colocar el auricular en su lugar, sin fuerzas para resistir. No quería preocuparla ni mortificarle la vida con sus problemas personales.
─Abnegado tiene razón, estoy una vez más, ahogándome en un vaso de agua, debo dejar fluir mi ansiedad ─se dijo, buscando paz. Pero el sexto sentido, como le llaman, seguía atormentándole.
─Quisiera dejar de pensar, pero es imposible, es como pretender vivir sin respirar, por más que duela no hay manera de no seguir haciéndolo ─confundida, dejó que un par de lágrimas hicieran su recorrido hasta el final, hasta la comisura del labio superior.
Magdalena, muy a su pesar, había sido una diligente observadora de los cambios experimentados por Abnegado desde que este había caído en cuenta de la presencia de la nueva vecina. No es que Magdalena era masoquista, sino que es característico en los humanos hurgar en asuntos que pueden llegar a herirle, porque terminan cediendo ante la curiosidad; dejando de lado el sentido común que recomienda todo lo contrario.
Sus problemas matrimoniales habían migrado a una etapa superior, desde la llegada de la vecina. Un año atrás, le reprochaba su falta de compromiso con los asuntos domésticos y la falta de atención para con ella. Pero al menos, el domingo, le pertenecía a ellas. Abnegado cumplía (muchas veces a regañadientes) con llevarlas a la playa o de paseo a sitios preferidos por la niña.
Ahora era diferente, era peor. El ambiente en casa era más pesado. Abnegado se valía de cualquier excusa para quedarse en casa los domingos y, todo le irritaba. Amanda era la principal afectada. Ella que creció siendo hija única y consentida, sentía como su padre le racionaba las cuotas de cariño y atención. Ya no se ponían a colorear juntos, ni le leía cuentos inventados por el mismo, para ella. Ya ni siquiera le alcanzaba la paciencia, para responder la infinidad de preguntas que Amanda hacía. La frase más común era: ─Ve y pregúntale a tu mamá, yo estoy muy ocupado.
A Magdalena se le hacía un nudo en la garganta cada vez que Amanda le preguntaba el por qué ya no iban a la playa como antes; por qué ya no iban al parque a pasear en el tándem, o a la plaza a darle de comer a las palomas. Armándose de valor, inventaba cualquier historia que sirviera para aplacar la falta de cariño en su hija. Ahora era ella quien vivía inventando cuentos, para entretener a Amanda. Le dolía el espíritu por tanta desolación, le dolía fracasar en su matrimonio; le dolía no hacer feliz a su esposo, ni a su hija. Estaba cansada de tanto discutir en vano con Abnegado y oraba cada mañana y cada noche, y le imploraba a Dios su compasión para con ellos. Se le iban así los días simulando ser feliz ante su familia, ante sus vecinos e incluso ante su marido, para evitar amargarle la vida.
II
Esa mañana dominical avanzaba al ritmo del sol, inexorable. Abnegado, desde su silla plegable levantó la mirada y se quedó perplejo y sin reacción. La vecina venía con pasos firmes en dirección hacia donde él estaba. Sintió que se sonrojaba y que tal vez la vecina había descubierto sus intenciones. Instintivamente quiso levantarse de la silla, pero no pudo hacerlo, así que optó por hacerse el desentendido. La silueta de la vecina se movía en cámara lenta y apenas podía detallarla. Se apresuró a escribir cualquier cosa sobre el periódico cuando notó que lo que tenía entre sus manos parecía más bien una Biblia de bolsillo, semejante a la que tenía en el cuarto de baño. Sin embargo, esta especie de Biblia era diferente; sus páginas no eran de papel, sino de arenilla y, cada vez que intentaba escribir algo, la punta del lápiz infructuosamente terminaba hundiéndose sin dejar rastros.
Desesperado y hecho un manojo de nervios levantó la mirada una vez más. Ahora pudo ver otras cosas que no había notado antes. La vecina vestía un traje de baño color carmesí que resaltaba sobre su blancura, y las llamativas pecas tenían un brillo exagerado y de mal gusto, parecían más bien escamas de pescado. Y no podía ver las piernas de la vecina porque se lo obstruía la maleza del jardín. Se sintió apenado por tener un jardín tan descuidado, sin entender cómo no se había percatado antes de ello. Él, que aparentaba ser tan ordenado y pulcro, no lo podía creer. En realidad, no entendía ni creía todo lo que le estaba sucediendo.
