miércoles, 8 de abril de 2020

Apuntes en tiempos de cuarentena



¡Eh! ¡Que viene el lobo! Y el lobo vino está vez disfrazado de virus chino y tarde, muy tarde reaccionamos. Al percatarnos, el lobo ya devoraba nuestras entrañas. Expusimos a los más débiles, a quienes menos se merecían morir de esta manera: sesenta, setenta, ochenta, noventa años dando ejemplo de cómo se llega a la meta de manera digna, para venir a contagiarles un virus que de a poco les quita la respiración y de manera dolorosa los aísla y les hace sentir que estorban. Estorban a la economía y amenazan el futuro (el mal concepto de futuro insostenible de esta generación, la mía), presagiando que ya nada será como antes: era muy frágil la burbuja como para durar un siglo. En menos de una quincena pasaron los españoles de hacer bromas con la crisis que se vivían en Italia a superarles en desgracia. A principios de febrero el virus zarandeaba a Italia sin tregua, y ellos siendo los primeros en occidente en sufrirlo no sabían si huir hacia adelante a lo pendenciero o resguardarse, como lo recomendaban los asiáticos, prácticos en estas lides. Pasó Italia a ser el patito feo, el lugar apestado al que nadie quiere ir; pero el mundo se seguía moviendo bajo la misma lógica perversa, los precios de los vuelos y hospedajes por los suelos, mientras el corona se multiplicaba por el aire. 15 euros de Madrid a Roma, 25 euros por una habitación con vista il Corso. Y en las redes sociales, madrileños y catalanes por fin se ponían de acuerdo en algo: romantizar el duelo que se vivía en Italia haciendo hilos de mal gusto en tuiter.

¡Eh! ¡Que viene el lobo! La contesta del maestro Rafael Cadenas no podía ser más premonitoria, ahora que el lobo llegó: “Nadie oyó ese grito. Fue inútil: los españoles, sin darse cuenta, dormían con el lobo porque estaban llenos de futuro”.

A mediados de marzo, ya en España se vivía la crisis y eran los británicos quienes se sentían inmunes. Hoy en día, a principios de abril, con casi cien mil muertos a nivel mundial y contando, está el primer ministro inglés en cuidados intensivos y no quedan incrédulos, aunque si muchos necios, que no teniendo oficio pero si ganas de opinar, comienzan a cuestionar a todos menos a su semblanza. Y cuando todo esto pase, ¡que pasará!, seguros de nuestra corta memoria, vendrán con sus lentes de montura, sus cabellos despeinados y su dicción exquisita, a darnos lecciones de compostura y jalones de oreja a quienes por solidaridad o fe (no me refiero a mi persona) actuamos acorde a las circunstancias. Vendrán con sus verdades a cuestionar nuestros misterios, con sus vastos conocimientos a poner en ridículo nuestra minúscula fe (como si la fe no requiere de tanto esfuerzo que tenerla del tamaño de un grano de mostaza es más que suficiente), y con su arrogancia (cara rígida, mentón levantado) a ocupar el lugar en el trono que alguien tiene que ocupar, tergiversándolo todo, para arrearnos como el rebaño que siempre hemos sido. ¡Deberían dejarse el tapabocas de por vida!

Volviendo a Cadenas. Dijo Georg Johannesen: “Los sabios callan en los malos tiempos. Yo: en los malos tiempos no soy sabio. Canto y hablo de los malos tiempos”. A lo que contestó: “Hablas por los sabios y ellos te agradecerán el silencio que les regalas. Se lo merecen. Pero algo deben decir. Se han dado de baja en el tiempo, la historia no les preocupa”. No hay más que agregar….

¿Y qué hay de Venezuela? Porque todo lo que a mi concierne, tiene que ver con Venezuela, y todo lo que pasa en Venezuela, me concierne, aun estando a miles de kilómetros. Me abate el solo pensar lo que el virus puede causar al país. Que el gobierno, al igual que todos los gobiernos del mundo va a ocultar cifras y que cuando la crisis exponga sus negligencias van a pretender lavarse las manos, como si con ello pudieran disimular lo embarrado de mierda que tienen el resto del cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Allá ellos, los políticos y sus desmanes. Nosotros, como venezolanos no podemos dejarnos confundir. La salvación de Venezuela, que la hay, pasa por nosotros, en el estricto sentido de que no puede haber un cambio radical en el país sin nuestro compromiso y acción. Luego, habría que añadirle cualquier apoyo extranjero, que la gravedad lo amerita, pero una línea de acción no tiene conflicto con la otra, más bien se complementan.

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