miércoles, 18 de julio de 2012

A ella.

Anoche volví a soñar con ella; soñé que me abrazaba de la misma manera que cuando me abrazo por primera vez. No necesito recordar ese abrazó para saber cómo fue, porque todos los abrazos de ella tienen el mismo efecto en mí.

Anoche volví a soñar con ella y no me quería despertar, al menos no aquí: en esta cama, en este duro colchón ortopédico, en esta sábana con tres semanas sin lavar, sumido en esta almohada que más de una vez me ha servido para ahogar las ganas de gritar.

Anoche volví a soñar con ella, supongo que fue por la foto que vi en mi teléfono antes de quedarme dormido. Se veía tan radiante, tan feliz, tan descompensada de tanto amar. De tanto ver la foto, hasta sentí que ella me buscaba con su mirada.

Sé que ella a veces sueña conmigo, es más: se que ella incluso sueña despierta conmigo. Sé que no soy el único en su vida, estoy consciente de que hay otros a quienes ella ama con la misma intensidad que a mí, pero eso no me afecta; al contrario me consuela porque sé que yo estando tan distante no puedo darle todo el amor que necesita y que eventualmente consigue en ellos.

Anoche volví a soñar con ella, soñé que me escuchaba y yo no paraba de hablarle, como queriendo ahogarla con mis palabras, tratando de compensar todo lo que he podido decirle y que por cotidianas excusas he dejado de hacerlo.

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Son tantos los recuerdos que tengo de ella. Son tantas sus atenciones, son tan fuertes nuestras conexiones. Fue tanto el tiempo que estuve en su vientre, fue tan largo el camino por el cual ella me llevo de la mano hasta convertirme en lo que soy. Son tantas las ganas que tengo de verle, de tomarme su café, de escucharle sus achaques, de escucharle decirme: “hijo, Dios te bendiga”

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