El desconcierto fue mayor al ver que la vecina al acercarse al lindero que separaba los dos patios, se escabulló por el piso y comenzó a arrastrarse en zigzag tal cual serpiente, hasta perderse en la maleza. Intentó levantarse de la silla para ponerse a mejor resguardo, pero para su desgracia, las piernas no le respondían. Además, la singular Biblia que sostenía sobre las piernas pesaba demasiado, y aunque él sentía que se le desmoronaba entre los dedos, parecía infinito el caudal de arena que brotaba del interior de sus carátulas.
Acto seguido, sintió como la vecina comenzó a serpentear por sus tobillos en dirección ascendente hacia su regazo. Se sentía nulo de reacción, atrapado por la apremiante situación. Quería sacudírsela con los brazos pero no podía hacerlo, sus brazos inútilmente se movían de un lado a otro sin señal alguna de fricción. No sabía si la incisiva sensación de cosquilleo que sentía entre sus piernas era producto de la arenilla que brotaba de aquel misterioso libro, o la causaba la vecina en su ascensión. Cansado de resistir, optó por quedarse quieto. Todo sucedía muy lentamente. Bajó la mirada hacia sus hombros, al sentir la lengua viperina de la vecina recorrerlos. Y esta, con una voz aguda y diáfana le susurró: ─“me encantan tus pecas, me las quiero comer una a una…”
Abnegado, se dio una última sacudida...
Y allí estaba, bañado de sudor, con el pulso acelerado, afincado sobre la silla azul plegable. Echo una mirada impulsiva a su alrededor y no vio a nadie, tampoco la vecina estaba trabajando en el jardín contiguo. Colocó el lápiz y el crucigrama sobre la silla (notó que la última palabra que había escrito aún no estaba terminada). Salió apresurado hacia la sala de baño más cercana. Se vio en el espejo, y en efecto, allí estaban las pecas sobre sus hombros. Antes no las había notado, no en detalle; sin embargo, en la pesadilla que acababa de tener se le habían revelado casi que a la perfección. Abrió el grifo y con las manos plegadas en posición de totuma tomó suficiente agua y se untó en la cara, tantas veces como fue necesario para salir de su estupor.
Ya había vuelto en sí. Se sentía mejor, aunque infinidad de pensamientos iban y venían. El agua en la cara le vino bien. Escuchó ruidos en el cuarto principal de la casa, y fue a echar una ojeada. Era Amanda que jugaba en la espaciosa cama matrimonial. Ella le vio llegar.
-Papi ¡bendición! ─al momento que corría a besarle.
-Dios te bendiga princesa ─y le besó las mejillas.
Salió a recorrer la casa, en busca de su esposa. Sentía una desesperante necesidad de abrazarla. Allí estaba ella, en la sala de estar. Limpiaba el buró, sobre el cual reposaba una Biblia.
Magdalena estaba ensimismada en sus pensamientos, y no sintió su presencia. Cuando se disponía a colocar nuevamente la Biblia en su lugar, hojeando en busca del Salmo 118, que separaba equidistante cada porción; él, le tomó la mano y le invitó a cerrar el libro.
-Ahora leeremos juntos la biblia más a menudo ─le susurró.
Magdalena no sabía qué pasaba. Simplemente permaneció en silencio. Abnegado siguió hablando, sintiéndose dueño de la situación.
-También retomaremos la agradable costumbre de ir a la playa, al menos una vez al mes. Tienes toda la razón, acerca de lo que me reclamas.
Magdalena se dio media vuelta y sollozando, le abrazó. Fue el llanto más sosegado que tuvo en los últimos doce meses. Abnegado dijo:
-¡Te quiero, porque no me has dejado otra opción que Amarte!
Magdalena no alcanzó a decir nada entendible. Abnegado la apretó sobre sí, mientras que con sus dedos le enredaba el cabello.
-Iré a hacerle algunos arreglos al jardín, no vaya a ser que la maleza nos trague en su vorágine.
-No seas exagerado ─le dijo ella, ya recompuesta.
-No exagero ─respondió aliviado, mientras sonreía irónicamente.
Magdalena que no entendía nada, lo que menos tenía, era ganas de entender…

