jueves, 17 de noviembre de 2022

Te he perdido

 Julio 2019.

Ir a Venezuela es volver a caer en la trampa, emboscado, en el momento menos pensado la memoria me juegue la misma mala pasada. Para los que ahora vamos una vez al año cuando mucho, nuestro país se ha convertido en una nostalgia incurable, y la situación por la que están pasando quienes aún están allá no ayuda mucho que digamos.

 

Quede con un pana a tomarnos unas cervezas en uno de esos sitios que ni se ven afectados por la crisis. La gente que los frecuenta no parece estar pasando ronchas y si lo están, pues lo disimulan muy bien. Vamos al grano:

 

―Hola Walter, ¿cómo estás?

―Zego, te ves diferente; mas blanco, mas flaco…

―Si Walter, el exilio nos ha hecho diferentes.

― ¿Por qué dices eso?

―Por lo que somos.

―A mí más que el exilio, fue el chavismo quien me cambió la vida. Antes de emigrar, ya era otra persona: huraño, pesimista, insoportable, egoista.

―A mí también, pero no tanto como ahora. Nada más hago tomarme unos tragos o encontrarme a algún paisano para caer siempre en: las ferias, los fines de semana playeros, los lunes de cine, los viernes de birras y perros o arepas; los domingos de periódicos, misa y película. Las semanas que se iban volando y los diciembres que eran una parranda sin fin. En cambio, ahora, las jornadas de lunes a viernes se me hacen eternas y los fines de semana no hago más que dormir y meterme en las redes sociales para enterarme de peos que ni me incumben; hacerme ilusiones cayéndome a mentiras.

―Recuerdo lo que solía decirme a si mismo, viendo al comandante tan deteriorado: cuando se muera esa bruja salimos de esto. El muy zángano se aseguró de seguirnos jodiendo la vida después de muerto.

―Fue lo único que hizo bien.

―Eso y asegurarse de que nunca más volviéramos a ser los mismos.

―Yo que siempre fui tan anti parabólico, ahorita no puedo ver a un chavista de cerca porque me dan ganas de vomitar.

―Tú y tus arranques, Zego…

―Asco es lo menos que se merecen…

―Yo no me puedo permitir esos arrebatos.

― ¿Lo dices por Evelin?

―Yo y mis circunstancias.

―Ella y sus historias, que no son pocas…

―Será eso lo que no deja de parecerme interesante. Sus maneras, más que su currículo. Por más vueltas que le dé, siempre termino expuesto a sus memorias.

―Y ella a las tuyas. Lo que es igual no es trampa.

―Pero no es lo mismo. Ella y sus ideales no tienen conflicto con mi manera de ver el mundo. No se puede comparar mi antipatía con su terquedad ideológica. Y menos aún, después de todo por lo que hemos pasado. Es que, si tan siquiera estuviera enchufada o recibiendo algún beneficio, yo pudiera entenderla y quizá hasta despreciarla; conociéndome como me conozco.

―Mucho Silvio, Benedetti, Neruda; todo ese coctel contracultural en la universidad...

―Y pensar que en aquel tiempo parecía imposible que la izquierda… todos éramos unos ingenuos.

―Pero tú, yo; la gran mayoría superamos esa etapa una vez graduados. El mundo real, la competencia, los planes y las expectativas te dan un sacudón muy fuerte.

― ¿Esta conversación ya la hemos tenido antes?, ¿con esa música de fondo?

― ¡Apagón!

―No, déjà vu… aunque la canción la recuerdo versión salsa, no sabía hasta ahora que la original era una balada, mucho menos que la cantaba Henry Stephen; que tiempos aquellos en que mi mayor preocupación era aprender a bailar salsa.

―tú y tus circunstancias…

―Lo que soy yo, para Venezuela no vuelvo: a vivir me refiero. Caso cerrado.

― ¡Salud! Brindemos por esa salsa: calladitos: idiotizados.

― ¡Salud! Evelin te pone más cursi de lo que suponía.

―Que te puedo decir, pide que la repitan, mientras te hago el cuento corto: llegué a Maracaibo siendo un "inocente encantador". No me consideraba ni inocente ni encantador, pero en eso fue lo que resulté. Cuando comencé el curso en el INCE marrón (ubicado en la parte más tradicional de la avenida Bella Vista), lo menos que tenía en mente era enrollarme sentimentalmente con alguna compañera de clases. Ya bastante tenía con el cambio de ciudad, de casa, de rutina, de ambiente. En Coro las busetas rara vez ponían música a todo volumen, en Maracaibo los "micro" eran una discoteca ambulante. Vallenato - salsa; salsa – vallenato. No sabía bailar ni me llamaba la atención aprender a hacerlo. Lo mío era el baloncesto, la bicicleta, y de octubre a enero la pelota.

 

Hasta el día que llegó ella, con un walkman y un casette: “Te he perdido”, comenzó la función. Besos, calenturas; que salsa ni que ritmo: terminamos desvirgándonos…

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