viernes, 13 de agosto de 2010

La pajarilla y el tenor


Llegó un nuevo día en la vida de los domesticados pájaros del señor Abnegado, trayendo consigo un nuevo trío de crías. Mamá pájara cantaba feliz, celebrando el no tener que seguir empollando y manifestaba en su jolgorio, la alegría que le causaban los nuevos polluelos.
Los pajarillos fueron creciendo en absoluta normalidad y el señor Abnegado veía de ellos con especial cariño. Estaba convencido del bien que hacía al tener a esos indefensos animales bajo su custodia. Se conformaba a cambio, con que ellos cantaran en sinfonía durante las tardes que él solía pasar ─meditabundo─, cobijado por la sombra de los almendros del patio de la casa.
Transcurrió suficiente tiempo como para que los nuevos pajarillos comenzarán a hacer sentir su canto. Ellos, por instinto, se unían al coro de sus compañeros. Se esforzaban en perfeccionar el canto para no desentonar, aunque uno de ellos tenía un canto particular que le diferenciaba de los demás. No era un sonido incómodo como tal, pero el hecho de que se escuchara muy distante al ritmo que la mayoría recitaba, causaba sensación de desagrado en sus compañeros y también al señor Abnegado.
Mamá pájaro sentía pesar por el canto no cónsono de su hijo, y a su modo trato de enseñarle a cantar como los pájaros de su linaje. Sin embargo, el pajarillo estaba agobiado y su frustración convertía cada esfuerzo en todo lo contrario a lo deseado. A medida que intentaba forzar su canto, este se volvía más estridente a oídos de quien estaba acostumbrado a escuchar lo común. Mamá pájara por momentos sospechó de que lo hacía deliberadamente. El pajarillo se fue aislando y en el afán por encajar su acento con el de la mayoría, terminó agotando la paciencia del señor Abnegado, quien tomó la decisión de sacarlo de la jaula y soltarlo a su suerte.
Los días subsiguientes fueron muy duros para el pajarillo, y las noches solitarias y frías solían ser aún peor. Estaba acostumbrado a dormir junto a la cálida compañía de sus hermanos y se sentía protegido por las rejillas de la jaula. Ahora, un instinto no desarrollado ni manifiesto hasta entonces, incisivamente le forzaba a mantenerse alerta a cualquier ruido o movimiento en su rededor. Se sentía desgraciado y culpable de todo lo que le sucedía. Se lamentaba una y otra vez de su irreverente forma de cantar. No entendía por qué no podía cantar como alguien normal ni el por qué no podía ser feliz en la jaula, como sus hermanos.
Poco a poco fue aprendiendo a cuidarse por si mismo y, cuando el hambre apremiaba se acercaba sigilosamente a la jaula a comer ciertas migajas que aquellos no escatimaban en derrochar, a causa de la abundancia de comida con la cual siempre contaban. Mamá pájara muchas veces tuvo la delicadeza de rebosar comida fuera de la jaula para alimentar a su indefenso hijo. El pajarillo en retribución a ese gesto se acercaba a la jaula sin emitir ningún sonido. Estaba consciente de lo raro de su canto y del efecto que este causaba en los demás. En su desgracia se sentía afortunado de tener una mamá tan noble y aunque muchas veces le invadían unas ganas inmensas de cantarle todo el amor que sentía por ella, podía más su pudor y optaba por retirarse con todo el concierto en el guargüero, sin pronunciar siquiera un ápice de su canto.
Así fue pasando el tiempo. En la jaula vivían sin sobresaltos ni apremio. Eran felices en esa rutina y no concebían mejor forma de vida. El pajarillo en cambio seguía esforzándose en solitario, en modular su canto y comenzaba a percibir resultados satisfactorios. Practicaba mucho y ya sentía suficiente confianza como para ir a cantar junto a la jaula, así que decidió someterse a la aprobación de los demás.
Erguido y nervioso se detuvo frente a la jaula y para sorpresa de todos comenzó a entonar su nueva forma de cantar. ¡Todos quedaron sorprendidos! Al minuto reaccionaron, y uno a uno se fueron uniendo al coro. Mamá pájara agitó sus alas, desbordada por la emoción. El señor Abnegado sintió el alboroto y se acercó hasta la jaula a averiguar la causa de tanta convulsión. Cuando vio al pajarillo cantando de manera armónica, instintivamente le abrió la puerta de la jaula, invitándolo a pasar. El señor Abnegado se sonrió ─jactancioso─, porque sentía que el tiempo una vez más le daba la razón.
El pajarillo se esforzaba mucho para alterar su canto natural, pero el ser aceptado le motivaba a seguir haciéndolo sin cesar. Se sintió feliz durmiendo otra vez al lado de sus hermanos y teniendo a la mano aquello que tanto extrañó. Sólo él, sabía lo implacable que suele ser la soledad para quien se le resiste. Si tenía que sacrificar su peculiar canto (si ese era el precio a pagar), estaba dispuesto a hacerlo hasta la eternidad…
El día menos esperado pasó lo que tenía que pasar. Una pajarilla errante llegó al patio del señor Abnegado dispuesta a hacerse escuchar. Llegó con inusual parafernalia, cantando sin cuidar detalles. Simplemente era ella y su son. Había recorrido mucho camino en su vida forastera y si algo tenía claro, era seguir moviéndose de lugar en lugar hasta hallar su destino. Algo en su interior le decía que algún día lo iba a encontrar. Era joven y llena de vitalidad.
Cuando todos los habitantes de la jaula sintieron el peculiar canto de la pajarilla, se quedaron sin reacción. Pero había alguien que no podía contener la emoción:
¡Era el pajarillo desafinado!
El canto de la impertinente visitante era savia para su sometido corazón. Él, que había pasado ya tanto tiempo simulando la voz, no podía contener el canto que le pedía salir a gritos de su interior. Impulsado por un instinto incontenible, procedió así a darle ─con su canto─ rienda suelta al corazón. Nunca antes había hablado ese lenguaje, pero enseguida entendió la llamada del amor.
La pajarilla, al escucharle hizo silencio; como contemplando el eco de su propia voz. No lo podía creer. Su perseverancia le prometía una fehaciente compensación.
Ambos hicieron un coro diáfano que desnudaba la situación. Mamá pájara era la única que caía en cuenta de que su hijo había sido envuelto por la pasión.
Cantaron y cantaron, hasta que el señor Abnegado fue presa de su obstinación. Salió al patio a ver qué sucedía, decidido a hacerse cargo de la situación. Ese peculiar canto era desagradable para los ordinarios gustos de ese señor. Para imponer su ley no vio castigo peor, que sacar al pajarillo de la reclusión.
El pajarillo al verse libre, sin perder tiempo voló hacia donde le esperaba la pajarilla a agradecerle por la ocasión. La pajarilla que esperaba desde hace mucho tiempo este momento, le dio un beso y le dijo que en vez de agradecerle a ella le diera gracias al amor.
El pajarillo tenía muchas preguntas que hacerle. Ella solo quería disfrutar el momento.
Él, aún confundido, le dijo que le daría el secreto de cómo aprender a cantar como cantaban los demás. Ella le dijo que no quería esas lecciones fútiles, que él, cantaba como un tenor; que prefería mejor que le enseñara cómo hacer eterno al amor.
Él, le preguntó: Dónde iban a pasar la noche y cómo iban a conseguir la alimentación. Ella le respondió, que si seguía haciendo conversaciones tontas, le iba a callar el pico con un dulce de algodón.
Él, se despidió de su madre y de sus hermanos. ¡Por última vez en la vida tuvo que forzar la voz!
Ambos volaron a donde los lleve la imaginación...

lunes, 9 de agosto de 2010

Colapso

Colapso es el título de un documental que pulula en internet, el cual gira en torno a una entrevista con apariencia de monólogo a Michael Ruppert. Los temas allí tocados por él, son tan diversos como polémicos; en todo caso las fuentes citadas y las opiniones manifiestas mantienen un nexo bien marcado con la realidad, con la investigación científica y con experiencias que permiten tomar como ciertos muchos de los axiomas expuestos durante la entrevista.

El tema central del documental tiene que ver con el colapso energético, económico y social; producto de la actual dinámica global y de las exigentes condiciones a la cual se está -de manera irresponsable- conduciendo la humanidad.

El petróleo como principal fuente de energía juega un papel fundamental en los análisis desarrollados en el documental, al cual se le atribuyen indirectamente muchas variables y situaciones y, siendo Venezuela un país dependiente del petróleo por idiosincracia, es recomendable estar al tanto de los puntos de vista que allí se plantean.

Más allá de que todo lo que se exponga en este video sea cierto o creíble, el autor crea la semilla de la curiosidad en quienes tengan interés en el tema. Ya queda de parte de cada quien profundizar o corroborar los datos y escenarios allí planteados.

Espero puedan verlo, analizarlo, discutirlo y difundir lo que les parezca interesante. El debate acerca de la importancia, los pro y los contra del petróleo podría prolongarse y aportar, porque no; nuevas maneras de concebir su tenencia. Todo en función de mitigar el impacto perjudicial al ambiente, a la sociedad y a la cultura venezolana, que tanto daño ha sufrido a causa de la dependencia al petróleo.

jueves, 5 de agosto de 2010

Ahora que te recuerdo, percibo que te olvidé

No sé adonde fueron los insomnios que sufrí a causa de tu partida.
Te fuiste sin oír mis desaliñadas súplicas, llevándote contigo muchas de mis manías.
Aunque el proceso fue traumático, hoy parezco llevar mejor estilo de vida.
Se iba el tiempo y yo sumido en mi empeño, en revivir los detalles que me hacían sentirte mía.
Como temiendo en mi interior que si dejaba de pensarte, tu también lo harías.
Hoy sin darme cuenta, siento que en mi interior han cicatrizado las heridas.
Comencé a sentirme atraído por los remedios para el mal de amores, y confundí la cura con el mal de no darte por perdida.
Hoy que han pasado muchas mañanas sin tenerte a mi lado, entiendo que cuando te marchaste no estabas confundida.
Quien no quería entender era yo, que nuestros destinos en esta vida no tienen cabida.
Justo ahora que te recuerdo, no siento aquellos espasmos ni melancolía.
Leía en muchas novelas y poesías que olvidar no era cosa de un día.
Y que incluso a veces no alcanzaba con emigrar a una ermitaña forma de vida.
Hoy que recordarte me causa un gemido placentero, llego a la conclusión de que no te amaba como se suponía.
Justo ahora que te recuerdo, acepto que estaba equivocado cuando pensaba que nunca te olvidaría.

jueves, 13 de mayo de 2010

Un poema y una flor

La flor estaba radiante y hermosa,
El poema parecía del siglo anterior.
La flor y su olor a jardín y fragancia,
El poema y su canto a lo que no valoran hoy.
La flor orgullosa de su romanticismo y color,
El poema y su mensaje a la vida y al amor.
La flor viviendo al máximo su momento cumbre,
El poema apacible, dormitado en su paz interior.
La flor levantando suspiros por donde pasaba, con su traje de ocasión;
El poema sumido en el olvido, incomprendido en su ilusión.
La flor que le exige al poema que la colme de atenciones,
El poema no sabe más que dar musas, convertidas en guitarra y canción.
La flor y su exagerado sacrificio por mantenerse bella,
El poema y su desesperante calma, consumido por la lectura y la meditación.
La flor que se detalla en el espejo buscando la mínima imperfección,
El poema que ignora las apariencias, sin reparo ni intensión.
La flor que duerme con mascarilla para postergar la consumación;
El poema cuando sufre insomnio, amanece rejuvenecido y lleno de pasión.
La flor al pasar los días pierde su encanto y entra en reflexión,
El poema se enamora de lo que ha resultado ser la flor.
La flor se arraiga al poema, por ser el único que en su desdicha le echa una flor;
El poema y su paciencia, han alegrado otro corazón.
La flor con su belleza, el poema con su rebeldía interior.
La flor que aunque se vista de barba y de rojo, sigue siendo flor;
El poema aunque esté bañado de azul cielo, sigue siendo revolución.
Yo quisiera ser poema, para bañar de dicha a quien es ahora una exótica flor.